Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 771
24/1/2008

Moral de derrota en el PP

La sangre no hubiera llegado al río si no hubiera penetrado en la cúpula del Partido Popular la premonición de que van a perder las elecciones a pesar de los empates técnicos que anuncian las encuestas.

Si la moral fuera de victoria, a Esperanza Aguirre no se le hubiera pasado por la cabeza dimitir como presidenta de la Comunidad de Madrid para ir en las listas de su partido por la provincia ni Alberto Ruiz-Gallardón hubiera amenazado con retirarse a cultivar su afición musical. Es evidente que si Esperanza Aguirre esperara que Mariano Rajoy iba a ganar las elecciones no estaría tan dispuesta a cambiar la presidencia de una comunidad tan importante por una simple acta de diputada, pues si el gallego consiguiera salir victorioso del empeño nadie podría impedirle, ni siquiera José María Aznar, que en 2012 volviera a ser el candidato a la presidencia del Gobierno.

Son muy expresivas al respecto las palabras de consuelo expresadas por la presidenta de la Comunidad de Madrid al alcalde de esta ciudad durante el corto viaje en ascensor que hicieron juntos desde la séptima planta al garaje de Génova, 13,  la sede nacional del partido: “Alberto, no se por qué te pones así. Si se gana, podrás ser vicepresidente si Mariano te lo pide. Y si Mariano pierde, tu y yo estaremos en iguales condiciones, como los demás”.

Todos han quedado tocados por esta crisis que el presidente del Partido Popular no ha sabido evitar: en primer lugar, Alberto Ruiz-Gallardón, que  se ha confesado derrotado lo que en política es pecaminoso como lo es que en alas de un comprensible resentimiento amenazara con romper el pacto con los madrileños siete meses después de ser elegido como regidor de la Villa y Corte por simples escaramuzas partidarias.

También ha salido perjudicada Esperanza Aguirre, que igualmente estaba dispuesta a traicionar el pacto  con sus electores por idénticas razones con el agravante de lesa deportividad: todos hemos percibido cómo “la chula que castiga” postergaba gustosa sus ambiciones por el inmenso aunque inconfesable placer de contemplar cómo el compañero, y sin embargo adversario, mordía el polvo en su presencia.

No obstante, el gran perdedor porque es quien más tiene que perder ha sido el presidente del PP y candidato a la presidencia del Gobierno. Mariano Rajoy ha confirmado de la forma más dramática la fragilidad que se le suponía cediendo aparentemente al órdago de Esperanza Aguirre y proporcionando al electorado de centro un motivo para no votar a su partido.

Es un tópico tan virtuoso como poco convincente el empeño de los dirigentes políticos de uno y otro signo en afirmar que lo importante son los programas de Gobierno y no las personas que han de gobernar. La inmensa mayoría de los ciudadanos tienen un limitadísimo conocimiento de tales programas y deciden su voto en razón, además de por afinidades ideológicas, de la confianza que les proporcionan unos u otros dirigentes. La defenestración de Alberto Ruiz-Gallardón muestra al respetable la cara más derechista del Partido Popular  tal como la mostró en su día la caída del moderado dirigente catalán Josep Piqué. 

Por otro lado, el espectáculo que hemos vivido la semana pasada confirma el poder que detenta José María Aznar, el elector de Mariano Rajoy en esta formación. En efecto, parece que la exclusión del alcalde de Madrid de las listas para el Congreso de los Diputados fue decidida antes de la fatídica reunión celebrada en Génova el martes pasado a puerta cerrada pero trasmitida en directo urbi et orbe y es difícil aceptar que José María Aznar fuera ajeno a la misma. Puede ser que las apariencias engañen pero se ve la mano del ex presidente maniobrando en la sombra como en un teatro de marionetas para cerrar el paso a Ruiz-Gallardón con quien ha mantenido siempre relaciones manifiestamente mejorables.

También es un indicio fiable la designación como número dos de las listas de Madrid del amigo de los Aznar Manuel Pizarro, que también lo es de Esperanza Aguirre; es igualmente insinuante aunque en segunda derivada la colocación de la ex primera dama, Ana Botella, en el disparadero para devenir alcaldesa de Madrid. El triunfo de José María Aznar no sólo muestra el mantenimiento del meollo más reaccionario del partido, sino que Mariano Rajoy sigue en dependencia vicaria de aquél, una postración que el electorado percibe y que probablemente castigará.

La verdad es que José Luis Rodríguez Zapatero tiene baraka. A menos de dos meses de las elecciones, cuando su partido no ha logrado quitarse de la chepa al PP poniendo en evidencia algunos fallos en la gestión del leonés, no podía esperar un regalo más apreciado. Afortunadamente para el dirigente socialista, en el PSOE, donde son evidentes ciertas reticencias sobre el líder, se nota un consenso en torno a éste como no lo ha habido desde los tiempos de Pablo Iglesias. El PSOE, a diferencia del PP, muestra hoy la apariencia de una piña.

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