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Nº 770 - 14 de enero de 2008

El lado oculto de las complejas relaciones Franco-Perón

EL MITO DEL TRIGO DE EVITA

En el imaginario colectivo de los españoles de más edad sigue viva la imagen de Eva Perón en su gira por la España de 1947, un país aislado frente al resto del mundo, con graves dificultades de abastecimiento, incluso hambre, necesitada de los alimentos más fundamentales como el trigo o el maíz. Y el papel de la Argentina de Perón, proveedora de alimentos a un país al borde de la hambruna. Pero la historia de ese envío masivo de trigo tiene muchas aristas poco conocidas. Lo que empezó como un enorme favor de Perón para romper la soledad internacional del régimen de Franco terminó en un conflicto.

Por Manuel Espín

Tras el final de la Guerra Mundial las potencias vencedoras pasaron factura al franquismo por su anterior relación con el Eje. Por sorprendente que hoy pueda parecer en varios medios internacionales, corrió en 1945 el rumor de que la paupérrima  España podría estar preparando armamento nuclear con asistencia de refugiados nazis, y hasta se señalaron los Montes de Toledo o el Pirineo como lugares en los que se trabajaba en esos proyectos. La situación tenía bastantes puntos de contacto con la de la actual Corea del Norte: un régimen aislado, una economía de extrema rigidez que no podía contar más que con sus propios recursos, en un país hambriento y además con muy malas cosechas por las terribles sequías. Polonia, entonces en el bloque del Este, se hizo eco de esos rumores, compartiendo críticas incluso con sectores representativos de las instituciones norteamericanas, preocupados por la falta de libertades, empezando por las religiosas que obstaculizaban en España el libre ejercicio de las confesiones protestantes.  Se hablaba de España como “un peligro para la paz mundial”. La ONU no sólo impidió el ingreso de España en la organización sino que la Asamblea General instó a un boicot diplomático, que terminaron por cumplir casi todos los países, a excepción de Portugal, el Vaticano y Argentina. Pero ese boicot tuvo muchos matices: desde la embajada británica en Madrid se había propuesto a su gobierno que no secundara un duro boicot económico por la crítica situación alimenticia del país desde 1945 y el riesgo de que el Régimen puediera caer dando paso a una caótica y violenta revolución. En ese juego diplomático sólo Argentina estaría dispuesta a vender cantidades masivas de alimentos a España y en unas buenas condiciones económicas. 

Mientras, Estados Unidos jugó sus propias cartas: deseaba el aislamiento de Franco pero no quería otra segunda parte de la Guerra Civil en un momento de inicio de la Guerra Fría y de creciente agresividad entre los bloques. ¿No se atrevió Norteamérica o Canadá a vender trigo a España por la mala imagen internacional que le podría traer, pero a cambio de exportar petróleo a Argentina hizo la “vista gorda” para que este país realizara esos suministros a España?, ¿explica esto el silencio occidental ante esa operación comercial de Perón que salvó a la España de la época de una situación insostenible dado que ningún otro país parecía dispuesto a comerciar con España? Es uno de los interrogantes de esta historia.

En 1946 antes de la toma de posesión de Perón, el gobierno saliente concedió a España un crédito de 30 millones de pesos que no se hizo público por temor a las reacciones de otros países. Por contra, con el líder justicialista en la Presidencia fue notoria la publicidad del acuerdo con España de un monto tan elevado para la época. Argentina concedía un crédito de 350 millones de pesos en tres años a un bajo interés, un préstamo de 400 millones a devolver en dos décadas para pagar parte de las importaciones de España en Argentina.Y lo hacía a los ojos de todo el mundo. Se vendían en 1947 a España casi medio millón de toneladas de trigo y una cantidad algo menor en el año siguiente, más 120.000 toneladas de maíz, carne, y otros alimentos. Todo ello ligado a los excedentes de Argentina. Con una claúsula que permitía a España, si encontrara mejores precios en otros países, reajustar el acuerdo. La contrapartida española ofrecía a Argentina aceitunas, textiles, y la construcción de barcos en astilleros españoles. Y lo más singular de todo, la concesión de zonas francas en puertos nacionales para que el país austral pudiera dar salida a sus productos en los mercados europeos; concretamente se llegó a hablar en 1948 de la cesión por 50 años de un puerto franco en Cádiz. También se establecieron algunos compromisos para que Argentina pudiera acoger a una importante cifra anual de emigrantes españoles. Era un acuerdo entre un país entonces poderoso, y un régimen europeo aislado y en extremas dificultades, con un severo sistema de cartillas de racionamiento.

Aunque más allá de lo material, Perón prestó un importante servicio político a Franco: rompió el aislamiento, incluso trató de mediar con otros países para que suavizaran las tensas relaciones con España. Así las cosas, la visita a España de Eva Perón era la culminación de una de las operaciones simbólicas más relevantes tanto para el franquismo de posguerra como para la imagen de Eva, que sin formar parte del gobierno de su marido tenía un decisivo papel como estandarte representativo del movimiento e imagen del mismo. Pero no era oro todo lo que llegaba a relucir: dentro de la administración peronista no todos eran partidarios de ofrecer un cheque en blanco a un régimen en cuarentena. Dentro del propio justicialismo aparecían sensibilidades extremadamente diferentes, galvanizadas por la figura de Perón, que había sido capaz de crear un movimiento nacionalista, acusado de fascista por sectores de opinión mundial e interior, con elecciones ganadas apoteósicamente, la construcción de un poderoso sindicalismo burocratizado (con sorprendentes integraciones en un país que en las primeras décadas del siglo había tenido un sindicalismo anarquista con presencia). El ministro de Exteriores, Bramuglia, nada simpatizante de Franco, tuvo que dar explicaciones diplomáticas a Norteamérica sobre el viaje de Evita a España sugiriendo que se había organizado sin dar tiempo a que su diplomacia pudiera opinar. Sólo cabía un papel que Evita representó a la perfección: el símbolo. En sus intervenciones y discursos en España hablaba de la mujer, de los trabajadores, de los lazos entre dos países hermanos... Pero se cuidó mucho de hacer expresas declaraciones de apoyo al Régimen. Este sí supo utilizar muy bien ese valor simbólico: Evita venía a corroborar el apoyo de Argentina a una España “incomprendida por el resto del mundo”.

La gira tuvo caracerísticas que en el mundo de hoy resultarían insólitas. Nada menos que dos largas semanas de recorrido por distintos territorios: Madrid, Andalucía, incluyendo Granada y La Rábida, Santiago de Compostela, Barcelona... Recibida siempre como la protagonista de un espectáculo teatral en el que se desenvolvía como una auténtica estrella operística (1). Y Franco prestaba la figuración, las masas. En la Plaza Mayor de Madrid se le ofrecio el homenaje de todas las provincias españolas, con la exhibición y el regalo de un cincuentena de trajes hechos a su media que representaban los típicos de la totalidad del país (vestidos que se conservaron en un museo en Argentina), el arzobispo Eijo Garay impuso a Eva y a Carmen Polo, mujer de Franco, el escapulario de la Virgen del Carmen. Se cuenta que en El Pardo, Franco le mostró un gran tapiz que ella recibió sorprendida como regalo (la pieza fue devuelta tras la caída de Perón). En todas las ciudades Evita fue obsequiada con trajes, alhajas, asistió a muestras típicas, concentraciones, representaciones teatrales, recepciones siempre en olor de multitudes, como bien atestiguan las numerosas imágenes de la prensa y el No-Do de la época.

Pero no todo era lo que aparentaba ser: la cancillería argentina puso su empeño en que el viaje no fuera sólo a España, sino dentro de una gira que la llevó por distintos países europeos y el Vaticano. Más allá de la espectacularidad de las recepciones entre la personalidad de Evita y la de sus anfitrionas se venía a demostrar que provenían de culturas muy distintas. Evita había tenido un pasado de “culebrón”, más allá de sus espectaculares atuendos y las ropas de moda que lucía, frente al papel de damas de la más rancia derecha de la que la mayoría de ese poder procedía. A los pocos días empezaba a hacerse evidente esa divergencia de estilos, como preludio a alguna de las maledicencias que empezarían a llegar a oídos de la corte del Pardo, como las que hablaban de una “relación muy especial” de Evita con el embajador español, José María de Areilza, que había llegado a Buenos Aires en la primavera de 1947. ”Os ofrezco mi corazón de mujer, empapado en la nueva justicia que hemos dado a los obreros en mis ciudades y mis campos”, dijo Evita a modo de saludo. Pero no había en sus discursos referencias directas al Régimen, y si a la “madre patria”.

El final de un idilio. Esa luna de miel no duró demasiado. Uno de los principales motivos de la discordia surgió en la interpretación de las cantidades que Argentina debían reinvertir en España no llevadas a efecto. Al terminar 1948 Argentina solicitaba a España garantías de pago en oro o dólares por los cereales que había exportado. Una contrapestación inesperada difícil de cumplir para Franco que trataba de ganar tiempo. La situación estallaría en 1949 con la decisión argentina de suspender los acuerdos con España de los meses inmediatamente anteriores y el embargo parcial de sus exportaciones, mientras España se oponía a pagar en dólares. El disgusto en el gobierno español fue evidente, pero difícilmente se transmitió a la opinión pública, tras la utilización que se había dado en 1947 al papel de un Perón “solidario con el país hermano”. Areilza, Conde de Motrico, jugó un destacado papel en Buenos Aires tratando de recomponer la situación. Pero ya el tiempo empezaba a jugar a favor de España. Madrid ya no necesitaba a Argentina como suministrador de alimentos, cuando el boicot internacional se había resquebrajado y se mostraban indicios de que Estados Unidos podía cambiar de posición respecto al régimen de Franco.

Cuando en 1952 fue relevado Areilza por Manuel Aznar partidario de una actitud más dura frente a Perón, las cosas se precipitaron hacia un claro deterioro en las relaciones, hasta extremos insospechados en 1947. Por lo demás Evita tras su muerte había pasado de mujer a mito y Perón debía enfrentarse a poderosos desafíos. Según Franco Salgado-Araújo, primo del general Franco (2), éste le hizo el comentario siguiente: “Se han portado muy mal los argentinos con el asunto del trigo vendido a España al querer exigir que fuese reconocida en dólares la deuda(...) el asunto del trigo fue un pingüe negocio para el gobierno argentino que se encargó de la venta fijando un precio cinco veces superior al que costó; luego está la negativa de la Sra. Perón a que cargaran trigo en los 20 barcos españoles que había en el puerto de Buenos Aires y que tuvieron que regresar sin un solo grano. No me explico nos tomó esa inquina a España después de los enormes agasajos que aquí se le hicieron cuando nos visitó invitada oficialmente (...) por expreso deseo de ella”.

 Otro rumor deterioró aún más la relaciones entre los dos gobiernos. En 1954 llegaba a oídos de El Pardo que Perón pudiera estar estudiando el reconocimiento del gobierno republicano en el exilio, tal y como había hecho México desde el final de la guerra civil, consecuencia de un supuesto apoyo de Franco a un partido democristiano en Argentina. Todo ello cuando entre Perón y la Iglesia católica había estallado un virulento conflicto por la aprobación del divorcio. Algo que suscitó este peculiar comentario de Franco según la versión de su primo: “(Perón) camina condicionado por la masoneria a cuyas órdenes está entregado”. Pero la prensa de Buenos Aires escribía sobre otros temas: una información sobre el yerno de Franco, marqués de Villaverde, a quien se implicaba en un negocio de importación de motos Vespa traídas de Italia, en el que también participaba supuestamente el jefe de la casa civil del Caudillo, marqués de Huetor de Santillán, presidente de la sociedad importadora, en un momento en el que los negocios estában ligados directamente a la obtención de licencias de importación dentro de una economía encorsetada. A finales del 54 Franco enviaba a Perón un telegrama cifrado, molesto por lo que se publicaba en la prensa argentina sobre este asunto, que era contestado rápidamente por el presidente en un claro intento de suavización de la tensión existente entre ambos gobiernos.

Aunque el Perón de estos años no era el de la primera hora del justicialismo, y tenía a un poderoso frente en su contra en el que aparecía no sólo una oposición política que iba de la derecha liberal a los comunistas, coyunturalmente aliados, sino a la Iglesia, al Vaticano y a sus compañeros de armas, quienes en 1955 propiaciarían directamente su caída tras un rocambolesco golpe de estado. Franco se había distanciado de Perón desde hacía algunos años, aunque siempre debió conservar un agradecimiento por su gesto anterior. E, incluso, dentro de sectores en la izquierda de una Falange que había perdido el poder que tuvo en los años inmediatamente anterores al final de la Guerra Civil pero conservaba una influencia sobre el discurso el Régimen, Perón era contemplado como un referente. Pero a la vez el general Franco deseaba mantener buenas relaciones con el nuevo gobierno antiperonisa instalado en Buenos Aires. Cuando en 1958 después de un variado periplo Perón pidió residir en España, Franco empezó dando largas, aunque reconociendo el enorme favor de Perón cuando los demás países retiraron sus embajadores y Argentina vino en ayuda de España cuando más lo necesitaba. En adelante, con Perón en la capital de España, Franco siempre aparentó mirar hacia otro lado frente a la clara actividad política que el líder justicialista mantuvo hasta su regreso a la Presidencia argentina en los años 70: buenas relaciones con los sucesivos gobiernos de Argentina, aunque la residencia de Perón era la otra capital de la política de ese país, y un lugar de peregrinaje. La propia ambigüedad claramente utilizada por Perón, capaz de aglutinar hasta los extremos más impensables del arco político, debió chocar con la personalidad cauta, fría, y desconfiada del señor de El Pardo. En las imágenes de la posguerra la llegada a España de Eva Perón y con ella el trigo argentino permanece aún seis décadas más tarde como un emblema que en nuestros días adquiere la calificación de espectáculo mediático antes de tiempo cuando aún no había televisión.

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