F abián
Hemeroteca Esta semana
Nº 770
14/1/2008

LA UNIÓN EUROPEA EN TRANSICIÓN: IMPACTO
EN LAS SUBREGIONES AMERICANAS

 

Por Joaquín Roy

L a huella indirecta de los altibajos del proceso de integración europeo, tras el Tratado de Reforma que
sustituye a la fallida Constitución, afectará a los experimentos latinoamericanos. Los dos sub-bloques sudamericanos recibirán el golpe que consolidará la ausencia latinoamericana de vocación supranacional.
En Sudamérica, en lugar de replicarse el aparente paralelismo de la cooperación entre Francia y Alemania con el tándem Brasil-Argentina, origen de Mercosur, se revela ahora el protagonismo del liderazgo (probablemente insustituible) brasileño. El surgimiento de Venezuela ha venido a añadir un factor de consecuencias impredecibles. Todavía es pronto para evaluar la viabilidad de la Alianza Latinoamericana Bolivariana (ALBA), como alternativa selectiva a la difunta ALCA.

El ingreso de Caracas en el entramado del Cono Sur ha insertado nueva incertidumbre, con el consiguiente enigma de su efectiva ratificación y membresía. Uruguay, sede del secretariado de Mercosur, tiene dudas sobre un bloque que en el contexto europeo le multiplicaría su influencia exterior (al modo de Irlanda o Portugal). El viraje europeo reforzará la oposición interna en Montevideo, opuesta a cualquier avance supranacional.

La ambivalencia de la nueva etapa de la UE puede tener efectos sobre el tejido actual de la Comunidad Andina, cuya cohesión jurídica e institucional está inspirada sobre el modelo europeo. Por lo tanto, la coyuntura de la UE impactará en las decisiones que se tomen sobre su avance o su freno. Por otra parte, el abandono de Venezuela y las amenazas de Bolivia en nada contribuyen a su consistencia. El progreso de las negociaciones de Perú con Washington para un tratado de libre comercio bilateral añade una mayor incertidumbre. No extraña que Chile sea reticente a reingresar como miembro pleno. Representaría el abandono de su privilegiada ventaja proporcionada por los tratados con Estados Unidos y la UE, al plegarse a los condicionamientos de la unión aduanera andina.

El proceso centroamericano parecía que había cobrado cierto protagonismo en los favores de Bruselas cuando se acrecentó la crisis doble por el abandono venezolano de la Comunidad Andina y su ingreso en Merco-sur, y la imposibilidad de ambos a negociar como bloques cohesionados. Pero, por un lado, la sempiterna reticencia de Costa Rica en el entramado ístmico ha desacelerado el proceso. Por otro, la apuesta de los países centroamericanos por un acuerdo con Washington, que presenta de esa manera una opción ante el ALCA en su zona más cercana de influencia, alejaría a la subregión de la órbita europea.

uriosamente, se trata de la región del globo donde la UE invirtió más fondos per capita, en aras de la integración, la reconstrucción, y el desarrollo económico y social.

Lo mismo puede decirse del Caribe, ya de por sí lo suficientemente dividido, no solamente por las diferencias de nivel de desarrollo entre Barbados y las islas más empobrecidas, sino por la resistencia a incorporar plenamente a República Dominicana en un sub-bloque dominado por un núcleo de cultura y ancestros británicos. Aunque los avances del entramado intercaribeño han sido notables gracias al apoyo de Bruselas a través de sus programas de desarrollo, dentro del marco de los ACP y sus acuerdos de Lomé y Cotonou, las expectativas de una modesta supranacionalidad no se han cumplido por motivos similares a los obstáculos presentados en Latinoamérica (celos con respecto a la soberanía nacional), exacerbados por la insularidad.
En este entramado global las perspectivas presentadas por la apenas nata Comunidad o Unión Sudamericana son inciertas o decididamente no muy halagüeñas. En su formación se ha optado por el modelo grandilocuente, sujeto a las decisiones tomadas en la práctica de la cumbritis dominada por las conferencias presidenciales, desprovisto de institucionalidad y del menor atisbo de supranacionalidad. Es exactamente la senda contraria a la seguida por el modelo funcionalista puesto en práctica por Schuman y Monnet, sin anclajes en algunos sectores de la economía, y desprovista de motivaciones últimas en el diseño político. Nada sorprende que algunos líderes latinoamericanos de diversas tendencias aboguen por la fusión de los dos bloques sudamericanos en uno solo, la mal definida Unión Sudamericana.

De momento, sin embargo, conviene recordar que la historia de la UE revela una repetición periódica de dificultades y altibajos, de los que periódicamente se ha ido librando. Consecuentemente, se recomienda que los responsables y comentaristas en la orilla americana del Atlántico tomen adecuada nota. •

*Catedrático Jean Monnet y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.

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