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¿Dónde está la crisis? Finalmente el debate se ha centrado en
las cosas de comer y no en fantasías como las supuestas cesiones a ETA o la
ruptura de España. Desgraciadamente, el PP ha optado por un catastrofismo que
no responde a la realidad y que puede alimentar un clima de desconfianza de consecuencias
previsibles. Zapatero, por su parte, ha preferido el triunfalismo sin matices.
La confianza se genera desde la realidad y no con la sustitución del análisis
por el ocultismo, la magia o el nacionaloptimismo.
La situación no permite hablar de crisis, salvo que nos empeñemos en que venga, pero problemas haylos e innegable es que el ciclo se desacelera. Es impropio, casi blasfemo, pronunciar el nombre de la crisis en vano cuando el Producto Interior Bruto ha crecido en el último trimestre en torno al 3,5 por ciento con sólo un descenso de tres décimas respecto al trimestre anterior, lo que representa un crecimiento medio en el año del 3,8 por ciento. Incluso hay razones para sacar pecho, pues en esta legislatura la renta per cápita se ha incrementado el 26 por ciento hasta los 23.500 euros, superando la media de la Unión Europea y adelantando a Italia, todo un símbolo. Las previsiones de crecimiento son del 3,1 por ciento para el presente año. Los economistas han venido rezando desde hace años impetrando un aterrizaje suave. ¿Qué más suavidad queremos? Asistimos, como dice el vicepresidente económico, a una desaceleración “natural y saludable que implica un mayor grado de equilibrio”. Persisten, sin embargo, otros datos preocupantes como el de la inflación, que afecta a la salud del crecimiento y que puede comprometerlo si se hace galopante. La subida de los precios provoca, en efecto, una presión razonable de los asalariados y de los pensionistas para mantener su poder adquisitivo y un incremento de los gastos de la Seguridad Social, del Estado y de los empresarios, lo que, a su vez, es transferido a los precios realimentando la temida espiral inflacionista. La actualización de las pensiones costará 3.000 millones de euros más de lo previsto, la misma cifra que la CEOE calcula que representará la revisión salarial del nuevo año a las empresas. El último dato firme conocido del IPC, el de noviembre, confirma la tendencia al alza iniciada después del verano. La inflación se ha situado en el 4,1 por ciento interanual, por culpa principalmente de los alimentos básicos y del petróleo. El índice provisional para diciembre que anticipa el INE podría ser peor: se habría colocado en el 4,3 por ciento. Es un mal dato, sin paliativos Sin crecimiento no hay nada que hacer pero no hay que perder de vista la resultante, que es el nivel de empleo que socializa el esfuerzo productivo; es obvio que los índices de empleo se verán comprometidos si desciende drásticamente el PIB. Durante 2007 alcanzó una cifra inédita en la historia: 18.622.108 empleados, que se incrementa hasta los 19.231.986 si contamos los afiliados a la Seguridad Social. Sin embargo, el último dato, el referido a diciembre, ha sido malo: 1.261.319 contratos estables, un 9 por ciento menos que en el mismo mes de 2006. En cuanto al paro se refiere, las cifras son más negativas: 2.129.547 desempleados al finalizar el año, un 5 por ciento más que en 2006. Diciembre, con 35.000 parados más, ha sido el tercer mes consecutivo en que la cifra de los sin trabajo ha crecido debido en la mayor medida al descenso de la construcción. ¿Qué ocurrirá en 2008? La respuesta depende de numerosos factores que desbordan el ámbito nacional. La globalización es un hecho y no podemos marginar las repercusiones de la crisis de las hipotecas basura de los Estados Unidos y del impacto que pudiera producirse en el mundo por un descenso de consumo en el país más poderoso de la Tierra. Tampoco podemos permanecer al margen de la marcha de Europa, de las expectativas del euro y del comportamiento del petróleo. Es evidente que la construcción residencial restará décimas al crecimiento de la economía en los ejercicios 2008 y 2009, bienio en el que, según un informe del Servicio de Estudios del BBVA, se destruirán 250.000 empleos netos en el sector. Según dicho estudio, la menor compra de pisos provocará el descenso “más intenso observado en la historia reciente” en su ritmo de construcción, dado que se prevé que en 2008 no se empiecen a construir más de medio millón de nuevas viviendas, frente a las casi 700.000 unidades con que concluirá este año y el máximo de más de 800.000 de 2006. La cuestión fundamental es si estas reducciones se verán compensadas por la inversión –se observa un gran dinamismo especialmente en bienes de equipo–, la exportación y los servicios. En todo caso, construir medio millón de viviendas no es precisamente la catástrofe. Tampoco lo es que el precio de los pisos en el último semestre de 2007 haya subido solo el 1,1 por ciento, menos que el IPC, una circunstancia inédita en la última década. ¿Dónde está, pues, la crisis? |
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