No se deje confundir,
Majestad
E
l 22 de julio de 1969, Don Juan
Carlos juró ante las Cortes -que
no eran más que un fiel reflejo
de la Dictadura– sus solemnes compromisos como sucesor de Franco a título de Rey. Cuando el Rey ha cumplido 70 años, parece oportuno evocar uno de los tramos esenciales que le condujeron a la Jefatura del Estado.
Lo más asombroso de aquel proceso –donde no faltaron intrigas entre los distintos candidatos al trono, incluido Don Juan de Borbón, progenitor de un Príncipe educado por Franco– fue el giro que protagonizó el Rey, cuando olfateó que o se sumaba a los nuevos tiempos o terminaría siendo Juan Carlos el Breve.
Baste recordar el discurso que pronunció el día de su investidura como sucesor: "Mi general, señores ministros, señores procuradores: plenamente consciente de la responsabilidad que asumo, acabo de jurar como Sucesor a título de Rey, lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y Leyes Fundamentales del Reino (...) El haber encontrado el camino auténtico y marcar la clara dirección de nuestro porvenir son la obra del hombre excepcional que España ha tenido la inmensa fortuna de que haya sido, y siga siendo por muchos años, el rector de nuestra política"
Y añadió: "A las Cortes españolas (...), herederas del mejor espíritu de participación popular en el Gobierno, les expreso mi gratitud. (...) Mi general: desde que comencé mi aprendizaje de servicio a la Patria me he comprometido a hacer del cumplimiento del deber una exigencia imperativa de conciencia. (...) Estoy seguro que "mi pulso no temblará" para hacer cuanto fuere preciso en defensa de los Principios y Leyes que acabo de jurar"
Pero resulta que Don Juan Carlos, en elmomento procesal oportuno, abandonó la defensa de "los Principios y Leyes" y pasó a ser paradójicamente el garante de la Constitución. El consenso alcanzado entre las plataformas opositoras y los sectores más evolucionados del Régimen significó que el Rey de Franco se convirtiera en el Rey de una monarquía parlamentaria.
Más allá de contingencias escasamente favorables al Rey, en orden a la transparencia y a la falta de honradez de sus amigos de confianza, financieros, banqueros, empresarios o simplemente aventureros o gentes que han acabado siendo condenadas por la Justicia o salvados in extremis a través de meandros sospechosos, lo cierto es que Don Juan Carlos llega a los setenta años con un balance global muy positivo.
Su deslealtad manifiesta al Generalísmo le vino bien a este país. Nunca ha habido un período tan largo y estable de democracia en España. No obstante, se acerca la sucesión del Rey. El monarca ha de llegar a ese trascendente trámite habiendo recuperado su prestigio, parcialmente quebrado. Parece que lo está consiguiendo gracias al encontronazo con Chávez, a su gira por Ceuta y Melilla o a la visita a las tropas españolas en Afganistán.
Debe eludir, sin embargo, la tentación no ya de mandar, sino de proyectar la imagen de que manda. Eso es lo que aplaude la derecha, que quiere gestos autoritarios del Rey contra Zapatero. Pero eso sería para la Monarquía pan para hoy y hambre para mañana. Lo puso Franco. Pero continúa siendo Rey porque la ciudadanía así lo ha aceptado. No se deje confundir por algunos cantos de sirena, Majestad. No pierda, a sus setenta años, la clarividencia que tuvo en 1978. A reinar, sí. A gobernar, no. Ni siquiera a parecerlo. ¡Por muchos años!•
Enric Sopena |