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Nº 769
7/1/2008

Esplendor en Bagdag

He conocido Iraq por los libros, los amigos y los viajes al residir allí en los últimos años de Saddam Hussein, quedando apenas los libros al volver tras la invasión y la ocupación del país. Se acabaron los viajes y los amigos, pero no los libros para descifrar cómo se pudo alumbrar este caos, ni las personas que como Pedro Azara nos han documentado, todavía más de lo que sentíamos, que en Iraq hubo tiempos mejores y un tajo para los mejores arquitectos. Efectivamente, se ha disfrutado de días más grata y una vida más interesante en Bagdad, hoy no es su mejor momento. El asombro por descubrir lo mucho que Bagdad prometía, en la exposición que sobre su arquitectura se prepara en Barcelona y otros lugares, se hace doloroso porque en los años 90 todavía quedaban sus restos en una ciudad ya postrada y a la que en este siglo se la sometería a nuevas humillaciones. Intento mantener actualizada la bibliografía sobre lraqpero no intento volver a Basora y Mosul, o presentarme en Babilonia, Nínive, Assur o Hatra. Ni siquiera moverme por Bagdad como antes lo hacía , que hoy debe recorrerse lo menos posible y nunca sin coches blindados, escoltas con armas y chalecos antibalas.

El protocolo para los desplazamientos es tan estricto que más vale reducirlos, se pasa mucha verguenza al acudir con toda esa parafernalia a la casa a la que uno ha sido invitado, que es la que se moverá a la tuya cuando uno es el que invita. También es mejor que no se intente salir de Bagdad sin recurrir al avión o al helicóptero para los viajes, incluso utilizados éstos para trasladarse desde el aeropuerto a la Zona Verde. Así, se intensifica la virtualidad en las estancias de personalidades que prácticamente no han pisado su suelo, o no lo han hecho en lo que se llama la Zona Roja. Por fortuna vivo en ella, por fortuna digo porque en la Zona Roja uno se abre a la ciudad; además, por ser zona de menos seguridad y categoría, es objetivo menor y no la castigan los proyectiles de mortero. Lo más recomendable en el Bagdad de hoy es pasar desapercibido, vivir a escondidas y sin destacar, que nada se note detrás de los muros y los libros, con una existencia que resulta muy poco ejemplar, e insoportable si antes no se hubiera gozado de una vida real en la ciudad de antaño.

Justamente esa vida era la opuesta a la obligatoria en la otra ciudad de hoy. Destruída por los mongoles de Hulagu y Tamerlan, en 1258 y 1400, por los otomanos de Murat en 1638 y por los aliados de Schwarzkopf y Franks en 1991 y 2003, a Bagdad le han dejado todos esos bárbaros poco patrimonio para conservar. Además, y a primera vista uno se encontraba ante una ciudad apenas árabe, con casas bajas y grandes avenidas, autopistas y puentes, como si se hubiera pretendido hacer una especie de Los Angeles.

a En fin, que Bagdad no es El Cairo, ni Damasco, con bastante mejor suerte histórica. Se padecían cortes de energía pero la vida nocturna todavía bullía en el verano en la ribera del Tigris, la población evidentemente padecía las carencias acumuladas por años de sanciones, pero nada pudo ser tan malo como lo que ha venido después, lo que se padece ahora. Un poco como en Beirut y Sarajevo, sin saber lo lejos que llegarían sus pesares Bagdad convivía con ellos, era una ciudad viva y habitada por gente orgullosa.

La recorrí de cabo a rabo, con largas caminatas por esas zonas sin grandes avenidas ni autopistas, las calles de Karkh y Russafa, Kadhimain, a uno y otro lado de la calle Saddum, etc., convenciendo pa que me dejaran entrar en las mezquitas de Gailani y Kadhimain Bagdad, como en las de Kerbala, Kufa, Samarra y Najef.

Si fuera posible dedicaría de nu yo las tardes a comprar pintura abstracta en las innumerables galería de arte en Karrada y Abu Nawas tomaría el té con los amigos del M seo y la Biblioteca , todos huidos muertos, compañeros de viajes a B sora y Mosul, pero también a Hatra, Ukhaider y Cesifonte. Con las e cepciones de José Luis Sert y de Corbusier, que no son pequeña apenas sabía que con Bagdad se relacionaron también Wright, Gropius, Alto, Ponti , Bofill... A Sert y a Le Corbusier les visité, los otros pertenecen a la otra ciudad leída y no vista. Con cierta frecuencia participaba en el homenaje a los caídos la guerra contra Irán, ante la maravillosa bóveda partida en dos mitades, cerca del estadio de Le Corbusier y de Saddam City, ahora Sadr City, que proyectó Doxiadis. Los soldados aseguran que el monumento y el estadio permanecen en pie, lo que he verificado en la embajada que proyectó Sert. Y la crónica trágica de cada día confirma lo sospechado al recorrer Saddam City, que sin culpa de Doxiadis, su proyecto de barriada ideal se convertiría en el lugar con más violencia y miseria de toda la ciudad. Un museo imaginario de Iraq consta de oleos abstractos, moldes de bronce y armas antiguas, y de ilusiones en lugar preferente; que vuelvan las aguas a las marismas del Shatt el Arab y los grandes arquitectos a Bagdad.

Ignacio Rupérez

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