Nº 769 - 7 de enero de 2008
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Fiestas sin Navidad

por Miguel Ángel Aguilar

Últimos viajeros llegados de Nueva York confirman lo mismo que aquí estamos viviendo: que se multiplican los adornos y los efectos luminotécnicos en las casas y en las calles pero que se pierde de modo creciente el sentido originario de su relación con el misterio de la Natividad, que durante siglos había venido impregnado las fiestas de estos días. Sea ello el resultado del proceso de laicismo que caracteriza el presente europeo, o del intento de proceder conforme a los cánones de lo políticamente correcto, que cunde en el nuevo ambiente de la multiculturalidad. Así que asistimos a la desaparición del Merry Christmas en los tarjetones de Navidad y hemos pasado a desearnos de manera ingrávida unas felices vacaciones, después de haber tenido que acudir, porque puntúa, a las cenas de empresa, multiplicadas en los últimos años hasta el infinito, según estratos de empleo horizontales o de engranajes verticales que suman al núcleo de la compañía convocante tanto a proveedores como a clientes.

Toda esta transformación aquí en España ha estado acompañada por una Iglesia que travestida como Conferencia Episcopal es propietaria de la emisora de la discordia, tan especializada en la siembra de la cizaña y del antagonismo civil; que se alza como reclamante de obligatoriedad para las enseñanzas de la religión mientras deserta de impulsar la más elemental catequesis; que está empeñada en canonizar a sus mártires al mismo tiempo que ignora los que pudo animar a que fueran causados por el Régimen que amparaba; que ha permanecido tan atenta a resarcirse de los daños padecidos como insensible a los que otros sufrieron bajo el signo de la Cruz y de la espada. Comportamientos todos ellos que han contribuido a debilitar la huella y las referencias de los admirables paradigmas evangélicos.

El belén compitió durante años en los hogares con el árbol de Navidad que tantos destrozos ecológicos causó y luego optó por hacerse compatible como sucedió con los Reyes Magos y Papá Noel, Santa Claus o San Nicolás. Pero aquella época pasó. Ha descendido la venta de figuritas para el Nacimiento y ahora los adornos tradicionales, venidos de bosques nórdicos o de acebos serranos, se presentan desprendidos de los símbolos cristianos que les acompañaban y los fulgores luminosos, que convierten las noches ciudadanas en ascuas encendidas, han adquirido estos últimos años un trazado geométrico lineal o en espirales colgantes, que se desentiende de toda referencia conmemorativa. Es la ola del diseño que nos invade, que crea la sensación de espacios unidos bajo las luminarias de unas cúpulas incandescentes, que se tienden de una a otra acera de las arterias comerciales para subrayar la importancia de los establecimientos que allí debajo anidan.

Al mismo tiempo, se ha enrarecido el sonido de las canciones navideñas, cuya reiteración acababa mortificando al viandante. Han desaparecido tanto los villancicos cultos como los populares. Reconozcamos que tuvieron épocas obsesivas pero también que incorporaron en años recientes aportaciones valiosas, más allá del rom, pom, pom, pom, pom del Tamborilero de Raphael. Ahora resulta muy difícil escuchar el canto coral del Adeste fideles y en las parroquias las guitarras eléctricas se siguen alzando con todo el protagonismo para acompañar los ripios del barquero, con los que la progresía monjil pensaba traer modernidad y acabó deparando penosas degradaciones musicales, difundidas hasta la extenuación del feligrés mejor dispuesto, mientras que del coro en el ángulo oscuro por su dueño tal vez olvidado ocultábase el órgano, al que sigue sin osar acercarse nadie. •

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