No es casticismo, sino universalidad. El
español es un bien cultural pero también un activo económico que empieza a
cuantificarse. Tiene también, por supuesto, un alto interés político en el
mejor sentido de la palabra. Las demás lenguas que se hablan en España
acreditan igualmente una gran riqueza expresiva y cultural y larga historia.
Sin embargo, el castellano, que en el mundo es conocido como español y que aquí
entendemos todos, ofrece posibilidades únicas por su impresionante expansión.
Creo que ésta es la convicción de los empresarios, de los técnicos, y de los
investigadores catalanes, vascos y gallegos, lo que no les impide amar sus
respectivas lenguas.
El cuidado del español y su debido
aprovechamiento debería ser, pues, un empeño prioritario del Gobierno de España
que últimamente firma tantos anuncios, desde la incitación a que los niños
tomen cada tarde la merienda hasta la recomendación a los ancianos de que se
apunten a la Ley de Dependencia pasando por los consejos para conducirnos mejor
por la carretera.
Del español debieran ocuparse tanto el
Ministerio de Cultura y el Instituto Cervantes y el de Asuntos Exteriores como
el de Industria, Turismo y Comercio. Y, por supuesto, el presidente del
Gobierno y el jefe del Estado quien, por cierto, desempeña a la perfección su
papel de relaciones públicas de la nación. Pero también debería interesarles, y
de hecho les interesa, a las empresas y a las agrupaciones industriales de toda
España, incluyendo las catalanas, las vascas y las gallegas.
Estas reflexiones nos han llevado a
desarrollar una serie de iniciativas cuya primera entrega es la edición
especial que aparece retractilada con este número de El Siglo donde damos un
buen repaso al estado de la cuestión. La iniciativa se completará con mesas
redondas en las que intervendrán empresarios, políticos y expertos. Estos
debates serán resumidos en sendos dossieres de nuestra revista que aparecerán a
principios del nuevo año. Finalmente publicaremos un libro con las reflexiones
de todos y las acciones recomendadas. Espero que la edición especial que
publicamos esta semana sea de interés para nuestros lectores y agradezco a las
empresas y entidades que se mencionan en el especial la colaboración recibida.
El español es, como decía al principio,
un activo y un instrumento cultural, comercial y político pero está también
relacionado –éste ha sido el enfoque central de nuestro trabajo– con la imagen
de España. Creo que se han superado muchos tópicos del pasado que no siempre
respondían a la leyenda negra. Hoy la palabra “Spain” y el término “España” que
ahora se promociona empiezan a asociarse con el éxito empresarial e, incluso,
aunque nos cueste creerlo, con importantes aportaciones tecnológicas. Respecto
a lo primero interesa conocer un dato: cerca del 50 por ciento de la
facturación del Ibex-35, el selectivo de las empresas de mayor capitalización
bursátil, proceden del extranjero. Respecto a lo segundo, a la aportación
tecnológica, hay que saber que en algunos sectores nuestra tecnología es
puntera. En efecto, el país de la eñe ha conseguido desarrollos importantes en
energías renovables; ocupa una posición predominante tanto en la eólica –la
segunda potencia mundial– como en la fotovoltaica; tres de cada cinco aviones
que vuelan sobre el mundo son atendidos por sistemas españoles de control de
tráfico, y la eñe es líder en infraestructuras con empresas que las gestionan,
constituyen y financian en todo el mundo. Las multinacionales españolas
disputan los mercados mundiales a las americanas, a las alemanas, inglesas o
francesas en telefonía, bancos, o electricidad; pero me interesa resaltar un
dato poco conocido: las empresas que forman el pelotón más nutrido en el
exterior no son los gigantes en que todos pensamos, sino compañías más
modestas: las grandes segundonas de la industria y de los servicios.
No se cambia una imagen si no responde a
una base real, pero la realidad española ha cambiado de forma espectacular. El
ICEX (Instituto para el Comercio Exterior) ha acertado con el lema elegido en
sus campañas de promoción en el extranjero: “España, tecnology for life”, en el
que “España” con eñe expulsa al convencional “Spain” aunque se alía con la
tecnology pues la extensión del español no está reñida con el reconocimiento de
que la economía, la Bolsa y la tecnología se escriben en inglés. Ello aconseja,
por cierto, que a la vez que nuestros empresarios se aprovechan de las ventajas
de la comunidad hispana aprendan algo más de inglés. La globalización tiene
estas cosas. Es una opción atrevida pero que podemos permitírnosla. Por otro
lado, se pretende aprovechar con el eslogan susodicho el triple sentido que en
inglés presenta la palabra life (vida): como “pasión”, como “vitalidad” y como
“permanencia” o “perdurabilidad”.