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| Nº 767 - 17 de diciembre de 2007 |
La mirada burlona e inteligente del otro Por Mauro Armiño Aunque es bastante lo que se ha publicado en España de este curioso pensador y crítico de arte italiano, Mario Praz (1896-1982), resultaba extraño que hasta ahora no hubiese aparecido el libro que relataba sus impresiones de España publicado en 1928: ochenta años después aparece Península pentagonal (La España antirromántica) dentro de una colección titulada “La Noche española”, de la editorial Almuzara; curiosa e interesante colección dedicada a ensayos, viajes o relatos que tienen España por eje o por ambiente narrativo, y que ya incluye autores como Max Nordau (Impresiones españolas), Ronald Firbank, Pierre Mac Orlan (La bandera), y promete entre otros títulos uno capital de Maurice Barrès: su estudio sobre El Greco o el secreto de Toledo (y otras páginas españolas). De las visiones que han tenido viajeros y memorialistas sobre España, los españoles han recogido aquellas que los situaban aparte, que los hacían peculiares y diferentes, hasta el punto de terminar aceptando la mirada que Europa tiene sobre nosotros y vender ese producto a los turistas (no deja de ser una fuente más de ingresos, como, por otra parte, hacen muchos pueblos que venden como esenciales lo que las guías turísticas dictaminan). El tópico difundido por los viajeros del siglo XIX, halagüeño, pues nos hace distintos y nos otorga peculiaridades exclusivas, no tardó en ser aceptado por nuestros indígenas de finales del XIX mientras se derrumbaba el imperio colonial, y jaleado, en nombre de la sacrosanta tradición, hasta el punto de imbuirlo en las escuelas. No ocurre lo mismo cuando alguien, como Mario Praz, destruye los tópicos establecidos, niega el pintoresquismo de los modos de vivir y morir españoles. Sin embargo, es mucho más interesante y productiva intelectualmente esa desmitificación de alguien que no está implicado, que mira con distancia y desde presupuestos totalmente ajenos. Que Praz esté o no equivocado en sus apreciaciones, no importa: su visión revuelve la nuestra, demasiado identificada quizá con lo consabido y lo admitido. Un apunte sobre Mario Praz, ensayista de cultura enciclopédica y profesor de lengua inglesa en la Universidad de Roma durante más treinta años: sigue siendo poco conocido en España pese a que sus libros más sustanciales estén editados: La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica, el ensayo-novela La casa de la vida (Debolsillo), fascinante para quien visite su Casa-Museo en Roma; Imágenes del Barroco (Siruela), sobre la emblemática del siglo XVII, además otros estudios sobre las relaciones de romanticismo y erotismo, que hacen de él uno de los principales ensayistas italianos del siglo XX; Praz es también, en Italia, punto obligado de referencia para los estudios ingleses, cuya poesía tradujo y publicó en antologías. La España diferente. Fueron los románticos, franceses sobre todo, los que propalaron en Europa el mito de una España “diferente”, lugar pintoresco de costumbres arcaicas: casi el eslabón perdido, si no con la Edad de Piedra, al menos con los siglos oscuros del Medievo. Praz llegó en 1926 pertrechado con la lectura de libros de viajes y memorias: de George Borrow –el que intentó (1835-1840) difundir el protestantismo entre nuestros antepasados hispanos con el resultado que se conoce–, de Théophile Gautier y sus Viaje a España y Carmen, de Alfred de Musset (Cuentos de España y de Italia, El teatro de Clara Gazul), de Henri de Montherlant, del italiano D’Amicis, y un largo etcétera de viajeros que airearon lo “peculiar”: toros y toreadores, bailaoras y gitanas, arte románico y pintores, etc. En su viaje Mario Praz no encuentra nada de lo que proclamaban los románticos franceses que había en España, empezando por negar su pintoresquismo y achacando tanto a su literatura –Cervantes incluido, además de los místicos– como a su pintura y a los paisajes el defecto de la monotonía, de la repetición. Vayamos por partes: fueron dos la ediciones que Praz hizo de este libro: la primera, en 1928, firmada por un joven iconoclasta que procedía de Inglaterra –cuyas costumbres también son objeto de su ironía y burla–; la segunda, de 1955, más reflexiva, pero de la que no quiso eliminar el ímpetu “un poco descompuesto, aquel brío no siempre bueno” de 1928. Al releerse para volver a editarlo, Praz se da cuenta de que, escrito “con el propósito de desenmascarar la leyenda del pintoresquismo español, mi libro aparece hoy como un libro pintoresco, repleto de esos contrastes y de esos efectos que normalmente se asocian a la idea de lo pintoresco”. Los tópicos del torero y la maja. La mirada de Praz sobre la España de 1926 –año en el que realiza su viaje– no pretende ser la de los ricos extravagantes ingleses que tan bien conocía el autor: acudían a una especie de carnaval donde era posible hacer cuanto en su país estaba prohibido, y de vuelta a casa ocultaban “bajo una piedra aquel pecado juvenil”. Praz no ve ningún carnaval, sino que corrige y desmitifica rotundamente las impresiones de los románticos; y el resultado es un libro irónico, burlón sobre una España en la que apenas ve otra cosa que sordidez, donde los mitos –tauromaquia, belleza de la mujer española, arte esplendoroso– quedan destruidos por la realidad de la mirada: a diferencia de Gautier, ve al torero y a la maja en su salsa, sucios de sangre y fealdad; el toreador y la maja fueron, y quizá sigan siendo, los mitos más persistentes de la idea que Europa recibió de España, y a ellos dedica una reflexión especial; Praz asiste a una corrida y no está lejos de pensar que esa fiesta llamada nacional es “estúpida y cruel” como le pareció a Luis Cernuda. A él le resulta aburrida, repetitiva, que sólo puede animarse gracias a anomalías como la salida de los cabestros o “el tropiezo del torero que por equivocación se ensarta una nalga”. No deja de pensar Praz que un toro son todos los toros, y en lo esencial son el mismo toro; si describe toro a toro una corrida a través de los ojos de una turista americana rubia armada con todos los tópicos de una guía Bedeker, a Praz lo que le divierte es el público, su bullicio, porque la corrida es la típica: caballos reventados por las astas –hasta tres se carga un solo toro, mostrando un “collar de oscuros corales que es el vientre del caballo”–, repetidas estocadas para matar al toro, griterío de tenebrosas Carmen despeinadas, etc. Admite, sin embargo, que “entre tantos centenares de corridas encontramos alguna vez una obra maestra: afortunado quien la haya visto”. No le resulta difícil enlazar ese lomo de toro acribillado por cinco espadas con la Virgen de los Dolores y su corazón atravesado de puñales, para negar lo que Ramón Pérez de Ayala –a quien también parecían repugnantes, bárbaras y estúpidas las corridas– tenía por valioso: un quid divinum, un algo que es “algo más que una institución”, como afirma el novelista español en Política y toros. Y reflexionando sobre la relación entre religión y toros recuerda un pasado por suerte ya olvidado, cuando en España cabildos y obispos competían por hacer corridas para animar de canonizaciones, traslaciones de determinados difuntos, etc. La canonización de Teresa de Jesús, por ejemplo, fue festejada por todos los conventos fundados por ella con corridas en las que, en total, recibieron la “sagrada” muerte más de doscientos toros. El aspecto ceremonial, el traje cuasi religioso del torero con su religiosidad bizantina habían dado pie a Gómez de la Serna a esa transfusión taurino-religiosa; y había llevado al francés Henri de Montherlant a fundamentar una especie de comunión religiosa: el pantaurismo, donde Carmen y el toreador participan de una complicada variedad de sadismo que gozó de gran predicamento –también asumida por Maurice Barrès–, en la idea que Europa se hizo de España ya iniciado el siglo XX. Para Praz, todo ese misterio, toda esa magia fascinadora es fácil de trasladar a imágenes chillonas que resultan atractivas para muchos; pero ese amasijo de sangre, voluptuosidad y muerte en que terminan convirtiendo las peculiaridades españolas estos pensadores no es para el ensayista italiano más que fruto de esa ampulosidad retórica que tanto gusta, sobre todo, a los autores franceses citados. Hay más asuntos “peculiares” que pasan bajo la corrosiva mirada de Praz: la Semana Santa sevillana, por ejemplo, la Alhambra, el barroquismo churrigueresco, el orientalismo de Gaudí y su Sagrada Familia, el escaso españolismo de los prostíbulos –le parecen más “españoles” otros encontrados en varias ciudades europeas–, el entierro maloliente del obispo José Carranza para recordar el tópico pictórico y literario del Triunfo de la Muerte, la incomodidad de posadas y hoteles…, y un largo etcétera que tienen que ver más con las figuras negras de un Solana que con la brillantez de la ópera de Bizet sobre el texto de la Carmen de Gautier. Para Juan Bonilla, que prefacia y epiloga el libro, la causa de su tardía traducción al castellano, ochenta años después de su primera edición, se debe a que “no necesitábamos oír o nos sobraban” ese cúmulo de impresiones, porque molestan. Por encima de la molestia –si es que se produce en el lector, que no siempre es el caso–, el texto y la pintura de aquella España resultarían ahora burlonas e hirientes para quienes sigan pensando que esas peculiaridades esenciales son algo más que el cascajo de una mentira que se perpetúa y contiene lo peor de la España actual; para un lector que quiera ver –y sea capaz de soportarla– la idea que otros ojos se han hecho de nuestro pasado, Península pentagonal es un libro lúdico, irónico, divertido y, sobre todo, inteligente. |
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