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| Nº 767 - 17 de diciembre de 2007 |
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La congelación de Bellas Artes
por Miguel Ángel Aguilar L a convocatoria era en la Catedral de Toledo, el miércoles 12 de diciembre a las 12 horas. La ocasión, la entrega de las Medallas de Oro en las Bellas Artes. La presidencia estaba encomendada a Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias. El señor cardenal titular de la diócesis prima-da, monseñor Cañizares, nos distinguió con su ausencia. Los obispos auxiliares y los canónigos del Cabildo ocuparon sus puestos y a preguntas de este corresponsal negaron que en España se pueda hablar de Iglesia perseguida como algunos hermanos en el episcopado sostienen. La espera desde media hora antes se hizo sin música de órgano, que tanto hubiera podido templar los ánimos. Porque la temperatura al abrigo de aquellos muros centenarios quedaba por debajo de la registrada en el exterior y era inferior a los 7 grados centígrados. A la sucesión de discursos del alcalde, del ministro, del presidente de la Comunidad de Castilla-La Mancha, de Ana Belén en nombre de los 24 premiados y del príncipe Don Felipe se sumó la entrega aplaudida de las Medallas y Diplomas a los galardonados hasta superar más de dos horas de sesión. Es decir, se estuvo cerca de alcanzar el punto de congelación de las Bellas Artes. Hubo insistencia en el tópico del "marco incomparable". Está fuera de discusión. Pero también su carácter inadecuado desde el punto de vista térmico en estas fechas de diciembre. Parece que estos rigores se registraron también el año pasado con motivo de estas mismas solemnidades celebradas en la Alhambra de Granada. Así que o en adelante se opta por recintos calefactados, o se traslada la fecha en busca de una estación más cálida o pronto quedará diezmada la tropa que arropa a las Bellas Artes. Aterida de frío, la audiencia, compuesta de más de 400 invitados procedentes de la suma de las listas aportadas por los integrantes del medallero, se dividía entrelos previsores con prendas de abrigo y los audaces que desafiaban al termómetro a cuerpo gentil. En el estrado los medallistas consideraban de mayor etiqueta el desprendimiento y padecían las consecuencias. El Príncipe no quiso privilegios y se desprendió de su gabán para ocupar la presidencia. Lucía una voz afónica que se ha traído de la capital argentina, consecuencia de los aires acondicionados en el pleno verano de aquellos meridianos. Se levantó la sesión pero en absoluto la temperatura porque el canapé de cortesía se sirvió en el claustro y las bebidas de acompañamiento, a base de refrescos con hielo incorporado, solo añadían desolación. Algunos hubieran dado su reino por una taza de caldo caliente pero fue imposible detectar ninguna pócima humeante. Aprendimos detalles históricos que nunca olvidaremos porque quedaron marcados con temperaturas polares. Supimos que pisábamos sobre los restos del templo erigido por Recaredo, aquel rey visigodo que abjuró del arrianismo, que después se transformó en mezquita de los musulmanes y a partir del siglo XIII derivó en la Catedral de nuestros días. Conocimos algunos sucintos apuntes biográficos de las personalidades e instituciones premiadas. Vimos al antiguo alcalde de Madrid y actual presidente de Ifem, recoger el premio a ARCO robando cámara a las directoras de la Feria que se han sucedido desde su fundación, verdaderas merecedoras de la Medalla. Escuchamos a una bellísima Ana Belén hablar del vértigo que produce la invención, decir que la profesión la ha hecho como es, reconocer a sus maestros como Miguel Narros, declararse siempre pendiente de la aprobación, describir el delgado hilo que separa el éxito de la indiferencia, subrayar los peligros del aplauso, de cuyo veneno, una vez inoculado, resulta imposible prescindir. Otro día comentaremos la necesidad de recuperar un criterio claro para la atribución de estas Medallas. Vale. • |
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