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| Nº 766 - 10 de diciembre de 2007 |
El héroe y el loco Por José María Ridao Los obituarios con ocasión de la muerte del general norteamericano Paul Tibbets, el pasado 1 de noviembre, arrancaban invariablemente con un dato de su biografía que parecía sugerir que fue la predestinación la que rigió su suerte y, al mismo tiempo, subrayar su condición de militar disciplinado, siempre dispuesto a la obediencia. La primera vez que Tibbets subió a un aeroplano –señalaban las reiterativas notas necrológicas aparecidas en la prensa de todo el mundo- fue a los doce años de edad, y su misión durante aquel vuelo de exhibición que consolidaría su vocación de piloto fue bombardear con caramelos una multitud congregada en el hipódromo de Hialeah, Florida. Este episodio de festiva iniciación, ocurrido durante su infancia, se evocaba en el momento de su muerte como el contrapunto al que tuvo lugar casi dos décadas más tarde, cuando Tibbets había alcanzado la treintena, y por el que pasaría a la posteridad: junto a una tripulación de diez aviadores, fue el encargado de arrojar sobre Hiroshima la primera bomba nuclear de la historia. A las 8,15 del 6 de agosto de 1945 la remota lluvia de caramelos que desencadenó siendo un niño se convirtió en una inédita tormenta de muerte y destrucción, de la que un miembro de la tripulación que volaba con Tibbets en el Enola Gay alcanzó a exclamar: “¡guau, qué pepinazo!” Alrededor de 100.000 personas perdieron la vida a consecuencia del ataque, y las secuelas de la radiación se cebaron durante años en un ingente aunque indeterminado número de víctimas. El implícito contrapunto entre el bombardeo de caramelos y el ataque atómico establecido por los obituarios que dieron cuenta de la muerte de Tibbets remitía, en una rápida lectura, a la pasión por volar que marcaría de forma indeleble la vida del oficial norteamericano. Tal vez para confirmar esta impresión, otro dato se repetía con insistencia en las necrológicas publicadas por los periódicos: tras licenciarse en el ejército, Tibbets se convirtió en propietario de una compañía de aerotaxis. El ingenuo entusiasmo del niño lanzando caramelos sobre la multitud, la épica dedicación del militar al mando del primer bombardero atómico de la historia y el anodino prosaísmo de la empresa civil dedicada al transporte aéreo de viajeros parecían desprender un inequívoco mensaje: hasta el último momento de su vida, la vocación de surcar los cielos habría marcado el destino de un hombre al que sólo las consecuencias de una entre sus múltiples misiones, de uno entre sus innumerables servicios, arrancaría para siempre del anonimato, convirtiéndolo en héroe para unos y, para otros, en cómplice de una matanza. Del recorrido biográfico que trazaban los obituarios consagrados a Tibbets se desprendía que fue la tarea a la que aplicó su vocación, no su vocación misma, la que tuvo que ir transformándose de acuerdo con las exigencias muchas veces trágicas de cada época. ¿Y acaso no es digna de elogio una vida entregada a la vocación, una vida que se pone al servicio de una oscura e irresistible voz interior que no cede ante ningún reto? Pero mantener incólume la vocación para que sólo se transformase el objetivo a la que la consagraba, para que sólo variase lo que el mundo esperaba de él como aviador, desbrozaba el camino para que Tibbets pudiese hacer una declaración que también se recogía en los reiterativos obituarios, como una invariable letanía: “en las mismas circunstancias, volvería a hacerlo”. Es decir, la inquebrantable vocación de Tibbets le permitía reafirmarse en que las acciones que llevó a cabo durante una vida consagrada a los aviones debían enjuiciarse en su contexto. El niño, justamente por niño, bombardearía otra vez con caramelos a la multitud congregada en el hipódromo de Hialeah, Florida, y el anciano, justamente por anciano, fundaría otra vez una compañía de aerotaxis al licenciarse del ejército. Por descontado, la secuencia no estaría completa si el comandante del Enola Gay, justamente por comandante, no se declarase dispuesto a lanzar otra vez una bomba atómica a las 8,15 del 6 de agosto de 1945 sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. A fin de cuentas, el contexto le vino impuesto, casi tanto como la vocación: “Yo no bombardeé Pearl Harbour, yo no empecé la Segunda Guerra Mundial –declaró Tibbets–. Mi misión fue terminarla”. Aseguró, en cualquier caso, no sentirse orgulloso de las muertes que provocó en Hiroshima, aunque se mostró convencido de que la bomba atómica ahorró muchas vidas. Eso le permitía dormir todas las noches: también los obituarios eran reiterativos sobre este punto. La manera en la que Tibbets asimiló su participación directa en el primer ataque atómico de la historia fue la esperada por el mando militar norteamericano, y de ahí que a su regreso de los frentes de guerra fuese tratado como el héroe de una nación victoriosa. El comandante del Enola Gay era el último eslabón de una larga cadena de decisiones en la que la absolución individual dependía de la absolución colectiva, y viceversa. Si todos y cada uno de los participantes en el “Proyecto Manhattan”, desde los científicos a los militares, pasando por el propio presidente de los Estados Unidos, se juramentaban para sostener que la destrucción de Hiroshima y Nagasaki fue necesaria para hacer que Japón capitulase y, de este modo, poner fin a una guerra que ya estaba decidida, entonces el sistema de exculpación colectiva funcionaría a pleno rendimiento y, recorriendo el mismo camino en sentido contrario, también funcionaría sin contratiempos el sistema de exculpación individual. El fin de acabar con la guerra, de ahorrar vidas, justificaba el medio, en este caso el recurso al arma atómica, y de él habría de colgar, como un racimo, la sucesión de responsabilidades individuales, siempre insuficientes para producir aisladamente la matanza pero siempre imprescindibles para que ésta tuviera lugar. Así se estableció la mutua dependencia sobre la que se levantaría el acta demediada del pasado: para que Estados Unidos pudiese proclamar sobre Japón una victoria digna de recuerdo era preciso que, por su parte, Tibbets pudiese declarar que dormía cada noche. La victoria ejemplar y el héroe se necesitaban mutuamente. Porque no es preciso el héroe para alcanzar una victoria a secas; para eso basta el bárbaro. A diferencia de Tibbets, sin embargo, otro de los pilotos que participó en el bombardeo de Hiroshima, Claude Eatherly, no consiguió conciliar el sueño desde el 6 de agosto de 1945, fecha del ataque, y fue ese insomnio provocado por el remordimiento lo que le llevó a rechazar la consideración de héroe que se disponía a tributarle su país. Las imágenes de la inédita tormenta de muerte y destrucción en Hiroshima hicieron que Eatherly se desentendiera del fin alegado para llevar a cabo el ataque atómico, con lo que la naturaleza del medio al que recurrió el mando militar norteamericano, y en el que él participó, apareció descarnadamente ante sus ojos, incapaces de conciliar el sueño. La revelación acerca de su conducta fue brutal, demoledora: él no era un héroe, era un criminal y, por lo tanto, no era honores lo que merecía, sino una rigurosa, redentora condena. Al resistirse a buscar refugio en la obediencia debida, un expediente imprescindible para que el mecanismo de exculpación surtiera efecto, Eatherly no pretendía comprometer al resto de los participantes en la “Operación Manhattan”, y así lo repitió en tantas ocasiones como tuvo ocasión de hacerlo. Se trataba de un juicio sobre sí mismo, no sobre los demás, pero la consecuencia inexorable de que un eslabón rechazase ser exculpado del bombardeo de Hiroshima era que la totalidad de la cadena de mando que ejecutó el ataque quedaba comprometida. Desde un doble ángulo, además: no sólo eludía su responsabilidad sino que, además, pretendía acallar a quien la asumía. Eatherly, que podía haberse instalado en la condición del héroe como Tibbets, fue tratado como un loco. Sus acciones desesperadas en busca de un castigo que le facilitase la expiación sirvieron, sin duda, de coartada a sus perseguidores: asaltaba establecimientos comerciales y abandonaba el botín en la puerta, una forma extravagante, aunque inequívoca, de reclamar un juicio por su viejo y más grave delito, no por la venialidad del nuevo. Cegada la posibilidad de expiación que hubiese representado una condena judicial reafirmando se condición de asesino, Eatherly recurrió a otro procedimiento igualmente extravagante, igualmente inequívoco, pero en este caso aureolado de una conmovedora belleza. Valiéndose de un listín telefónico, redactó centenares de cartas que dirigió a otros tantos habitantes de Hiroshima, escogidos al azar, y en las que simple y angustiosamente solicitaba su perdón; un grupo de adolescentes estremecidos por el drama de aquel veterano que pudo ser un héroe pero que se declaró a sí mismo criminal le contestaría, concediéndoselo. El mando militar norteamericano lo recluyó, entonces, en una sucesión de sanatorios mentales, arrojándolo a un solitario laberinto de incomprensión semejante al que padeció el Segismundo calderoniano, y desde el que cualquier mensaje, cualquier confidencia, cualquier razonamiento sólo podía irrumpir en la plaza pública y ser interpretado como anomalía digna de piedad, cuando no de burla o de irrisión. Lo que Eatherly venía a sostener era que, a diferencia de Tibbets, en las mismas circunstancias, no volvería a hacerlo. Puesto que esta determinación de juzgar de manera independiente su acción y su circunstancia procedía del lugar en el que se confina a los locos, el mando militar norteamericano se aseguraba de que sería tomada por una locura, desactivando a fin de cuentas su demoledora aunque involuntaria carga subversiva. El caso de Eatherly ilustraba a la perfección una de las observaciones más controvertidas de Michel Foucault: la demencia, señaló en su Historia de la locura, ha sido muchas veces el estigma con el que el poder se ha puesto a resguardo de los juicios que lo desafían. Rechazando el papel de héroe, Eatherly rechazaba, lo quisiera o no, que la incontestable victoria de Estados Unidos sobre Japón hubiera sido ejemplar. Estados Unidos había vencido a Japón, y ese desenlace fue un alivio impagable para la suerte de la humanidad. Pero Estados Unidos, venía a recordar Eatherly, había vencido porque fue el país más fuerte, no porque encarnase el Bien absoluto frente a un Mal igualmente absoluto, un argumento que se proyectaba, en último extremo, sobre la totalidad de los Aliados y su estrategia de bombardear las ciudades alemanas. La necesidad de mantener esta interpretación, este mito escatológico cuya función primordial era exculpar al vencedor del empleo de medios execrables para alcanzar un fin justo, hacía que no cupiese el arrepentimiento por parte de ninguno de los individuos que habían hecho posible esa victoria. De ahí que el encierro de Eatherly, de ahí que el manicomio apareciese como la única salida para mantener su condición de ejemplar. El género de victoria que reclamaron Estados Unidos y los Aliados al término de la II Guerra Mundial necesitaba apoyarse en el héroe, y eso es lo que demostró Tibbets. Pero necesitaba, además, protegerse del loco, y eso es lo que demostró Eatherly. Los obituarios publicados en los diarios de todo el mundo con ocasión de la muerte del general Paul Tibbets establecieron un implícito contrapunto entre el bombardeo de caramelos que protagonizó siendo un muchacho en el hipódromo de Hialeah, Florida, y el ataque nuclear contra Hiroshima. Ocultaron, sin embargo, otro contrapunto tal vez el más llamativo: Tibbets, muerto el día de Todos los Santos, dejó dicho que no quería ni tumba ni discursos de despedida, para evitar venganzas. |
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