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| Nº 766 - 10 de diciembre de 2007 |
Un extraño viaje por Joaquín Leguina Ahora que se han instalado en lo aeropuertos los más sofisticados instrumentos para la agresión, la humillación y la tortura, reservados antaño a las covachuelas policiales de las dictaduras, la verdad es que no apetece mucho volar. O quizá es que, con la edad, los aviones (donde, como en la cárcel cervantina, "toda incomodidad tiene su asiento") resultan cada vez más repulsivos. El hecho es que un servidor –otrora viajero impenitente y no siempre forzado– se ha vuelto muy remiso ante el impulso viajero que, según dicen, todos llevamos dentro. Mas, sea como sea, no es que hoy quiera escribir, al estilo de los viajeros del siglo XVIII, ningún tratado de geografía empírica, pero quizá pueda interesar conocer, de entre todos los viajes que he hecho, al menos uno. A primeros de diciembre de 1970 me llamó a su despacho el director general del INE –Instituto del que era, y soy, funcionario– para decirme que se celebraba un congreso sobre población en Accra, la capital de Ghana. "Si te apetece ir, se lo comunico ahora mismo al Ministerio de Exteriores", me dijo. Acepté de inmediato. A los pocos días me llamaron de Exteriores para que fuera a "recibir instrucciones". Instrucciones que consistieron en decirme que si en aquel Congreso africano alguien sacaba a relucir el asunto del Sáhara me callara la boca y mirara para otro lado... Poco antes de la Navidad viajé a Ghana, previa escala en las Islas Canarias, Sierra Leona, Costa de Marfil y no sé cuántos apeaderos más de la costa oeste africana, en los cuales tomaba tierra el avión de la Brittish Caledonian, que era la compañía aérea en la que yo me trasladaba. Era de noche cuando aterrizamosen Accra. En el aeropuerto tomé un taxi y me fui al hotel que había reservado desde Madrid. Allí me acomodaron en un bungalow y no tardé en meterme en la cama para quedar dormido de inmediato. En medio de la noche, me desperté bañado en sudor. Pensé que me había atacado alguna fiebre tropical, pero no. Sólo se había roto el aparato de aire acondicionado. A costa de mi insomnio, comencé a entrever lo duro que debía ser vivir en un "paraíso tropical"... sin aire acondicionado. Me vestí con el alba, desayuné un continental y esperé, abanicándome, a que llegara la hora en la que supuse abriría la Embajada de España, cuya dirección traía conmigo. La Embajada española ocupaba un chalet que se mantenía en pie y bien conservado, a diferencia de los muchos que a su alrededor –abandonados por los ingleses al salir del país–mostraban un aspecto lamentable. Tras presentarme, el portero me dejó pasar. Entré y me dirigí al jardín, donde me entretuve mirando a lasiguanas, que lo habían hecho suyo, pero pronto vino una secretaria local, es decir, una joven negra poseedora de un cuerpo firme y contundente. La seguí sin perder de vista la parte más redonda de su figura y me hizo pasar al despacho del embajador, que era catalán y se apellidaba Trías de Bés. Aquel diplomático no sólo atendía la Embajada española en Ghana, también se ocupaba de varios países de la zona, mientras –según informó su esposa durante la comida con la que me obsequiaron al día siguiente– esperaba su nombramiento para ocupar la nueva embajada de España en Checoslovaquia, país que, como todos los del área soviética, había establecido relaciones con la España franquista no hacía mucho tiempo. Cuando le informé en su despacho de mi encomienda, el embajador me miró entre divertido y asombrado. "Que yo sepa, aquí no se celebra en estas fechas ningún congreso", me dijo. Pasó a solicitarme las credenciales de aquel misterioso evento y na da más sacar de mi portafolios el primer papel, lo vi claro: el maldito Congreso era allí, en Accra y en esas fechas casi navideñas... pero en 1971... Había llegado, pues, con un año de anticipación. Trías de Bés rió de buena gana al comprobar el chasco. No habrán sido mis compañeros de Exteriores quienes te han enviado aquí, ¿verdad? Pues no –contesté– pero los de Exteriores sí que me han dado instrucciones precisas –me vengué–. Si decides quedarte, puedo recomendarte un guía que te enseñe algo de este país –me dijo–. No te saldrá caro –precisó–. Es un hombre que estuvo destinado como diplomático en México hasta que su tribu cayó en desgracia cuando se produjo el último cambio de Gobierno. Los siguientes seis días me vi acompañado por aquel africano que hablaba el español con corrección y con acento de México. Me llevaba en su Peugeot y me enseñó los recovecos de los alrededores de la capital: el puerto hecho en los tiempos de Nkruma, un gran embalse construido por los italianos en la misma época, así como la Universidad, levantada también en aquellos años. "Nkruma no sólo consiguió la independencia; también ha sido, hasta hoy, el único gobernante que ha realizado en Ghana una auténtica política pública", me comentó el hombre. El primer día le pedí que me llevara a un restaurante típico. "Me gustaría probar la comida de aquí", le aclaré. Me miró, sorprendido, sonrió y dijo: "Aún no hemos tenido tiempo de inventarnos una comida propia. Si quiere usted comer decentemente, mejor nos vamos al restaurante del Sheraton". Después del fiasco con el aire acondicionado en el primer hotel, me había yo mudado al Sheraton, y fue en el aparato de televisión que estaba instalado en mi habitación donde pude ver (en la emisión local, no en ninguna cadena internacional) imágenes del juicio de Burgos contra los activistas etarras... y la sentencia que los condenaba a muerte. También informaron allí, dos o tres días después, de la conmutación de las penas capitales. Al parecer, esta vez las presiones foráneas habían conseguido torcer la mano del Gran Ejecutor. Cuando los belgas abandonaron el Congo, se dijo –y supongo era verdad– sólo habían "producido" durante su larga estancia colonial una docena de universitarios nativos. No creo que los británicos dejaran en Me sorprendió que mi guía fuera musulmán; no pensaba yo entonces que los seguidores de Mahoma hubieran llegado tan al sur en África. Cuando nos despedimos en el aeropuerto, poco antes de yo tomara el avión de Alitalia que me llevaría a Roma, se nos acercó –para saludarlo– un amigo o pariente. Un joven que no había cumplido los veinticinco y que viajaba en mi avión hasta la capital de Italia. Aquel muchacho no conocía a nadie en Europa, ni hablaba italiano. El pionero tampoco sabía dónde encontrar trabajo, pero en aquellos ojos oscuros se leía la determinación de quien está presto para la huída. Ya en Fiumicino –mientras yo me quedaba en tránsito para tomar el avión hacia Madrid– lo vi abandonar, desamparado, el aeropuerto y sentí por él una profunda compasión. • |
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