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Nº
766 - 10/12/2007
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El discurso sobre ETA del PP ha calado EL DIFÍCIL REGRESO HACIA LA UNIDAD El asesinato de dos jóvenes guardias civiles —Raúl Centeno Pailón y Fernando Trapero Blázquez—, primer crimen intencionado cometido por ETA en más de tres años, no ha servido para sellar la unidad entre las fuerzas y partidos democráticos. Una legislatura completa plagada de división, de siete grandes manifestaciones contrarias a la política antiterrorista del Gobierno, y la utilización partidista de este asunto por parte de la primera fuerza de oposición (el Partido Popular) ha dejado nítidamente sus secuelas en la sociedad española. Las concentraciones del pasado día 3 de diciembre, en las que participaron políticos de todas las tendencias, fueron boicoteadas por seguidores del PP y grupos de ultraderechistas que increparon a políticos socialistas. En la concentración unitaria del día 4 en Madrid, centenares de personas gritaban pidiendo la dimisión del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, pese a los llamamientos a la unidad efectuados desde casi todos los partidos. Por Antonio Sarrión La actitud de Cobo no se puede considerar representativa de toda la dirección del Partido Popular. El secretario general de esta formación, Ángel Acebes, conminado por un grupo de periodistas a realizar una condena expresa de esta actitud, se limitaba a declarar que "el PP nunca está a favor de ningún insulto. Defendemos nuestras ideas y nuestra política con toda firmeza y claridad, pero no compartimos los insultos hacia nadie". En el acto también habían estado presentes el ex ministro de Justicia José María Michavila y el secretario ejecutivo de Seguridad y Justicia del PP, Ignacio Astarloa, que no hicieron declaraciones. Con relativa sorpresa se pudo comprobar que la asistencia
al acto resultaba muy minoritaria (no más de 10.000 personas). Una cifra muy pequeña en
comparación con otras movilizaciones antiterroristas que ha Como, prácticamente había quedado anunciado en la jornada anterior frente al Ayuntamiento de Madrid, en la concentración volvían a personarse diversos grupos armados con pancartas en las que se exigía la dimisión de José Luis Rodríguez Zapatero. Tras la lectura del manifiesto acordado un día antes por todas las fuerzas políticas, y pese a que ningún dirigente de ninguna formación estuvo presente en el estrado –precisamente, para evitar unos incidentes que todos preveían-, los dos minutos de silencio anunciados fueron interrumpidos por los gritos de estos grupos de simpatizantes populares y de extrema derecha que proferían descalificaciones hacia el Gobierno y sus miembros y que pedían la cabeza del presidente. Otro grupo, sin separación física alguna entre ellos, comenzaba a contestar con gritos de "¡Zapatero no estás solo!". La escenificación de una sociedad polarizada que ahora será muy difícil de unir en torno a una grave amenaza común. El presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, que, finalmente acudía a la concentración –sólo lo hacía público en la misma mañana del 4 de diciembre, porque "hay que medir los tiempos en política"-, había lamentado que la AVT y el Foro de Ermua decidiesen no acudir al acto unitario, haciendo visible una primera discrepancia entre el PP y estas organizaciones, desde el 14 de marzo de 2004, aunque aseguraba, justificando esta llamativa ausencia que "hay que entender sus razones". Tras unos escasos cinco minutos, la manifestación más desangelada que recuerda Madrid en muchos años se disolvía, dejandotras de sí los gritos y los rastros de la división. No contribuía demasiado a propiciar un clima de entendimiento la actitud del portavoz adjunto del Grupo Popular en el congreso, Vicente Martínez Pujalte, que en esos momentos se dirigía a la prensa para reprochar que "el presidente del Gobierno tiene que estar liderando una manifestación para derrotar a ETA". El controvertido diputado popular, el único que ha sido expulsado del Hemiciclo por el presidente de la Cámara en toda la historia de la democracia –por interrumpir constantemente al interviniente en el estrado, ignorando sistemáticamente las llamadas al orden desde la Mesa-, dejaba caer que la imagen de unidad entre los demócratas que se estaba tratando de ofrecer, por primera vez en cuatro años, podría resultar efímera, al advertir de que "si el PSOE está en eso (la derrota de ETA), desde luego que nos encontraremos siempre; si está en diálogo y ese tipo de cosas, será difícil". La amenaza de nuevas acciones sangrientas por parte de ETA vuelve a estar vigente. Tras la ruptura de la tregua, sólo la intervención policial ha impedido la comisión de acciones con el propósito de causar el mayor daño posible durante los pasados meses. La época en la que menor ha sido su impacto –cuatro muertes en tres años-, paradójicamente ha coincidido con la de mayor desmesura en los ataques contra la política antiterrorista de un gobierno democrático por parte de la oposición, que ha instrumentalizado políticamente esta delicada cuestión que, hasta marzo de 2004, siempre había sido objeto del máximo consenso entre las fuerzas políticas. Ahora que la sombra de posibles nuevas acciones violentas se hace más alargada, parece necesario reconstruir esa unidad. Pero, como han demostrado las últimas concentraciones "unitarias", el daño ya está hecho. La fractura social parece difícil de recomponer, y el mensaje, por parte de quien ha roto el consenso, puede resultar contradictorio para su electorado, a tres meses de las elecciones generales. Como comenta a El Siglo un veterano ex dirigente socialista, "no parece que el PP, con el poco tiempo que queda para la cita en las urnas, vaya a cambiar ahora su estrategia de desgaste al Gobierno. Han armado su oposición con la política antiterrorista, y mucho me temo que así continuarán".•
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