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La izquierda renuncia a la batalla fiscal La Internacional, el himno sagrado del movimiento obrero, se iniciaba con el
párrafo: “Arriba, parias de la Tierra. En pie, famélica legión”. Y seguía con
un estribillo salpicado a lo largo de la canción y en el párrafo final como
consigna movilizadora: “Agrupémonos todos, en la lucha final”. Hoy los obreros
españoles no se sienten ni parias ni famélica legión. En cuanto a la lucha
final ha dejado de entenderse, incluso entre los comunistas, como una
revolución que instaure una sociedad sin clases, cediendo el instrumento de la
justicia social a la fiscalidad. El ilustre colaborador de El Siglo, José
Borrell, cuando fue elegido candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno,
propuso que se cambiara la letra de la Internacional sustituyendo el estribillo y la consigna final por el siguiente párrafo: “Agrupémonos todos, en la lucha
fiscal”. La promesa de Zapatero de suprimir el Impuesto sobre el Patrimonio
muestra que el actual secretario general no está por la batalla fiscal o que la
entiende en sentido contrario.
La izquierda no tira sus principios al cubo de la basura pero los amolda a sus fines y no hay mejor fin que ganar las elecciones. Hay que rendirse a la evidencia: los ciudadanos de hoy, incluida la clase obrera, que sigue siendo mayoritaria, muestran escasa propensión al pago de impuestos; al menos los directos. El viejo debate que atribuía la defensa de los impuestos directos a la izquierda y el apoyo de los indirectos –los aplicables al consumo– a la derecha está en revisión acelerada si es que no ha sido abolida. La lógica de la justicia sigue vigente pues el impuesto sobre el pan, el vino o las neveras lo pagan en la misma cuantía pobres, ricos y mediopensionistas. Todos son iguales ante la lata de sardinas sean cuales fueran los ingresos de cada ciudadano. Sin embargo, esta obviedad no responde a una lógica política. El impuesto indirecto, el IVA, que pagamos al comprar patatas o al tomar un cafelito con churros resulta indoloro, mientras el talón que entregamos a la Hacienda como contribución por nuestros ingresos nos cuesta sangre, sudor y lágrimas. No es pues extraño que, de cara a las elecciones, se esté produciendo una puja fiscal a la baja aunque se traduzca en una pérdida de recaudación del Estado y en una reducción de los recursos que éste podría aplicar a que se suavicen las diferencias sociales; un intento que parece bastante utópico, pues constatamos que con gobiernos de derechas y con gobiernos de izquierda el foso entre pobres y ricos aumenta dramáticamente. Por otro lado, la izquierda real tiende a reducir el Impuesto de Sociedades, tambien directo, pues ésta es una tendencia universal y España no puede ir a contracorriente del mundo sin asumir riesgos de deslocalización y de someter a nuestras empresas a desventaja competitiva. ¿Debe entonces limitarse la acción de la izquierda a la redistribución vía presupuesto de gastos? Tampoco lo parece desde el momento en que entre las acciones sociales más espectaculares del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se encuentren la gratuidad del dentista para los niños o los 2.500 euros por recién nacido que se proporcionan a todos los ciudadanos, sea cual fuere su nivel de renta. Gaspar Llamazares, que busca desesperadamente un hueco a su izquierda para no ser abducido por el PSOE, ha encontrado en esta ocasión un buen argumento y lo ha vendido con elocuencia. El coordinador general de Izquierda Unida ha calificado la promesa de Zapatero de “derechazo” y ha anunciado su firme oposición: “Es el mundo al revés –explicó–: el PP anuncia la rebaja de los impuestos de los asalariados y el PSOE el de los ricos”. El presidente anunció su propósito en las jornadas de la revista The Economist sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, sin esperar al ritual del debate interno de su partido y contra el juicio de Pedro Solbes. Tomás Gómez, alcalde eternamente electo en Parla, ciudad muy obrera y presidente del Partido Socialista de Madrid, fue el pionero de esa propuesta con la que escandalizó a sus correligionarios. Sin embargo, en una entrevista reciente que le hicieron en Telemadrid, Gómez el emergente, que fue preguntado al respecto, eliminó su propuesta de un manotazo afirmando que se trataba de una mera idea y que no era éste un tema que estuviera ahora en la agenda socialista. Sin embargo, el presidente lo ha retomado por propia iniciativa, quizás como una reacción a la promesa de Rajoy de desgravar a los mileuristas que debió pillar a Zapatero por sorpresa. |
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