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Nº 765 - 3 de diciembre de 2007

Satélites y cereales

A I igual que Galileo Galilei escapó a la hoguera de la Inquisición, el sistema de navegación por satélite europeo que lleva su nombre parece que va a escapar finalmente del fracaso al que parecía abocado.

Tras muchos tiras y aflojas, recientemente los eurodiputados y los ministros del Presupuesto de la UE alcanzaban un compromiso sobre la financiación de los 2.400 millones de euros necesarios para sacarlo del impasse en el que se encontraba, después de que el consorcio privado encargado de su desarrollo tirara la toalla ante unos costes muy superiores a los previstos.

El Presupuesto para el periodo 2007-2013 ya preveía 1.000 millones y el resto ahora vendrá fundamentalmente de los ahorros en el gasto agrícola. Así, la inesperada subida del precio de los cereales que ha disminuido las subvenciones europeas a su agricultura, permitirá que los satélites del sistema Galileo den vueltas alrededor de la Tierra. Por una ironía de la historia económica, habremos cambiado protección a la agricultura por impulso a un proyecto cuya importancia tecnológica y estratégica para Europa no siempre ha sido bien entendida por todos.

Desde que, en 1999, la Comisión propuso un sistema de posicionamiento por satélite que diese a Europa autonomía frente al GPS americano, las divisiones entre europeos y las zancadillas de Estados Unidos han dificultado y retrasado su desarrollo. Algunos países no veían la utilidad de un sistema de pago frente a la gratuidad del GPS, financiado por el Pentágono. Pero la contrapartida de esa generosidad es una peligrosa dependencia, puesto que Estados Unidos puede suprimir o limitar la señal del GPS en cualquier momento por razones estratégicas. Como hicieron durante la primera guerra del Golfo, en 1991, o durante su intervención en Serbia en 1999.

El GPS es un sistema fundamentalmente militar con efectos colaterales civiles. De igual manera, Galileo, más allá de su rentabilidad económica, debería asegurar la soberanía europea y servir a su capacidad militar. Pero como los británicos se opusieron desde un principio a su uso militar, Galileo fue concebido como un sistema civil bajo control civil. Esa limitación ha planteado problemas de rentabilidad y riesgos industriales, pero poco a poco se empieza a aceptar que también pueda servir a usuarios militares.

Esa posibilidad es ya aceptada incluso por Estados Unidos, que ha firmado con Bruselas un discreto acuerdo de interoperabilidad de ambos sistemas que le permite utilizar Galileo en caso de problemas técnicos de su GPS.

Pero mientras tanto, el consorcio de empresas privadas encargado de construir el sistema, a cambio de una concesión de 20 años, ha sido incapaz de cumplir sus compromisos. Un solo satélite, lanzado en 2005, gira solitario en el espacio y otro espera en los laboratorios de la Agencia Espacial Europea (ESA). Como suele ocurrir en este tipo de infraestructuras muy costosas, cuya rentabilidad es incierta y se consigue en plazos muy largos, la financiación privada no es suficiente y faltan 2.000 millones para desplegar otros 26 satélites y construir las estaciones terrestres.

Ante el fracaso del consorcio privado, en el que se habían fusionado las ocho principales empresas espaciales europeas, la Comisión decidió en mayo nacionalizar el proyecto y financiar las infraestructuras con fondos comunitarios, concediendo después su explotación al sector privado.

Para ello hacían falta esos 2.400 mi-nones de euros que se podían financiar de tres maneras: directamente por los Estados miembros, por la ESA o por el Presupuesto de la Unión Europea. La Comisión proponía esta solución y el Parlamento Europeo la ha apoyado porque diez Estados miembros de la Unión Europea no participan en la ESA y el Parlamento no tiene ninguna capacidad de control sobre ella.

El acuerdo financiero ha sido laborioso y afortunadamente no hacía falta la unanimidad para conseguirlo porque Alemania ha votado en contra y España se ha abstenido. El rechazo alemán a la financiación comunitaria se explica porque piensan que un acuerdo intergubernamental canalizado a través de la ESA daría a su industria espacial una mayor participación frente al tradicional protagonismo de Francia en ese sector. La abstención española viene motivada por su deseo de que se instale en nuestro suelo un centro de control encargado de la seguridad.

Ésta y otras peticiones pueden sembrar la discordia de nuevo y encender de nuevo la hoguera de Galileo. En ese caso serán los jefes de Estado y de Gobierno los que tendrán que decidir en la Cumbre de Lisboa de la próxima semana. Unos u otros tendrán que dejar claro, con hechos y no sólo con palabras, si Europa tiene una ambición industrial colectiva en un sector de futuro y si es capaz de superar las rencillas nacionales y las dependencias geoestratégicas de algunos países con respecto a EE UU.

No se trata sólo de firmar tratados que reforman instituciones sino de impulsar proyectos que demuestren la utilidad real de la Europa unida. Galileo es uno de ellos, y gracias al cambio de coyuntura en los precios de los cereales, ni siquiera se podrá argumentar que falta dinero para ello. •

José Borrell
*Miembro de la Comisión de Energía (ITRE) del Parlamento Europeo

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