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| Nº 764 - 26 de noviembre de 2007 |
Fusión por Joaquín Leguina No hace falta escuchar todos los días los cada vez más abundantes lamentos de los cambioclimatólogos (¡qué pesaditos se están poniendo estos predicadores del Apocalipsis!) para entender que las cosas no van por buen camino en el campo del gasto energético. Y no van por buen camino ni en lo que se refiere a las fuentes ni en lo que toca a los residuos (básicamente las emisiones del maldito CO2). Más de la mitad de la energía producida hoy en nuestro planeta tiene como base el petróleo o el gas natural. En el sector del transporte por carretera, esa dependencia está próxima al 100%. Si dentro de 50 años –como se espera– el gasto de energía se duplica y, a la vez, el petróleo y el gas se agotan... y, además, no cambian las condiciones actuales, sólo cabría echar mano del carbón y no hay que ser un ecologista enregé para entender que tal posibilidad equivaldría al desastre. Por lo tanto, es preciso caminar en otras direcciones: eólica, marítima, geotérmica, hidráulica, bio-combustibles... y atómica. Sí, atómica, porque las otras fuentes "renovables" van a resultar insuficientes. Es sabido que la energía atómica, la actual –que es obtenida mediante fisión: un núcleo de un átomo pesado, por ejemplo, de uranio, se parte en dos liberando energía– no goza de buena prensa... y los ecologistas han conseguido en este asunto un éxito notable (negativo, pero notable) con la ayuda, eso sí, de los tarados mentales que dirigían la central de Chernobil. Así pues, tampoco parece que éste de la fisión nuclear –aunque esté encontrando últimamente renovados apoyos– vaya a ser el camino a recorrer. Hoy por hoy, nos queda una esperanza que se llama fusión (de átomos ligeros, por ejemplo, de hidrógeno, en átomos pesados). Ésta es ya la fuente de energía de la que nacen todas las demás en el planeta tierra, pues la fusión es, precisamente, lo que hace –¡y gratis!– el sol y también las demás estrellas del universo, emitiendo energía al espacio en forma de radiación electromagnética: luz diurna, calor... La reacción básica de la fusión se realiza haciendo chocar a gran velocidad núcleos de deuterio y tritio, que son dos isótopos del hidrógeno. Al fusionarse los núcleos del deuterio y tritio dan lugar a otro núcleo mayor, de helio, y a un neutrón, que nacen con una energía conjunta de 17,5 millones de electrón-voltios, lo que significa unos 90.000 kilovatios/hora por cada gramo de combustible. Una cantidad enorme de energía que, además, proviene de un combustible (el hidrógeno) abundante en la naturaleza y distribuido igualitariamente por toda la Tierra. Conviene saber, a este propósito, que el agua normal contiene 33 miligramos de deuterio en cada litro y que el tritio se genera a partir del litio y éste puede extraerse de la sal marina. Con ocho gramos de materia prima –un gramo de deuterio y siete de litio– se podría obtener –mediante la fusión– una cantidad de energía equivalente a la producida por diez mil litros de gasolina. Además, el helio resultante de la fusión es absolutamente inocuo (el helio se usa ahora, por ejemplo, para rellenar los globos de los niños). Para que los núcleos se fusionen han de chocar a gran velocidad, pero ése no es el mayor problema. El problema está en que la probabilidad de que los núcleos choquen de frente es muy baja. La idea es crear las condiciones para que esas partículas, una vez aceleradas, puedan chocar entre sí múltiples veces... como ocurre con un gas dentro de un recipiente a una temperatura suficientemente alta. ¿Cómo de alta? Entre 100 y 200 millones de grados. ¿Y qué recipiente soporta una temperatura así? En ello están trabajando los científicos. Por ejemplo, dentro del proyecto ITER (siglas inglesas de Experimento Internacional de Reactor Termonuclear) en el que colaboran la Unión Europea, Corea del Sur, China, Estados Unidos, India, Japón y Rusia. Entre los científicos que forman parte de la cúpula directiva del proyecto hay un físico español, Carlos Alejaldre. Pero intentemos imaginar un mundo en el cual los científicos han ganado la batalla y la energía es abundante, limpia y casi gratuita... ¿Sería un mundo feliz? No me atrevería yo a decir tanto, porque, aunque suene a retórica, el mal –más que en cualquier otro sitio– anida en el corazón de los hombres, pero, en fin, sin imaginar los ricos bienes materiales, sí soy capaz de idear algunos bienes espirituales. Por ejemplo, a Hugo Chávez y a Ahmadineyad reducidos al silencio y a los jeques árabes teniendo, al fin, que ganarse la vida trabajando... También soy capaz de escuchar el tranquilo silencio de los cambioclimatólogos y de tantos y tantos amantes de la naturaleza, que son, a la vez, enemigos de la Humanidad. Todos reducidos a la condición silente. ¡Qué tranquilidad! • |
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