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 Nº 764 -26 de noviembre de 2007

El final tormentoso de una Cumbre

por Carlos Berzosa

Los incidentes que se produjeron al final de la cumbre iberoamericana, y el hecho de que los medios
le hayan dedicado tanta atención, han ocultado los objetivos de ésta y apenas tenemos información acerca de si se han alcanzado resultados conforme a las intenciones fijadas en un principio. Como he escrito en más de una ocasión en esta revista, me encuentro entre los escépticos sobre la eficacia de las Cumbres. La experiencia histórica me da parte de razón, por no decir toda, y en ello me sustento para hacer afirmaciones de esta naturaleza. Sin negar que a veces las Cumbres sirven para ayudar a tomar conciencia sobre los graves problemas existentes en la economía mundial, sin embargo las resoluciones suelen ser timoratas en relación con los desafíos presentes y futuros, y por si fuera poco tras las cumbres no se suelen tomar medidas eficaces que pongan en marcha los acuerdos logrados.

No obstante, y a pesar de lo dicho, la Cumbre se presentaba con unas pretensiones interesantes, necesarias y urgentes para Latinoamérica, como era la combinación del crecimiento económico con políticas sociales capaces de generar una mayor cohesión social. He insistido con frecuencia en estas páginas, en artículos y libros académicos, que el principal y más grave problema que tienen, por lo general, las diferentes economías latinoamericanas es la grave desigualdad de rentas, riqueza, oportunidades y derechos y la persistencia de la pobreza. El crecimiento con equidad es el camino básico que estos países tienen que seguir si quieren realmente alcanzar un progreso económico, social y político, y dejar atrás las lacras del subdesarrollo y las inestabilidades económicas y políticas.

La Cumbre, más allá de si luego los diferentes gobernantes eran capaces de llevar a cabo esta declaración de buenas intenciones y arbitrar medidas eficaces para ello, se planteaba como objetivo fundamental combatir la desigualdad y la pobreza en América Latina. De hecho, el informe de la OCDE que se daba a conocer en el comienzo de la Cumbre insistía en esto. El informe declaraba que la pobreza pone en riesgo la democracia e instaba a invertir en infraestructuras y previsión social. Las encuestas realizadas y publicadas en el informe son realmente preocupantes en relación con la confianza de la población en que los gobiernos gasten bien sus impuestos. También muestran que la población cree que la democracia es mejor que cualquier otro sistema.
Conocidos los problemas, esto es, la gran desigualdad existente y la pobreza, siendo conscientes, además, de lo urgente que resulta arreglar esta situación, lo que faltaba en la Cumbre, así como sucede en tantos informes de organismos internacionales e informaciones de los medios de comunicación, es el diagnóstico de por qué las cosas son así, y por tanto ser eficaces en las proposiciones que se hagan para remediar los males estructurales que perduran, aunque se vivan años de bonanza económica, como sucede en la actualidad.

Se describen situaciones a partir de hechos conocidos, pero apenas se plantean las relaciones de poder, tanto internas como internacionales, que determinan unas estructuras económicas y sociales de la naturalezade las aquí mencionadas. La modificación de las estructuras es, sin duda, lo más difícil y observamos cómo las políticas que se encuentran en mayor consonancia con las de la socialdemocracia europea chocan con las inercias históricas y los intereses oligárquicos muy bien instalados que hacen que las cosas no se modifiquen en el camino deseable. Por ello, lo que hay que demandar a los dirigentes políticos, y a los analistas, es que vayan más allá de la apariencia y evalúen las razones que provocan situaciones como las actuales y las dificultades a las que se enfrentan para modificarlas.

Proceder a caracterizar el modelo de desarrollo latinoamericano, con sus fortalezas y debilidades, y el papel desempeñado por las inversiones extranjeras, al tiempo de cómo se está produciendo la inserción de Latinoamérica en el mercado global, es un principio básico para comprender el presente y modificar la realidad a partir de lo existente, y no simplemente quedarse en declaración de buenas intenciones.

La contribución de las inversiones extranjeras al desarrollo –o al mal desarrollo– es analizado, entre otros, por Manuel R. Agosin (compilador) en Inversión extranjera directa en América Latina (1996, Fondo de Cultura Económica) y Graciela MoguiIlansky y Ricardo Bielschowsky en Inversión y reformas económicas (Fondos de Cultura Económica, 2000). Las observaciones recogidas en estas publicaciones acerca del papel que juega la inversión extranjera en estos países, y particularmente el de las empresas españolas, merece la pena que sean tenidas en cuenta.

*Rector de la Universidad Complutense de Madrid

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