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Una crisis con culpables Intentamos mirar para otro lado pero hay
que constatar que las hipotecas basura nos afectan. De momento, en los mercados
financieros pero, probablemente, lo notaremos también en la economía real. Esta
crisis no procede de Asia como la gripe, o de otros lugares de la periferia a
diferencia de lo que ocurrió hace unos años: en 1997, la asiática; en 1998, la
rusa; y la argentina en 2004, sino de la meca del capitalismo, del mismísimo
Wall Street donde se concentran las iniciativas más sofisticadas y los
empleados financieros mejor pagados. Es una crisis con muy mala baba, generada
con engaños –el 60 por cien de la información manejada con lassubprime era
falsa–, perpetrada con premeditación y alevosía cuyos destrozos han sido
cifrados en 400.000 millones de dólares.
Los culpables son fáciles de identificar: por supuesto, los broker de cualquier cosa, pero también la aristocracia bancaria: el Citigroup, el banco más grande del mundo, que ha quemado 11.000 millones de dólares en las hipotecas basura en el primer semestre; o Merrill Lynch, el gran banco de inversión. Ambos han despedido a sus respectivos presidentes, Prince y O´Neal. Tienen también parte en el desastre las autoridades supervisoras de la calidad de los activos en venta; y, finalmente, aunque no por ello menos culpables, las agencias de rating que han garantizado como si fuera oro la más olorosa basura. Días antes de la crisis repartían triples A, sus certificados de buena conducta, como rosquillas. Si la crisis de Enron representó la caída de las auditoras de más prestigio y el hundimiento de Arthur Andersen, la de las hipotecas de alto riesgo puede llevarse por delante a las agencias que califican la calidad de los activos financieros. El espectáculo de las grandes colas de clientes que cercaban la manzana londinense del Northern Rock para poner a buen recaudo sus ahorros es una foto que no se veía desde hace décadas y ha dado un inusual toque de dramatismo. España es inocente pero no invulnerable. Aquí los bancos también titulizan centrifugando riesgos, pero nunca pierden el control de los créditos que conceden y que mantienen hasta su vencimiento en los balances; por otro lado, nuestra morosidad, aunque creciente, aún no ha superado el 0,5 por ciento de los activos, muy lejos del 20 por ciento de impagados de las hipotecas yanquis. A ello hay que añadir unas provisiones capaces de cubrir cinco veces la morosidad actual; hay otro hecho diferencial: este país ha desarrollado una tecnología fina en la supervisión bancaria propiciada por la fuerte crisis bancaria que sufrimos en los años finales de los setenta y primeros de los ochenta que se llevó por delante a más de 50 entidades. España no tiene la culpa pero no podría sustraerse de las ondas de incertidumbre procedentes del otro lado del Atlántico. El crecimiento español, apoyado en una orgía inmobiliaria, ha sido muy fuerte durante la última década y ha sido posible por un alto endeudamiento, especialmente hipotecario, por lo que nos afectaría mucho una reducción del crédito. Así está ocurriendo a pesar de las fuertes inyecciones de liquidez introducidas por el Banco de España, tal como han hecho los bancos centrales de USA, Reino Unido o Japón. Las autoridades norteamericanas, tanto Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal (Fed), como Henry Paulson, secretario del Tesoro, han presentado un cuadro inquietante; este último ha diagnosticado que la crisis subprime se agravará en el primer trimestre de 2008 y que el crecimiento de la economía el próximo año no subirá del 1,9 por ciento. Hay voces que están rescatando otra palabra apolillada que fue de uso común en los primeros setenta: la estagflación, combinación de estancamiento con inflación. Si la crisis llegara a afectar seriamente al consumo en Estados Unidos todo el mundo sería contaminado, incluida España. USA es culpable y no sólo por las hipotecas subprime, la falta de transparencia de sus activos financieros, la desvergüenza de algunos broker y la mala supervisión de las autoridades financieras, sino también por hechos más estructurales, por la persistencia de problemas crónicos como el poco ahorro y la mucha deuda. Resulta bochornoso que los países pobres –o para decirlo de la forma políticamente más correcta, los emergentes– sean los que están salvando a los ricos. En efecto, China, India y Rusia representan el 50 por ciento del crecimiento de la economía mundial y los latinoamericanos mantienen el tipo. |
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