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Nº 763 - 19 de noviembre de 2007

Ante el fin del tabú sobre la Monarquía

EL REY SE REINVENTA

Algo está cambiando en profundidad en la monarquía española. El tradicional papel discreto y la presencia en un habitual segundo plano de Juan Carlos de Borbón se están viendo sustituidos por un protagonismo inusual del monarca en los últimos tiempos. El incidente diplomático en la recién finalizada Cumbre Iberoamericana con el presidente de Venezuela es sólo el último capítulo de una escalada a la popularidad del jefe del Estado español, que hace dos semanas se dio un baño de multitudes en Ceuta y Melilla (dando origen a otro conflicto, en este caso, con Marruecos), y que a comienzos de octubre, reivindicaba en primera persona el papel de la monarquía como garante de nuestro sistema democrático. En el trasfondo se encuentran los ataques que se le han efectuado desde las ondas de la COPE, y también el rechazo que le han expresado en Cataluña con las ya famosas quemas de sus fotografías. Aunque la monarquía sigue siendo una de las instituciones mejor valoradas en las encuestas, nunca como ahora se había producido tanto cuestionamiento de la figura real en la historia de la democracia. Por si fuera poco, Elena, su hija mayor se separa. El tabú sobre la monarquía llega a su fin.

Por Pedro Antonio Navarro

El rey saltó porque creyó que se estaba atacando a España y a sus representantes”, han afirmado los portavoces de la familia real para explicar su comportamiento en la jornada de clausura de la XVII Cumbre Iberoamericana, celebrada en Santiago de Chile. En las imágenes que han dado la vuelta al mundo, un Juan Carlos de Borbón tenso y visiblemente nervioso increpaba al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y le mandaba callar, ante el estupor de todos los asistentes, incluido el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero. Pese a que, oficialmente, se ha transmitido que se estaba trabajando en equipo, la revisión del vídeo demuestra la sorpresa que también supone para Zapatero la inesperada irrupción de la ira real.

Y, considerando la trayectoria diplomática de Juan Carlos de Borbón, nada hacía presagiar que acabaría protagonizando un comportamiento así. Dada su condición de cargo no electo y vitalicio, era el jefe de Estado más veterano en la historia de las cumbres iberoamericanas. De hecho, el único que ha asistido a las 17 ediciones. No era, además, la primera situación de tensión diplomática de la que había sido testigo. Sin ir más lejos, ya había asistido a otro enfrentamiento, si cabe, mucho más duro que el sostenido entre Zapatero y Chávez, que también se produjo en otra Cumbre Iberoamericana –la de 1998-, esa vez, entre el presidente cubano, Fidel Castro, y el entonces presidente del Gobierno español, José María Aznar. No terció entonces el monarca, que dejó hacer y se situó en un prudente segundo plano en medio de la trifulca.

¿Por qué, entonces, se ha producido un cambio tan radical en su comportamiento? No parece que la ruptura de protocolo que ha protagonizado en un evento internacional de esta magnitud, nada menos que para mandar callar a un presidente electo de un país amigo, sea el único síntoma de que algo está cambiando en la estrategia pública de la Casa Real. Otros hechos protagonizados por la corona en los últimos tiempos parecen indicar un cambio de actitud, o el despliegue de una estrategia a la ofensiva por parte del monarca.

El 1 de octubre de este año, durante el acto oficial de apertura del curso universitario 2007-2008, celebrado en el campus ovetense, Juan Carlos de Borbón pronunciaba un discurso alejado del habitual trámite protocolario, en el que hacía una encendida defensa de la institución monárquica que él encarna, asociándola indisolublemente al proceso democrático de nuestro país. “La monarquía parlamentaria que sustenta nuestra Constitución ha determinado el más largo periodo de estabilidad y prosperidad en democracia vividos en España”, aseguraba entonces y, además, también unía la Corona a los valores de “convivencia democrática, entendimiento y respeto mutuos, tolerancia y libertad”.

Hace apenas tres semanas, un controvertido viaje de Estado llevaba a Juan Carlos I, por primera vez en todo su reinado, a visitar oficialmente Ceuta y Melilla, las dos ciudades autónomas enclavadas en el norte de Marruecos –e históricamente reivindicadas por el Reino alauita-. El conflicto diplomático (con llamada a consultas del embajador marroquí en España incluida) era más que previsible, pero en Zarzuela y en Moncloa, que es donde se programan los viajes oficiales de los reyes, habían considerado más importante el golpe de efecto y de autoridad y, por supuesto, el garantizado baño de multitudes que en ambos enclaves norteafricanos iba a darse la cabeza coronada. Unos discursos, nuevamente medidos, y que hacían hincapié en la monarquía como elemento básico de la tutela de la unidad (en la diversidad) y de la legalidad democrática, volvían a reivindicar y poner en primer plano político a la figura del rey.

En el trasfondo de este apreciable cambio de registro y de actitud se encuentra el cuestionamiento de la institución que se está produciendo en diversos y, a veces hasta antagónicos, frentes. Durante el último año, desde los micrófonos de la emisora de la conferencia Episcopal, la COPE, y muy especialmente a cargo del periodista Federico Jiménez Losantos, se han llevado a cabo múltiples ataques contra el actual jede del Estado, a quien el mencionado locutor-agitador ha llegado a plantear que abdicase en favor de su hijo, Felipe de Borbón. Simultáneamente, las formaciones republicanas que tienen su campo de acción, fundamentalmente en Cataluña, han mostrado su rechazo a la monarquía en multitud de actos públicos, en los que se ha llegado a quemar fotografías de Juan Carlos de Borbón como protesta simbólica –lo que ha llevado a que se produzcan procesamientos de algunos jóvenes por un delito de injurias al rey-. Igualmente, en el seno de la tercera fuerza política del Estado, Izquierda Unida, se está produciendo un intenso debate en el que buena parte de la militancia y de los cuadros de la coalición plantean introducir la reivindicación de la III República en la centralidad de la actuación política de la formación.

Cuestionada por primera vez. La institución monárquica continúa siendo una de las más valoradas, a tenor de lo reflejado por las encuestas de opinión, muy por encima de la judicatura, los partidos políticos o los sindicatos, por mencionar otros pilares básicos del Estado de Derecho, pero nunca en 32 años de reinado había sido tan abiertamente cuestionada, ni su conveniencia o no había sido tan debatida, tanto en los medios de comunicación como entre la población.

El pasado 27 de septiembre, la Entesa Catalana en el Senado –sólo una parte, en realidad, sus senadores pertenecientes a Esquerra Republicana de Catalunya, aunque por razones de funcionamiento interno del grupo, las iniciativas se presentan en nombre de toda la Entesa- elevaba una enmienda a la Ley de la Carrera Militar para que, a partir de ahora, sea el presidente del Gobierno y no el rey quien ostente el cargo de capitán general de las Fuerzas Armadas y jefe supremo de los ejércitos. Del mismo modo, solicitaban la supresión del artículo en el que se establece que el “Príncipe de Asturias podrá desarrollar la carrera militar y tener los empleos militares que, mediante real decreto determine el Gobierno, que queda facultado para establecer un régimen propio y diferenciado teniendo en cuenta las exigencias de su representación y su condición de heredero de la Corona de España”. Las enmiendas no ha prosperado, pero el cuestionamiento del sistema de jefatura del Estado ya ha alcanzado al territorio legislativo, como cuando también a iniciativa de ERC y de IU se han solicitado las “cuentas del rey”, es decir, el control parlamentario de los gastos y de la asignación vía Presupuestos Generales del Estado a la Casa Real. Este es un terreno resbaladizo que ha forzado al propio monarca a nombrar un interventor de la Casa Real (lo hizo el pasado 27 de agosto), aunque esta decisión no ha contentado a quienes pretenden ejercer un control efectivo sobre el secreto y desconocido destino de estas partidas a cargo del erario público, que siguen acusando de “falta de transparencia”. El diputado de ERC Joan Tardá afirmaba que “no se sabe nada de nada, nadie tiene acceso a ninguna información sobre la Casa Real ni se aceptan preguntas por parte de la Mesa del Congreso. El nombramiento del interventor demuestra que todo empieza a moverse, pero estamos muy lejos de lo que debería ser una democracia”.

Este secretismo contribuye al desarrollo de sospechas. Si en los últimos Presupuestos del Estado, la asignación anual rondaba los ocho millones de euros, muchos se preguntan cómo es posible que la revista Forbes cifrara en abril de 2003 la fortuna personal de Juan Carlos de Borbón en 1.790 millones de euros, lo que le ubicaba en el lugar 134 de las personas más ricas del planeta. La Zarzuela siempre ha negado veracidad alguna a estos rankings asegurando que contabilizan como patrimonio del rey inmuebles, automóviles y barcos que, en realidad, pertenecen a Patrimonio Nacional, aunque sean usados en exclusiva por el monarca y su familia. Otro dato que refleja el oscurantismo en torno a  este espinoso asunto está en la desaparición de las cuentas de gasto de combustible de la Casa Real. Desde que en 1994 se hizo público que había ascendido a 29 millones de las antiguas pesetas –lo que fue considerado escandaloso-, los datos de esta partida no han vuelto a ser publicados.

Escasa transparencia. No son pocas las veces que se ha relacionado al rey con poco transparentes negocios en los comienzos de la Transición. El libro “El negocio de la libertad”, del periodista Jesús Cacho, por ejemplo, atribuye al monarca la participación en intermediaciones para la compra de petróleo en países árabes. José García Abad, director de esta publicación, por su parte, escribe en su obra La soledad del rey: “Felipe González hizo la vista gorda ante los negocietes y escapadas reales e incluso llegó a realizar alguna importante negociación en beneficio de la familia real: envió a su hombre de confianza, Julio Feo, a gestionar cerca del Gobierno griego la devolución de los bienes de la familia de doña Sofía, que habían sido confiscados cuando el rey Constantino fue destronado”.

El tabú informativo que durante muchos años vedaba las comunicaciones acerca de las actividades reales va difuminándose. Ya es noticia de primera página, y conteniendo crítica abierta, que el rey haya participado en una cacería de osos en Rumanía –siendo una especie protegida por la Convención de Berna, en 2001-. Algunos autores, hasta cuestionan abiertamente su papel durante el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. La monarquía ha dejado de ser incuestionable, y el debate ha saltado a la calle. De ahí los cambios y la reacción de la Casa Real y del propio monarca. Pero, a veces, se cumple la fatídica Ley de Murphy: la hija mayor de Juan Carlos de Borbón ha anunciado su separación esta misma semana. Ya nada es lo que era en Zarzuela.

Cuando un rey manda callar a un presidente

El presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, durante la jornada de clausura de la XVII Cumbre Iberoamericana, solicitaba la palabra para replicar una intervención anterior del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en la que éste había llamado “fascista” al ex presidente español José María Aznar, a quien había imputado también su participación activa en el golpe de Estado que se produjo en la república caribeña en abril de 2002. Chávez, a micrófono cerrado, interrumpía a Zapatero, que estaba defendiendo a Aznar. Juan Carlos de Borbón, en un gesto inaudito en él, con gesto crispado le espetó: “Por qué no te callas?”. No quedaba ahí  la actitud real. Cuando, un poco más tarde, el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, acusaba de malas prácticas a ciertas empresas españolas en su país, Juan Carlos I se levantaba con gesto ostensible y abandonaba la sala.

En el trasfondo del rifi rafe estaba la cuestionada actitud del Gobierno de José María Aznar durante el golpe contra el presidente Chávez, quien, además ejercía la presidencia de turno de la Unión europea en abril de 2002. Y en esto, Chávez parece tener toda la razón. El ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, aseguraba el 22 de noviembre de 2004 que “en el anterior gobierno, cosa inédita en la diplomacia española, el embajador español recibió instrucciones de apoyar el golpe, cosa que no se va a repetir en un futuro. Eso no se va a reproducir, porque nosotros respetamos la voluntad popular. La diferencia de esta nueva política es que se dirige a todos los países de Iberoamérica, y sobre todo, a quienes reciben el respaldo democrático, y el señor Chávez ha recibido un apoyo masivo”.

El incidente, que sigue trayendo cola y una catarata de declaraciones –sobre todo de Hugo Chávez-, pese a los intentos de las diplomacias de los dos países de rebajar la tensión y reconducir la situación, puede tener consecuencias también en la apreciación del papel de España en las sociedades de los países de América Latina. Un empresario español que desarrolla su actividad en Chile (que prefiere que su nombre no se publique) comenta a El Siglo que “pese a que trataba de defender a un ex presidente español, la actitud del rey se ha percibido por la gente de aquí como de prepotencia casi colonialista. No ha hecho un favor a la imagen de España y de los españoles. Aquí hay mucho descontento con la actitud de las grandes empresas de nuestro país que están operando en América. Además, la prensa local da mucha importancia a las informaciones de malos tratos y actos racistas contra inmigrantes que se producen en España. Está teniendo un costo visible para nuestra imagen. A la larga, puede que quienes se vean perjudicadas también sean estas empresas”.

Las últimas declaraciones del presidente Chávez antes del cierre de esta edición parecen venir a darle la razón en el sentido de que el incidente puede perjudicar más que beneficiar a los empresarios españoles con inversiones en el país caribeño. “Voy a meter el ojo a las empresas españolas a ver qué están haciendo aquí”, afirmó el pasado jueves Chávez en medio de la escalada de declaraciones alimentada desde el famoso “¿Por qué no te callas?” de la Cumbre. Por el contrario, el malestar de Marruecos por su primera visita oficial a Ceuta y Melilla parecía ir camino de serenarse después de que el ministro de Comunicación y portavoz del Gobierno de Rabat, Khalid Naciri, expresara a finales de la semana pasada su deseo de que los españoles “coloquen su mano dentro de la nuestra para superar la crisis” y señalara que el propósito marroquí “no es crear dificultades sino preservar nuestras relaciones”.

Un país más 'juancarlista' que monárquico por Enric Sopena


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