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Nº 763
19/11/2007

Un país más 'juancarlista' que monárquico

L a "primera audiencia tras la Cumbre borrascosa", según titulaba El Mundo su foto de portada el 13 de noviembre, fue la concedida por el Rey al Consejo de Administración de Unidad Editorial, empresa editora de ese diario. Curiosas casualidades. Podía leerse: "El director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, saludó al Rey con un '¡felicidades por lo del sábado!", en referencia a su firme actitud ante los ataques del presidente venezolano, Hugo Chávez, a José María Aznar y a las empresas españolas".

Ahora, de pronto, el Rey es jaleado con efusión por la derecha, parte de la cual se ha mostrado en los últimos años más bien distante, reacia o incluso crítica con la Corona. Hasta Losantos se ha incorporado al carro de los aduladores. Todo son parabienes para Juan Carlos I. El mismo periódico incluía confidencias de la Casa Real: "El Rey saltó porque creyó que se estaba atacando a España y a sus representantes".

Pero este Rey tan ardoroso pudo equivocarse. Cometió un exceso verbal que le ha servido, por un lado, para multiplicar su notoriedad en España y en medio mundo. Por otra parte, el monarca perdió de algún modo -en su lance con Chávez– el sentido de la equidistancia y del equilibrio institucional. El catedrático de Derecho Constitucional Marc Carrillo ha recordado en El Periódico de Catalunya que "no hay que olvidar que la dirección de la política exterior le corresponde al Gobierno de turno, quien responde de ella ante las Cortes Generales". Y ello con la siguiente puntualización: "Los actos del Rey han de estar presididos por el cumplimiento de una norma no escrita en la Constitución, pero que se deduce directamente de la misma y que no es otra queactuar con suma discreción y contención". Corolario: "No parece que esta regla haya sido tenida en cuenta por el titular de la Corona".

Ocurre que, por motivos varios, el Rey se ha convertido en vulnerable. No se sabe si esta circunstancia será, a medio o largo plazo, buena o mala para él y para la monarquía. Pero empieza a ser un dato irreversible de la realidad. Se terminaron los tiempos en los que Juan Carlos I y su familia eran tratados cual si fueran protagonistas de cuentos de hadas y de príncipes azules. Ahora ya no cabe decir aquello de que "fueron felices y comieron perdices. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado."

Su viaje a Ceuta y Melilla fue un éxito. Pero a costa de un subidón de antiespañolismo en Marruecos. Su ya célebre admonición dirigida a Chávez de "¿¡por qué no te callas!?" consiguió que la valoración de Juan Carlos I se disparara hacia las cotas más altas entre los españoles. Pero resulta verosímil que la autoestima de millones de venezolanos y de ciudadanos latinoamericanos se haya sentido agredida por el Rey de España. El fantasma del colonialismo continúa latente en Iberoamérica. A veces se difumina. A veces reaparece imparable y bien visible.

La Corona –imperturbable durante décadas– ha entrado en fase de turbulencias. ¿Hemos llegado al fin de la placidez? Muy probablemente. La monarquía no se tambalea, pero su camino ya no es de rosas. El momento crucial será, casi con seguridad, cuando se produzca el hecho sucesorio. Y puede haber sorpresas. Que no se confíe el príncipe heredero. No hablamos de los Reyes Magos, sino de reyes de carne y hueso en un país que hasta ahora ha sido mucho más juancarlista que monárquico. •

Enric Sopena

 
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