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Nº 763
19/11/2007

PakistÁn, cerca del abismo

EI fin parece que habrá elecciones en Pakistán, parlamentarias el 9 de enero y presidenciales el 15 de febrero, y que el general Musharraf vestirá ropas civiles, después de unos meses terribles en que tanto ha costado que las prometiera y que dejara el uniforme de una vez. Ambas cosas, sí a las elecciones, no al uniforme, o son inciertas o no prometen mucho para un país cuyo desorden aumenta cada día, por sí mismo y por la persona que lo preside, con sentimientos de ser irremplazable al frente de Pakistán y de sus fuerzas armadas también. Ha asegurado que abandonaría el mando militar antes de jurar su segundo mandato presidencial, si es que recibe las bendiciones del Tribunal Supremo, pero mientras ha decidido implantar el Estado de Excepción en base al deterioro de la ley y del orden y las injerencias de la justicia, echando un pulso con la ex primera ministra Benazir Bhutto y con los aliados que, como Imran Khan, intentan coaligarse contra él. Al mismo tiempo, intenta revestirse con un barniz democrático nombrando al presidente del Senado, Mohammadmian Soomro, primer ministro provisional del país con el encargo de supervisar las próximas elecciones generales. El propio presidente Bush ha tenido que intervenir en la refriega interna del país aliado para insistirle en las elecciones y el traje de paisano porque "no se puede ser presidente y jefe del Ejército al mismo tiempo", como dijo textualmente. Los Estados Unidos parecen disponerse a revisar su ayuda financiera, cercana a los 10.000 millones de dólares desde el 11 de septiembre de 2007.

Ni la sólida ayuda prestada en la política y la economía lo ha convertido en un aliado totalmente fiable, ni su participación en la lucha contra el terrorismo habría sido tan efectiva. Ni, lo que es más importante, tantos mi-
Ilones han contribuido a hacer de Pakistán un país próspero, pacífico y estable. Índices de todo esto surgen de la complicada situación en la zona fronteriza entre Pakistán y Afganistán, cuyas turbulencias se relacionan con la errática política paquistaní con pashtunes y talibanes, y la misma des-agregación de la sociedad paquistaní por el auge islamista y el paroxismo de la violencia política. Desde este verano se ha asistido a una intensificación en el número y la contundencia de los incidentes, cada vez más numerosos y más sangrientos y con más proyección política, en un larguísimo etcétera que muy probablemente no ha acabado aún; el asalto a la Mezquita Roja de Islamabad, frecuentes choques armados en la frontera de las áreas tribales y Beluchistán, enfrentamientos con el Tribunal Supremo y con los periodistas, la deportación del ex primer ministro Nawaf Sharif y, por supuesto, decenas de víctimas en atentados terroristas.

Tras ocho años de detentar el poder, el 6 de octubre el Colegio Electoral de parlamentarios le otorgó por mayoría un segundo mandado electoral, rechazado por el Partido Popular (PPP) de Benazir Bhutto y sometido a análisis por el Tribunal Supremo. Pocos días antes del veredicto, el general Musharraf ha declarado el Estado de Excepción, una especie de autogolpe de Estado que le ha posibilitado desencadenar una ola de detenciones. De esta manera se enrarece aún más el inevitable desenlace de una grave crisis nacional que coincide con el agotamiento político del protagonista principal y su patética terquedad en aferrarse al poder político y militar. La crisis que padece Pakistán supone la acumulación de toda una serie histórica de despropósitos con generales golpistas, servicios omnipotentes y políticos como Nawaz Sharif y Benazir Bhutto que, a lo largo de los años, ycomo si no hubiera recambio civil, se esfuman y reaparecen para ser consentidos o destituidos por los militares, corruptos y trapaceros pero que para sorpresa de todos surjen del túnel del tiempo como ese mal menor que posibilite alguna salida a la constante dictatorial del general de turno. La eventualidad de que Musharraf y Bhutto pacten, en un acuerdo de ayuda mutua y alivio pasajero, de confirmarse no registraría muchas apuestas a favor de su permanencia.

La único que parece estar claro es que el general-presidente ha acabado por enajenarse a jueces, abogados, líderes políticos y periodistas, a las clases medias, en definitiva, extinguiéndose su impulso político. Quizás mengua también el apoyo de sus compañeros de armas. Las elecciones se celebrarán en un panorama muy crispado con sus enemigos políticos empleándose a fondo, sin que al general ni su partido, la Liga Musulmana Paquistaní (PML-Q), les sobre mucha capacidad de reciclarse y superar el descrédito. No la ha tenido el general al arremeter primero contra Nawaf Sharif, ni la tendría al hacerlo después contra Benazir Bhutto; el pacto de ambos ha sido calificado como contra natura, por la profunda desconfianza mutua que malamente les permitirá cualquier cohabitación política. Pocas veces se asiste a un proceso tan claro de degradación política. Y pocas veces hay motivos de tanta alarma, no ya por la desestabilización política de por sí preocupante, sino por ir acompañada de un caos que se recrea cada día, con la violencia y la inseguridad que promueven extremistas variados, y que habrían adquirido un carácter endémico, como si se alimentaran a sí mismas. En un país nuclear, altamente faccionalizado, fronterizo con India y Afganistán, con población superior a los 150 millones de personas, etc.•

Ignacio Rupérez

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