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Nº 763 - 19 de noviembre de 2007

Georgia agitada

L os momentos difíciles que vive la republica caucásica de Georgia me llevaban recientemente a visitarla en el marco de mi función como enviado especial de la presidencia española en ejercicio de la OSCE.

Al llegar al nuevo aeropuerto de Tiblisi, uno se encuentra con una enorme imagen de G. W. Bush. Con los brazos abiertos, el presidente de EE UU, que fue recibido aquí como un salvador, parece proteger a los georgianos de la amenaza rusa. A su vez, en la frontera de Georgia con la provincia separatista de Osetia del Sur, el presidente ruso Putin aparece, en una imagen tan grande como la de Bush, como el protector de los osetios.
Ciertamente, la región del Cáucaso aparece como la frontera de la nueva Guerra Fría, la línea de fricción más tensa con una Rusia de nuevo emergente que ve con recelo cómo la OTAN se extiende por su flanco sur.

Formar parte de la OTAN es la ambición más clara de Georgia, cuna de Stalin, que accedió violentamente a la independencia en 1991. Sus gobiernos postsoviéticos fueron notablemente corruptos e ineficaces, mientras Rusia apoyaba los movimientos separatistas de Osetia, Abjasia y Adjaria. El país llegó al borde de la desintegración cuando la Revolución de las Rosas llevó al poder a M. Saakachvili, elegido presidente hace ahora 4 años con el 95% de los votos, al frente de un movimiento democrático prooccidental.

Cuando en julio pasado visité Georgia, nada hacía presagiar la explosión popular que en los primeros días de noviembre ha convertido el centro de Tiblisi en campo de batalla y me ha traído de nuevo urgentemente por este Cáucaso convulso y fragmentado, frontera de imperios rusos, turcos y persas, punto de encuentro entre Oriente y Occidente, mosaico de minorías étnicas y de conflictos territoriales que enfrentan a los vecinos Azerbaiyán y Armenia, a Armenia con Georgia y a ésta con Rusia.

Las calles de Tiblisi están tranquilas y la presencia policial es discreta. El estado de emergencia decretado por Saakachvili y ratificado por el Parlamento puede ser levantado en los próximos días, pero el Gobierno no parece dispuesto a reabrir algunos medios de comunicación privados como la cadena de televisión Imedi, propiedad de un hombre de negocios en guerra abierta con el presidente, que fue expeditivamente cerrada por la Policía.

Los periodistas de Imedi aseguran que todo fue destruido en la emisora. El Gobierno lo niega y asegura que Imedi era el portavoz de una conspiración para derribar el Gobierno dirigida por agentes rusos en la que habrían participado algunos dirigentes de la oposición. Una y otra vez, Rusia es señalada como la gran responsable de lo ocurrido y algunos de sus diplomáticos han sido expulsados.

Una de las víctimas de la violenta represión de las manifestaciones, mientras intentaba evitar los excesos policiales, fue el propio Defensor del Pueblo. Su descripción de los hechos es bastante elocuente de lo ocurrido, pero el que el Defensor del Pueblo, reconocido como tal, haya sido apaleado en el centro de la capital por policías de paisano no parece conmover a las autoridades gubernamentales ni parlamentarias. ¡Imagínense lo que ocurriría en España si el Sr. Múgica fuese apaleado en Cibeles por policías de paisano ante la indiferencia del Sr. Marín!

En todo caso, Saakhasvili y sus ministros son conscientes del daño que estos acontecimientos han causa a la figura idílica de una Georgia presentada como campeona de la generación democrática. El estado de emergencia, la suspensión de las libertades civiles, el cierre de medios de comunicación críticos con el Gobierno y la violenta represión de manifestaciones son un serio inconveniente para sus ambiciones a formar parte de la OTAN y aprox marse a la UE.

Por ello, y ante la fuerte presión internacional, norteamericana incluida, un día después de la más fuerte de las manifestaciones Saakhasvili decidía convocar eleccionesnes presidenciales anticipadas en el próximo enero e iniciar un diálogo con la oposición.

Queda ahora por ver las condi ciones en las que esas elecciones se van a desarrollar. La posición abiertamente prooccidental y pronorteamericana de Saakhasvili, y su determinación para hacer frente a las presiones rusas, le ha dado hasta ahora carta blanca y le ha evitado m chas críticas por el creciente autoritarismo con el que ejercía el poder desde que fue abrumadoramente elegido en el 2004.

Lo ocurrido demuestra que el camino hacia una democracia real está siendo más difícil de lo que el entusiasmo de los días revolucionarios del 2003 hizo creer. Ahora la comunidad internacional, y en particular EE UU y la UE, tienen una grave responsabilidad en garantizar la seriedad democrática de las próximas elecciones. De lo contrario la convulsiones del Cáucaso agrietarán más la frontera de la nueva Guerra Fría en un país por donde transita el petróleo del Caspio hacia Occidente.•

José Borrell
*Miembro de la Comisión de Energía (ITRE) del Parlamento Europeo

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