Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 763
19/11/2007

El Rey cambia el paso

El incidente con Chávez hay que situarlo en un contexto más amplio donde encajarían otros hechos significativos como el rifirrafe con Esperanza Aguirre respecto a la campaña de Jiménez Losantos en la COPE, así como el acto en el que Don Juan Carlos entonó su propia laudatio aprovechando la apertura de curso de la Universidad de Oviedo en la que resaltó los méritos de la monarquía constitucional. No me sorprendería que pronto veamos signos de su dedicación como árbitro y moderador de las instituciones. Tampoco me sorprendería que renunciara a unos privilegios impropios de los tiempos que corren como la opacidad presupuestaria y fiscal. Por su parte, el Gobierno ha iniciado toda una campaña de relanzamiento del monarca intensificando sus apariciones institucionales como la presidencia del Consejo de Defensa, máximo órgano asesor y consultivo del Gobierno sobre seguridad que sustituyó a la Junta de Jefes de Estado Mayor y que no se reunía desde 2002.  Otras apariciones reales no han sido tan pacíficas: el viaje a Ceuta y Melilla, que nadie ha discutido en España, pero que provocó una crisis con el reino alahuita así como el de la Cumbre donde parecería que jefe de Estado y presidente intercambiaron sus papeles.

Parece como si el Rey estuviera  cambiando el paso adaptándolo a una nueva época. Estoy convencido de que Don Juan Carlos aplicará su prodigiosa nariz a olfatear los nuevos aires. Estas novedades podrían explicar su impulsiva reacción. El “¿por-qué-no-te-callas?”, lema acuñado por la oposición venezolana, es un tropezón en la labor desarrollada en las dieciséis reuniones anteriores. El Rey se había labrado una auctoritas que le permitía un trato amistoso con todos los presidentes, incluidos Castro y Chávez. 

Lo cierto es que hemos pasado de no hablar del Rey ni cuando era necesario a no hablar de otra cosa. La figura del Monarca ha descendido del Olimpo a la plaza pública.  La ruptura del tabú, de la burbuja de contención mediática que le protegía y con ello el debate sobre la Monarquía misma han venido de trincheras inesperadas. Obviamente me estoy refiriendo al fin de la autocensura política, pues la del corazón nunca ha existido.

Hasta ahora habíamos asistido a polémicas referidas a miembros de la Familia Real, se habían criticado el mal uso que hicieron los Yernos de sus respectivos estatus así como los noviazgos del Príncipe pero la institución permanecía virgen, incluidos los aspectos más discutibles: opacidad de las cuentas, negocios   y  amistades peligrosas, etc. Pero de pronto todo se ha puesto en  cuestión. La Monarquía ha saltado a la agenda política como una prioridad a pesar de las precauciones de los dos grandes partidos para no abordar la deuda histórica del orden sucesorio.

Resulta chocante que el primer debate, o al menos el más ruidoso, tras treinta años de monarquía parlamentaria, no haya procedido de los republicanos españoles de toda la vida, de los viejos y jóvenes republicanos sin partido o de las formaciones que mantienen esta reivindicación en sus programas máximos, sino de una combinación de independentistas catalanes para quienes la Monarquía no era un asunto prioritario y de la derecha radical atizada desde la emisora episcopal.

El debate sobre la Corona, que debería haber transcurrido en calmada controversia, se inició por un alboroto marginal. La inhibición informativa respecto a imprudencias reales ha contribuido a magnificar el impacto de unos sucesos que hubieran sido meramente anecdóticos si estuviéramos acostumbrados a hablar del Rey con la normalidad con que  hablamos de los políticos y con la soltura con que se expresan sobre sus monarcas en otros reinos de Europa. Aquí se ha optado por un silencio que ya iba haciéndose largo y espeso justificado por la piadosa determinación de proteger a una institución, a la que se suponía frágil, de la intemperie. En  la excepcionalidad que vivimos en el que se trata a la Monarquía como el dogma de la Santísima Trinidad o el de la infalibilidad del Papa determinadas informaciones sonaban a sacrilegio.

La monarquía constitucional ha funcionado razonablemente bien y habría que aplicarle el dicho norteamericano: “No trates de arreglar lo que funciona!”. La salida del invernadero la fortalecerá. El Rey es un buen activo y a nadie en su sano juicio se le ocurre generar más incertidumbres de las necesarias. Pero creo que, a partir de ahora, la institución deberá acostumbrarse a vivir sin la impunidad que produce la complicidad de la prensa.

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