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AGUA VA...
Ramón O'Pina
Nº 762- 12 de noviembre de 2007
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Malos y buenos

Estamos en ello. Unos primeros cientos de páginas del casi millar del último Goncourt, recién editado en español, dispuesto a alcanzar aquí el mismo éxito que en Europa: Las benévolas, de Jonathan Littell. Cuando me llegó el eco de su impacto allende las fronteras, no podía leerlo en francés (Les Bienveillantes), e intenté conseguirlo de USA (sin saber su título en inglés). ¡Leches!, el tal Jonathan Littell efectivamente es americano pero escribe en francés (la criatura, nació en NY el '67, y ésta es su primera novela, Gran Premio de la Academia Francesa). Yo pensé que, tratándose de los nazis, ya no me quedaba capacidad de asombro. Pues, por lo leído, pudo ser aún peor. Y la tesis del libro se las trae: gente normal, incluso buena, culta, sensible, refinada,... llegado el caso, se puede comportar como la peor de las bestias. Hay que ser muy benévolo con la dureza y bestialidad del autor para seguir leyendo, pero, ciertamente, no es posible limitarse a paladear su indiscutible riqueza literaria, ni hacer abstracción y disfrutar su apabullante exposición histórica. O bien tragas con la violencia y acidez de sus historias, aceptando su verosimilitud, y dispuesto a las inevitables naúseas y espasmos intelectuales, o regresas a Platero y Yo, tras tirar el libro a la basura (ojo, no al contenedor de papel, sino al cubo de desechos orgánicos). Los que se atrevan a leer lo mas sórdido que puedan imaginar, adelante, y que no pierdan la fe en que, sí, hay gente buena. De buena fe. Véase la muestra con los sufridos lectores de El Mundo, y no digamos los escuchadores de FJ Losantos. No ya que sean benévolos: son unos santos. Y qué decir de los telespectadores de Telemadrid, con Sánchez Dragó a la cabeza. Vengo de oírle en el Club Financiero. Apremiado por su entrevista, dentro de un rato, con JM Aznar, ha recogido su premio taurino y nos ha flagelado, con inmisericordia, sin sentido del tiempo, ni la mínima obligada educación hacia el resto de los premiados, con su retórica patriotera: España-patria-toro, leyéndonos no sé cuántas páginas de su próximo libro. En su línea, actual, nos explica la ilustración de la portada: toro Osborne con banderillas de ikurriña, senyera y España, con una zeta destacada en el lomo chorreando gotas de sangre. ¡Impresentable! Y se queda tan fresco. Al rato, me pongo a ver su entrevista a Aznar en Telemadrid, tras verle, previamente, entrevistado a su vez. Me quedo con su explicación de su paso por el aparato-directorio del PC años ha: "Yo no fui, no era comunista. Es la diferencia entre ser y estar. Yo –sólo-- estaba allí". Entra Aznar y me quedo asombrado de su melena. Le va muy bien. Pero no con el cepillo del bigote, y menos con la sonrisa –¿conejil?–. Resisto un buen rato, y me esfuerzo en contener los tacos en voz alta que me vienen a la boca. No sé qué es peor, las preguntas o las respuestas. Puestos a soportar arcadas, apago la tele y retomo la lectura de Las benévolas.

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