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Nº 761
5/11/2007

turquía en su laberinto

Eo se sabe muy bien qué hacer con Turquía. Es un gran país mayoritariamente musulmán y con gran vigor patriótico, pero que en estos años se ha esforzado mucho en converger con Occidente para entrar en la Unión Europea. Es un fiel miembro de la Alianza Atlántica y un estrecho aliado de los Estados Unidos, pero que ha creado serios problemas a sus socios por su política en Chipre y en Iraq. Se le necesita pero se le teme ya que por su historia y su proyección se encuentra situado en el centro de multitud de cuestiones candentes de notoria incidencia mundial; Asia Central, el auge del radicalismo islámico, Irán y su política nuclear, la lucha contra el terrorismo, el irredentismo en Oriente Medio y su eterno problema de minorías, la insistencia en el genocidio de los armenios, y un largo etcétera en que Turquía no deja de aparecer, como una ecuación de diversas variables. Tal ecuación es más compleja hoy por la cuestión del Kurdistán iraquí y del PKK, relacionada con la calidad de los intercambios entre Ankara y Washington, las aspiraciones turcas a formar parte de la familia europea y el futuro de Iraq.

Todo esto quiere decir además que Turquía ha perdido la pasividad que parecía padecer en otro tiempo, que
está muy dispuesta a volver a Oriente Medio y a afirmar su presencia en el mundo mediterráneo, en el islámico y en las grandes capitales de Occidente, recuperando un espacio que los turcos redescubrieron con orgullo con las nuevas repúblicas en Asia Central. Con la Primera Guerra del Golfo y la formación de un protectorado en el Kurdistán iraquí bajo las Naciones Unidas, ya se barruntó la hipótesis del auge de las tendencias secesionistas de los kurdos iraquíes respecto a Bagdad, y de las tendencias insurreccionales de los kurdos turcos respecto Ankara. Que después de la Segunda Guerra del Golfo, el derrocamiento de Saddam Hussein y la invasión de Iraq se animaran tales tendencias, fue inevitable por el mismo caos que se ha abatido sobre el resto de Iraq. Sin embargo, una vez más los kurdos se encuentran ante un entorno regional e internacional en que, además de Ankara y Bagdad, nadie está dispuesto a apoyar su independencia, ni siquiera su irrendentismo, y todos se tientan los bolsillos por los resultados encadenados que surgirían de un conflicto abierto con Turquía por su intervención en el Kurdistán iraquí.

Por ejemplo, tal intervención declarada activaría la alianza entre Turquía e Irán, país que asimismo tiene un serio problema kurdo, con una filial del PKK, el Partido de la Vida Libre en Kurdistán (PJAK), y que con frecuencia utiliza los medios expeditivos como Turquía hace. Decidida a recuperar su presencia en el mundo árabe y musulmán, esta comunidad de propósitos entre turcos e iraníes contra los kurdos, que se corresponde con una intensa proyección mutua en otros aspectos, podría acentuar la inclinación de Turquía hacia Oriente y hacerla ponderar su perfil otomano de gran potencia pero con dificultades para integrarse en Occidente. Los grandes imperios, España entre ellos, siempre han tenido dudas en qué decidirse una vez que han perdido territorios y colonias, y se han quedado reducidos a la metrópolis. Parecería, por tanto, que Turquía tiene la tentación otomana, como Rusia tiene la tentación zarista y soviética. Y que una agresión de Turquía contra Iraq provocada por la persecución en caliente del PKK, crearía un grave crisis política y social en un país que trabajosamente trata de incorporarse de la postración y el desorden generados por la invasión militar y la ocupación.

Si se reitera la imposibilidad de un Kurdistán independiente, también esta crisis turco-iraquí revela comportamientos desajustados por parte del Gobierno de Irbil. No parece muy sensato ningunear a Ankara, ni minimizar los riesgos de la libertad de acción del PKK en territorio iraquí. También acaba pareciendo un despropósito que a nivel político de la región autónoma se haya llegado a conectar la posibilidad de controlar al PKK con la de que Turquía acabara consintiendo en la anexión de Kirkuk . Un enfrentamiento entre turcos e iraquíes por la cuestión kurda, en definitiva, entorpecería las esperanzas secesionistas del Gobierno de Irbil y sus ilusiones de expansión territorial. A su vez desestabilizaría la única región próspera en Iraq, la única en que se permite llevar una vida normal, que recibe inversiones y visitas de empresarios, ONGs y periodistas. El magnífico modelo del Kurdistán iraquí debería servir para prolongarse e imitarse en el resto del país, de esta manera resultaría arruinado por una actuación drástica deTurquía, con cómplices sin saberlo entre los insurrectos, y también entre unos políticos kurdos que pensaban en el PKK como una especie de brazo armado de sus partidos.•

Ignacio Rupérez

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