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Nº 760 - 29 de octubre de 2007

MarÍa moliner: con una olivetti y unas cuartillas

Por Mauro Armiño

Hace poco más de medio año, la Escuela de Escritores decidió apadrinar palabras de la lengua española en vías de extinción: periodistas de diarios y radio se dieron albricias, y durante unas semanas políticos –presidente del Gobierno incluido–, escritores, periodistas y todo quisque se dedicaron jovialmente al juego del rescate; por suerte, el juego se acabó enseguida y pasó, como ocurre con las cosas impostadas, al limbo del olvido; sirvió, sin embargo, para encontrar agujeros más que negros en algunos: por ejemplo, a Carles Francino, conductor por otra parte excelente de la mañana de la SER, le sonaba a chino el término “rozagante”; y a una supongo que periodista que acompañaba a Dragó en su diario nocturno en los últimos días de embarazo, desconocía casi todos los que dejaban los espectadores en un contestador, vocablos que además no eran nada del otro mundo.

Es lo que hay; juegos momentáneos teñidos de un voluntarismo forzado que no van a ninguna parte; pero el voluntarismo sí consigue algo a veces: el Diccionario del uso del español que acaban de reeditar ampliado en su tercera edición Gredos y Círculo de Lectores, y que hizo en su día, ella sola, a palo seco, una mujer: María Moliner; nació con el siglo, se comprometió con la IIª República, organizó bibliotecas rurales como miembro que fue de las Misiones Pedagógicas; cuando llegó el franquismo, le rebajaron 18 puestos en el escalafón del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos al que pertenecía. A los 52 años, y ya jubilada, con una Olivetti y unas cuartillas se dedicó durante quince años a espulgar, incluir, rehacer, eliminar vocablos y acepciones del Diccionario de la Academia (DRAE). El trabajo filológico, tremendo, y más para una sola persona, fue un logro que ahora ha puesto al día el equipo encabezado por Joaquín Dacosta. Por supuesto, parece una obviedad decirlo, María Moliner, que murió en 1981, nunca fue miembro de esa Real Academia cuyo lema, como sabemos, es limpiar, fijar y dar esplendor al idioma.

Siempre diferentes. La democracia que ha llegado tras casi cuatro décadas de dictadura no podía borrar –ni borrará– de la noche a la mañana el eslogan con el que se vendió Spain durante alguna década: el “is different” sigue siendo la base de esta existencia que no diré “estúpida y cruel como su fiesta de los toros” por no recordar a otro despreciado, Luis Cernuda, que en sus dicterios siempre se quedó corto, sobre todo desde el prisma cultural. Desde antes de la IIª República y durante el franquismo, por no remontarnos a Covarrubias, en España los diccionarios los hacían personas y editoriales, solos o en compañía de otros, como escriben los atestados cuando se trata de delitos: el Casares, la Enciclopedia Sopena, la Espasa, etc. Pero ese tipo de delitos se acabó con la llegada de la democracia –que tiene responsabilidad en este punto– y el nuevo capitalismo que sirve de base a los beneficios de las grandes editoriales, las que antes hacían sus enciclopedias, diccionarios, etc. Aunque eso se acabó, todavía quedan delincuentes que hacen sus diccionarios de eso que parece prohibido –¿por quién?– y que titulan como palabras malsonantes que no figuran o sólo parcialmente en el DRAE.

De nuestro entorno, España es el único país que deja en manos de la Academia respectiva un diccionario al que le salen correctores por todas partes. En Francia, Larousse, Hachette y Littré; en Italia, el Zingarelli y el Devoto-Oli; en Inglaterra, el Oxford, etc., algunos de los cuales se permiten algo impensable: editan cada año nuevas ediciones ampliadas, revisadas y corregidas. El cuerpo de un idioma es un ser vivo y, lo que es más determinante todavía, desde los enciclopedistas sabemos que un diccionario nunca es neutro, que está fuertemente connotado; lo estuvo durante el franquismo, con sus definiciones políticas de términos clave, con la sujeción del lenguaje a unas costumbres que recogía con retraso, si las recogía, el Diccionario académico. Curioso también que académicos como Camilo José Cela o Manuel Seco hayan hecho, casi en solitario, diccionarios de términos no admitidos por sus connotaciones sexuales o malsonantes, con su evolución histórica, o de uso, como era y es también el María Moliner.

El principal problema del Diccionario de la Academia es que no sabe lo que quiere ser: si histórico, si de uso, si recopilación del castellano de América, tan español como el que hablamos aquí, por lo que es inútil la discusión sobre americanismos, igual que sobre murcianismos o cualquier otro regionalismo. Tan español como el de Lope. Pero cualquiera de esas tentativas del Diccionario queda coja: no es histórico pese a sus muchos términos obsoletos, tampoco de uso porque según aducen hay que esperar a que se asiente e incorporen los nuevos términos; y no contempla el español del otro lado del Atlántico en su totalidad: basta mirar los muchos diccionarios de americanismos hechos en los distintos países. ¿Recoger todo? ¿Una parte sólo?

La situación en que se encuentra el Diccionario no es grave, es gravísima; un día escribiré del cómico resultado de rastreos de acepciones desde el punto de vista histórico. El intento aquél de hacer el Lázaro, redactándolo de nueva planta que proponía Lázaro Carreter, se quedó en agua de borrajas: una corrección por aquí, otra por allá, y poco más. Y el caso es más grave todavía si tenemos en cuenta que el Estado subvenciona generosamente a la Academia: desde 1975, los presidentes y ministros han querido hacerse la foto con el lenguaje y el fija, limpia y da esplendor. Ah, eso sí, imposible saber la cantidad con que el Ministerio de Educación la dota: se engloba en la del Instituto de España, y deslindarla tal vez me cueste Dios y ayuda. La oficina de prensa de la Academia remite a la gerente, Monserrat Sendagorta, que no da respuesta a una pregunta tan fácil, como “¿a cuánto asciende la subvención, o como se llame, que el Estado español da a la Academia Española?” Así las cosas, cualquiera le pregunta si en la etapa de Felipe González se dio a la Academia 1.500 millones de pesetas. Y sin embargo son públicos los dineros. Y la transparencia con la democracia es obligada, perdón, debería serlo.

Algo es público, luego es secreto. Todavía andamos en ésas. ¿Qué se teme? ¿La comparación, el coste frente al resultado? No hay por que tener miedo a nada, sabemos que, dejando a un lado la pompa institucional y el cuento chino que hay en los “Oh, el español, oh, la lengua, oh Cervantes”, y que con la democracia se ha acrecentado, nos quedamos en bastante poco culturalmente: en el asunto del Diccionario de la Academia y en otras muchas cosas. Tampoco es como para rasgarse las vestiduras.

Policías y ladrones. Como escribía Lázaro Carreter, antes por supuesto de ser director de la Academia, el lenguaje del diccionario académico era literatura, no tenía mucho que ver con la realidad. Volvamos a las connotaciones; para no ofender pondré ejemplos de la lengua francesa, que sí tiene buenos diccionarios: el Larousse, por ejemplo, contaba con una base republicana bastante amplia, mientras Émile Littré, positivista, se ganaba las iras de la Iglesia, hasta el punto de que cuando fue presentado a la Academia, Monseñor Dupanloup, que lo era por la obligada cuota eclesiástica (también la hay entre nosotros), dijo: “Si entra ése, yo salgo”…

Los asientos académicos no son suficientes, al parecer, para meter en vereda a la realidad lingüística; están interviniendo los políticos; por ejemplo, el gobernador de Brasilia acaba de prohibir este mismo octubre el uso de gerundios en la administración: parece que “estamos estudiando, estamos preparando” son los latiguillos que la política brasileña emplea para cubrir su ineficacia. Tampoco hay que coger un avión para encontrar ejemplos domésticos: el diputado gallego Francisco Rodríguez –correligionario mío en pasión rosaliana– proponía hace unos meses en el Congreso de los Diputados la eliminación del Diccionario de la Academia de dos de las acepciones de “gallego, que en El Salvador y Costa Rica se utilizan como sinónimo de “tartamudo” y “tonto”, respectivamente. Si empezamos por ahí y sometemos el Diccionario a más vigilancia todavía de la que tiene… El gran lingüista francés –éste sí importante de verdad– Alain Rey, director del Petit Robert, se enfrentó el año pasado al Consejo de Asociaciones Negras de Francia y a la organización antirracista MRAP por las definiciones de “colonisation” y “coloniser”. Le ha bastado con incluir este año una cita del poeta Aimé Césaire: “Colonisation = Chosification”, para que se hayan quedado satisfechos los que protestaban.

Contra ese mismo diccionario acaba de arremeter el sindicato mayoritario de la policía francesa –con apoyo de la ministra del Interior– alegando que una cita dejaba mal a la corporación policial: “¿Qué imagen de la policía se da a los niños, que son los primeros en hojear el diccionario, y en particular a los hijos e hijas de policías?”. Faltaría más. Respuesta del Petit Robert: han mirado hacia otra parte, porque si los diccionarios tuvieran que atender a las presiones que surgen de colectivos sociales –desde feministas a Iglesias, desde la totalidad de americanismos a sindicatos de esto y lo otro, los policías, y los ladrones, que también tienen hijos, etc.– sería imposible hacer un Diccionario de la lengua viva; ya es bastante imposible hacerlo como para que vengan con nuevas gaitas.

Quede claro que el María Moliner es un diccionario que al Gobierno no le ha costado nada, no nos ha costado nada; su puesta al día por Gredos y Círculo de Lectores adelanta con mucho en viveza al Diccionario académico: 12.000 entradas nuevas (de un total de 90.045), 190.000 acepciones y subacepciones: recoge del argot cierto nivel estándar y acepta vocablos vivos y expresiones vivas, algunas tan anecdóticas que siempre dan pie a los periodistas para titular su articulito: heavy, chat y chatear, salir del armario, batasuno, mobbing, cayuco, burka, etc. Es decir, las palabras de todos los días, además del cuerpo académico de la lengua. Un diccionario “único en el mundo” como dijo María Moliner. Al que sólo se le puede poner una objeción derivada de nuestro capitalismo editorial: máximo beneficio, menor coste, que impide que nos parezcamos a los italianos y franceses citados: una nueva edición cada año. Imposible, impensable.

P.D. Hablando de presiones ahora que está de moda la z: en el siglo XVIII francés, tan culto él, moralistas y censores arremetieron contra la z que, a su parecer, empleaban en demasía las novelas ambientadas en Oriente  (recuérdese Zadig, de Voltaire), asimilando la z a la futilidad de costumbres y a la frivolidad de los petimetres.

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