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Nº 760 - 29 de octubre de 2007

Mérito y capacidad

por Joaquín Leguina

EI día en el cual se crearon en España los tan denostados "cuerpos del Estado" debiera de conmemorarse con vísperas y novena, pues no sólo supuso el final de las cesantías que con tanto talento glosó Galdós en su novela Miau, también significó la implantación del principio de objetividad en la selección y contratación de los empleados públicos (el "mérito y capacidad" de los que habla nuestra actual Constitución en su artículo 103).

Franco, que desconfiaba de todos y de todo (y por muchas razones desconfiaba aún más de quienes lo rodeaban), mantuvo durante su dictadura el sistema de oposiciones, y lo mantuvo, en general, con rigor y objetividad. Sin oposiciones, España carecería hoy de una función pública mínimamente competente.

Es cierto que el sistema de oposiciones –el de antaño y también el actual– contenía y contiene muchas lagunas y perversiones, pero en nada comparable con las arbitrariedades e indecencias del dedo o del enchufe.

De las perversiones del sistema opositoril ya habló en su día don Gregorio Marañón, quien renunció a ser catedrático por esa causa, pues dijo no estar dispuesto a someterse a la humillación de lo que él llamaba "la segunda fiesta nacional" (las oposiciones a una cátedra universitaria constaban entonces de seis exámenes, el mismo número que toros se lidian en una corrida). Mas habrá de admitirse que aquel sistema para acceder a una cátedra en "libre competencia" era mucho mejor que el actual, endogámico por los cuatro costados, en el cualsólo se puede llegar a catedrático después de pasarse media vida –como único mérito– lamiéndole el trasero al "jefe de departamento" de turno.

A los defectos tradicionales se han sumado –con la llegada de la Democracia y de las Autonomías–otros nuevos, derivados todos ellos de las prácticas a las que nos tienen acostumbrados los aparatos políticos y sindicales que, desgraciadamente, huyen –los burócratas políticos y sindicalistas– como de la peste del ya citado artículo 103 de la Constitución, al que procuran hacer tantos agujeros como pueden.

En fin, el mérito y la capacidad que manejan las burocracias de los partidos para seleccionar y promocionar a su gente en clave interna (puestos orgánicos) o externa (car- I gos ejecutivos, diputados, senadores, etc.) no se compadece con la idea de mérito o de capacidad que tiene el común de los mortales. En efecto, ¿cómo es posible –se preguntan muchos– que alguien que ha llegado a las más altas cumbres de un partido siga siendo "estudiante" desde los dieciocho hasta los casi cincuenta que ahora frisa? ¿Cómo se ha llegado a las alturas sin haber ejercido jamás oficio alguno? En fin, estas "carreras políticas" no serían posibles sin la existencia del más alto grado de arbitrariedad por parte de quienes manejan el dedo de las designaciones. Por eso –y no porque la propuesta fuera disparatada– todo el mundo ha levantado los gritos hasta el cielo cuando Mariano Fernández Bermejo, actual ministro de Justicia, ha propuesto que se acceda a la Judicatura mediante una selección que obviara los exámenes de una oposición.

El personal –y por muchas y buenas razones– le tiene miedo a cualquier propuesta que pretenda obviar las pruebas objetivas, pues sabe que los cargos, cualesquiera que éstos sean, dejados en manos de las burocracias políticas, recaerán en los más pelotas y obsecuentes y nunca en los más dotados y competentes.

Me atreveré aquí a contar un caso añoso y foráneo, sin ánimo de señalar a nadie: Leonardo Sciascia nos lo glosa en Negro sobre negro (recién editada en español). El 3 de diciembre de 1887 la Asamblea Nacional francesa, reunida en Versalles, se encontraba en un callejón sin salida. Había de elegir al presidente de la República y el proceso se presentaba complicado y azaroso, mas aquel nudo gordiano lo resolvió Georges Clemenceau con una sorprendente propuesta: "Votemos por el más estúpido", dijo, y los parlamentarios consideraron razonable la moción y así lo hicieron. Fue de este modo como se eligió presidente a un hombre llamado Sadi Carnot.

Tiempo después, las palabras de Clemenceau habrían de tomar todo su trágico sentido, cuando el anarquista Caserio asesinó a Carnot de un disparo a quemarropa.

Caserio fue detenido y juzgado, y durante el juicio, el juez se dirigió al anarquista y le dijo:
En el momento que lo apuntaba con el revólver, el presidente lo miró a usted fijamente. ¿Su mirada no le turbó, no contuvo su mano?
A lo que Caserio respondió con gran aplomo:
El presidente no tenía mirada. •

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