Nº 760 - 29 de octubre de 2007
 
Hemeroteca Esta semana

De Ramírez, Losantos, Aguirre y el Rey

No hay que olvidar que la Iglesia está, en definitiva, garantizando la libertad en un medio como la radio, al que sólo tienen acceso los bendecidos por las licencias que conceden los gobiernos”. Cuando acabé de leer este párrafo del editorial de El Mundo de hace unos cuantos días no pude contener las carcajadas. Nunca a mis noventa y dos años (soy aún joven en comparación con Francisco Ayala e incluso con Santiago Carrillo, por poner ejemplos de nonagenarios), había leído que la Iglesia garantizara la libertad de expresión. La Iglesia de los católicos puede, y no lo dudo, garantizar muchas cosas, algunas de ellas hasta positivas o esperanzadoras, como el paraíso para los buenos cristianos, pero desde luego eso de la libertad de expresión no forma parte de su tradición más acreditada.

Todo lo contrario. La Iglesia ha perseguido a lo largo de su historia, hasta llevarlos a la hoguera, a los herejes, heterodoxos y librepensadores. Montó el denominado Índice de libros prohibidos y amenazó con penas del infierno a los lectores que contravinieran ese catálogo de libros peligrosos. En fin, en el interior de esta organización que llamamos Iglesia católica, aquellos que defienden posiciones no coincidentes con las de la jerarquía acostumbran a pasarlo mal, y si no que se lo pregunten sin ir más lejos a muchos de los teólogos de la liberación o a los teólogos que intentan ir por libre.

Pedro J. Ramírez, sin embargo, es capaz de casi todo a la hora de defender sus intereses, no pocos de los cuales, compartidos con Federico Jiménez Losantos. El editorial mencionado estaba dedicado precisamente a respaldar a Losantos y a Esperanza Aguirre, tras la ya célebre comida en la que la presidenta de la Comunidad de Madrid sacó de sus casillas al mismísimo Rey de España, al terciar en favor del incordiante y temible locutor de la COPE, la cadena de los obispos españoles, una máquina de generar inquinas y odios, dos valores nada evangélicos, por cierto. 

Losantos hace ya tiempo que se la tiene jurada al Rey. Pero Aguirre le protege y trata de ayudarle. Lo ha hecho facilitándole canales de televisión y de radio en el ámbito de las competencias autonómicas de la región de Madrid, entre otras sinecuras que se mezclan con el rumor y cierta dosis de leyenda. Dicho editorial resaltaba una frase de Aguirre: “Lo peor es quitarle el micrófono a un periodista”. Y a continuación El Mundo loaba al Rey por su “compromiso” “con la defensa de las libertades y muy concretamente con la de expresión”. Añadía que “el Rey ha estado próximo a los periodistas y los periodistas siempre se han sentido tutelados por el Rey”, aunque, atención, “sólo la mezcla de su tantas veces elogiada espontaneidad y el caldo de cultivo que algunos cortesanos gubernamentales fomentan en su entorno, explican el cambio de registro, en este caso”.

Una primera conclusión. Pedro J. Ramírez sostiene que, en efecto, “en este caso”, el de Losantos, la Corona ha cambiado “de registro”. El Rey, por tanto, considera, como ya se sabía o se suponía, que el ejercicio profesional del periodismo por parte de Losantos excede todos los límites y, además, hace responsable de ello, y con toda la razón, a la Conferencia Episcopal Española, lo que son sin duda palabras mayores. El Rey, como ocurre a amplísimos sectores de la ciudadanía española está hasta sus atributos varoniles de Losantos y sus amigos. Basta con recordar el recentísimo episodio de la visita a La Zarzuela de Revilla, el presidente de Cantabria, quien no tuvo pelos en la lengua para transmitir a la opinión pública la alergia que le produce al Rey lo que cabría  denominar el estilo de la COPE. Que se resume en cuatro palabras: patadón y tentetieso.

Ramírez, en su editorial, se vuelca avalando a  Losantos y a la presidenta madrileña. Al primero lo califica como “uno de los comunicadores más brillantes y con mejor base cultural de su generación”. De Aguirre dice que su “reacción” “le honra, pues estamos seguros de que habría actuado igual si la sombra de la censura se cerniera sobre las múltiples voces que todos los días la critican en lo personal y en lo político. El principio volteriano del “no estoy en absoluto de acuerdo con usted, pero daría mi vida para que pudiera seguir expresando esas opiniones” prima sobre cualquier otro en el ánimo de un demócrata”.

“Estamos seguros, puntualiza el magnánimo Ramírez, de que la Corona no cometería el error de asociarse al empeño de acallar a este “periodista impertinente”. En primer lugar porque consolidaría la impresión expresada por Aguirre –“si le hubiera criticado Gabilondo, seguro que le habría invitado a comer”– de que la Monarquía trata mejor a las izquierdas que a las derechas, a los republicanos que a los monárquicos, a los que se esmeran en destruir la unidad de la Nación que a los que la defienden todos los días. Esa sensación se abrió camino a propósito de la carta en la que Rosa Díez se quejaba de los gestos especialmente afectuosos de Don Juan Carlos hacia Ibarretxe”.

Aviso a navegantes, Majestad, le ha dicho desde su periódico Ramírez. Ojo y oído al parche, Majestad. Nosotros podemos unirnos a lo que cada dos por tres afirma Losantos en la COPE contra Vd. Que es usted de izquierdas, que menosprecia a la derecha, que usted es en el fondo un Rey republicano que abomina de los monárquicos y, sobre todo, que a usted le importa un bledo la unidad de España. Más perversidad, imposible.

Luis G. del Cañuelo

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