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| Nº 760 -29 de octubre de 2007 |
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Las razias modernas
por Santiago Carrillo Parece que la cotización de la vida humana depende del color de la piel, de la nacionalidad y hasta de si se ha nacido en Occidente o en Oriente. Se valoran mucho las más de tres mil vidas norteamericanas pedidas en Iraq; se valoran algo menos las vidas europeas dejadas allí. Pero no se valoran absolutamente nada las vidas de las decenas de miles de iraquíes perdidas en esta atroz e injustificada guerra que la banda de Bush desencadenó, como ahora reconoce casi todo del mundo, por el petróleo. En las antiguas guerras coloniales sucedió ya algo parecido. Las potencias coloniales contaban sus víctimas; pero no les importaban las del país colonizado. Y hasta tampoco les importaban demasiado las suyas, porque la infantería de los ejércitos coloniales estaba formada por mercenarios reclutados de entre los naturales de los países colonizados. Yo todavía recuerdo el horror que en mi niñez causaban las razias que las tropas coloniales llevaban a cabo, entrando a bayonetazos e incendiando y arrasando poblados enteros, sin distinguir entre niños, mujeres, ancianos y combatientes. Todos eran enemigos potenciales y su destrucción ejemplarizaba el temor al invasor y garantizaba una seguridad de cementerio. Las tropas coloniales podían cometer estos desmanes con absoluta impunidad y además eran premiadas con el botín conseguido en la operación. En aquella época esto se consideraba un fenómeno natural y se justificaba por la guerra. A pesar de que hoy presumimos de civilización occidental, con cuya exportación el mundo menos civilizado –según nuestros cánones–camuflamos las razones reales de lasnuevas guerras coloniales, hay que decir con tristeza que no hemos progresado nada; al contrario, hemos retrocedido terriblemente. Ya en la invasión de Vietnam habíamos visto que las razias de hoy no se diferenciaban de las anteriores más que en la aplicación de las nuevas tecnologías militares. Si antes estaban a cargo de la infantería o la caballería, que saqueaban y mataban casi impunemente, ahora las razias se hacen con la aviación o la artillería de largo alcance; las tropas no tienen que mancharse las manos si no es después de la acción, para comprobar si hay combatientes entre los civiles muertos, generalmente niños, mujeres y ancianos. En los partes de guerra de los ocupantes bastará denominarlos a todos insurgentes o tulipanes. Así están muriendo montones de inocentes sin que la conciencia universal condene severamente estos excesos... Y los norteamericanos están utilizando estos métodos, incluso en las grandes ciudades como Bagdad, donde la expansión de las bombas y misiles puede matar indiscriminadamente a muchos más. Así, la enseña de nuestra civilización occidental en los pueblos víctimas es una tecnología militar tan avanzada, tan avanzada... que con ella podríamos exterminar a todos los seres humanos que pueblan el planeta. No es extraño que en el Próximo y Medio Oriente –y aún más allá– se desconfíe de la posibilidad de diálogo entre civilizaciones. Son muy loables los esfuerzos que pocos políticos y bastantes intelectuales hacen en esa dirección. Pero, ¿qué pueden pensar los ciudadanos palestinos, iraquíes y afganos que en vez de voluntad de diálogo tropiezan a diario con la voluntad de destruirles y aniquilarles? Habría que preguntarse en serio por las causas de ese terrorismo con el que en Occidente trata de justificar hasta una tercera guerra mundial. Tras la segunda, en muchos de esos países se desarrollaron fuertes movimientos progresistas de masas que hubieran podido conducirles de una manera natural hacia la democracia. Pero esos movimientos tenían un carácter anticolonial que no gustaba a ciertas potencias y en primer término a los EE UU. Y contra ellos se fomentó desde Occidente el integrismo religioso; se fomentaron incluso golpes de Estado militares. Así fueron expulsados del poder personas como Mosadeg, Ben Bella, Sukarno y otros. Y así creció el monstruo del terrorismo. Aunque no fuera más que porque si hay un choque entre Occidente y Oriente es muy posible que Europa se convirtiera en el teatro principal de la conflagración, la UE tendría que ponerse un objetivo: poner fin a las políticas de invasión y de guerra y dar el ejemplo de lo que debe ser realmente el diálogo entre civilizaciones.• |
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