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Nº 760 - 29 de octubre de 2007

Lisboa, etapa intermedia

Europa se reencontraba con sí misma con el acuerdo alcanzado en Lisboa sobre el Tratado que sustituye a la rechazada Constitución. Ciertamente es muy importante haber puesto fin a un largo capítulo que habrá durado, suponiendo que ahora se acabe, más de 15 años desde el Tratado de Maastricht.

Un capítulo que se inició con la convocatoria de la Convención, para superar el mal acuerdo del Tratado de Niza y dar forma a la Europa política a través de un debate abierto y participativo, y que se acaba con la vuelta atrás a los viejos métodos de negociaciones cerradas entre gobiernos.

El resultado de los treinta meses de reflexiones y negociaciones transcurridos desde el no francés y holandés es ambivalente. En la práctica, lo fundamental de las innovaciones del Tratado constitucional ha sido preservado. Y esos progresos, numerosas veces descritos, son innegables.

La polémica se centra ahora en las diferencias y similitudes entre el Tratado de Lisboa y el Tratado Constitucional para saber si está o no justificado que donde antes hizo falta un referéndum para ratificarlo, ahora baste con una aprobación parlamentaria.

Pero, por otro lado, el resultado final, tanto como el camino recorrido para alcanzarlo, muestra las carencias de una Europa políticamente anémica y la falta de voluntad de muchos dirigentes europeos, y también de sus pueblos, de continuar la integración imaginada por los fundadores de la Europa unida.

Es inevitable constatar que acumulando excepciones, derogaciones y optings outs, el Reino Unido se sitúa cada vez más fuera de ese proceso de integración. La negativa a la Carta de los Derechos Fundamentales es muy ilustrativa de esa actitud,aunque sea el precio que Brown tiene que pagar para evitar la ratificación por referéndum que piden los conservadores y parte de su propio partido.

Pero, como dice el ex comisario Peter Sutherland, los que lo piden deberían tener el valor de reconocer que la verdadera cuestión no es el Tratado de Lisboa, sino la pertenencia del Reino Unido a la UE.

En cualquier caso, el texto del Tratado "reformador", que así se llamará el de Lisboa, no se presta en absoluto a una ratificación referendaría porque es absolutamente ininteligible para un ciudadano normal. Los que se quejaban de que el Tratado Constitucional no era muy asequible estarán ahora contentos con 296 modificaciones a artículos de los Tratados preexistentes acompañados de 12 protocolos y 51 declaraciones anexas.

Difícilmente puede ser más confuso y nadie le sigue llamando "simplificado" a un texto que contiene cambios importantes tanto como expresa el malestar de gobiernos y opiniones públicas acerca de una Europa que tiene que demostrar su utilidad, acabando con las peleas de campanarios en las que cada Estado miembro trata de salvar su interés nacional.

Así, a última hora, Italia ponía en peligro el acuerdo rechazando el reparto de escaños acordado por el Parlamento Europeo porque le hacía perder la paridad respecto a británicos y franceses. Una exigencia que recordaba a la de Francia con su paridad de voto en el Consejo con Alemania en la cumbre de Niza de 2000. Pero, ¿por qué ser menos condescendiente con el constructivo Prodi que con los exigentes gemelos polacos? Al final se otorgó un escaño más a Italia, que se quedaba como el Reino Unido pero con uno menos que Francia,que tiene cuatro millones más de habitantes. Y para conseguir mantener el límite de 750 escaños que contempla el nuevo Tratado de Reforma se excluye de ese límite al presidente del Parlamento. España, por su parte, logra recuperar 4 de los 14 que se perdieron en Niza y es el país que más aumenta su número de eurodiputados.

También hubo que dar satisfacción a las demandas de Polonia, que celebraba elecciones parlamentarias este domingo, incluyendo en un protocolo, y no en una mera declaración, el denominado compromiso de loannina, una especie de freno de emergencia por el cual un Estado miembro puede retrasar decisiones que considere que le perjudican. También tendrá un abogado general en el Tribunal de Justicia, al igual que el resto de los cinco grandes Estados de la UE.

Al final todos pueden decir que han ganado aunque a veces sea a costa del interés general europeo. El resultado no es ciertamente perfecto, pero seguramente no había otra posibilidad de compromiso viable. La Europa ampliada, pese a todos los pesares, será más gobernable y funcionará sobre bases institucionales más eficientes.

Más allá de los problemas institucionales, el fracaso del episodio constitucional europeo muestra la necesidad de adaptar el proyecto de integración europea al mundo globalizado.

Por ello, tras el Tratado de Lisboa y suponiendo su ratificación, la próxima etapa será la refundación de las políticas comunes, aclarando lo que los europeos nos proponemos hacer juntos y con qué medios económicos y políticos. Por ello, Lisboa ha sido una etapa intermedia. Necesaria, pero no suficiente. •

José Borrell
*Miembro de la Comisión de Energía (ITRE) del Parlamento Europeo

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