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| Nº 759 - 22 de octubre de 2007 |
Los desconocidos años 50
Frente a una imagen que oscila entre la
realidad y el estereotipo sobre los tiempos de la posguerra los años 50, son
hoy en muchos aspectos unos auténticos desconocidos, como si en ellos no
hubiese ocurrido nada verdaderamente importante. En el período comprendido
entre 1953 (pactos con Estados Unidos y concordato con el Vaticano) y 1959 (Plan de Estabilización y visita
de Eisenhower) ocurrieron hechos que vendrían a tener una trascendencia posterior
indiscutible: las primeras huelgas, las manifestaciones estudiantiles, las
disensiones sobre la sucesión de Franco, el cambio de rumbo de la política
económica... Es un mundo de hace medio siglo cuyas consecuencias son palpables
todavía hoy Por Manuel Espín Por estrambótico que hoy nos pueda parecer hace ahora justamente 50 años, en 1957, importantes políticos del Régimen como Martin-Artajo, Fernández Custa, Suanzes, Lequerica, Castiella, Areilza o Calvo Serer suscribían una Comisión Nacional para Pedir el Capelo Cardenalicio para Francisco Franco en función de sus “insignes méritos en la defensa de la fe”. Naturalmente el Vaticano debió hacer oídos sordos a esta petición que de haber sido atendida hubiera convertido a Franco en príncipe de la Iglesia. Entre 1953 y 1959 los años 50 darían lugar a un cambio de rumbo notorio en el discurso del Régimen. Se reemplazaba definitivamente el sueño autárquico de los años de la posguerra por el del desarrollismo de finales de los 50. Si en 1952 se habían suprimido las cartillas de racionamiento, en adelante las nuevas imagenes ofrecerían una profusión de objetos de consumo, como la olla express, la lavadora, el 600 o el Biscuter. El discurso imperial de Falange era arrinconado por el del anticomunismo y el catolicismo más militante. Pero España seguía aislada pese a las apariencias. Las ciudades españolas eran de las más aburridas de Europa de la misma manera que la prensa era monocorde, sin color, carente de opinión, triste, átona y dirigida desde el Ministerio de Información de Arias Salgado. Basta poner como ejemplo de esa distancia que los españoles de la época tuvieron que esperar muchos años, desde 1939 en que se rodó hasta los primeros años 50 para poder ver Lo que el viento se llevó, cuyo estreno no había sido autorizado antes, o que las primeras manifestacioones del rock y de las nuevas culturas jueniles típicas de la mitad de los 50 tuvieron que esperar muchos años (1). Visto con la perspectiva de hoy, pero mucho más con la de su tiempo, no deja de llamar la atención el contraste entre un rodaje en Pamplona de exteriores para una película como la adaptación de Fiesta de Hemingway que trajo en 1957 a muchas de las grandes estrellas del Hollywood de la época a nuestros escenarios, y su prohibición posterior para su exhibición en los cines porque el protagonista se declaraba “impotente” como consecuencia de una herida de guerra (2). Merecería un análisis mucho más pormenorizado el papel que esas presencias airadas de actores de Hollywoood en nuestros escenarios tuvieron en el imaginario colectivo del pueblo español de la época, como un telón que diera un poco de color a una vida más bien aburrida en las grandes ciudades como Madrid o Barcelona. Desde 1952 con las imagenes de Lana Turner y Lex Barker paseando por los Reales Alcázares de Sevilla, a James Stewart visitando el Prado o Sinatra retratándose delante de la Cibeles, por no hablar de Ava Gardner residente en aquella época en Madrid, se trató de utilizar esa cáscara de cosmopolitismo. En un tiempo en el que el discurso era monocorde y las imagenes uniformes. A pesar que desde 1956 la televisión había llegado para unos pocos privilegiados de Madrid y Barcelona con el suficiente dinero para adquirir un aparato de televisión que no estaba al alcance de cualquiera. En el período, a pesar de todo pasaron cosas muy importantes, como las primeras huelgas y los iniciales pronunciamientos juveniles de “los hijos del Régimen”. No deja de sorprender cómo en la nota que daba cuenta de las detenciones después de los sucesos de febrero del 56 en Madrid con enfrentamientos entre estudiantes falangisas y de otros signos, se antepusiera el “don” antes del nombre de los detenidos (Múgica, Tamames, Javier Pradera, Ridruejo, o los padres de Ruiz Gallardón y de Gabriel Elorriaga), mientras en otras notas policiales de detenidos de signo distinto se les calificaba de “individuos”, o de “agentes subversivos”. En esos años 50 el Régimen tendría que hacer frente a dos imprevistos de difícil solución: la guerra de Ifni, “salvando los muebles” gracias al acuerdo con Francia que repetía la estrategia de Primo de Rivera en el Rif, o la descolonización de Marruecos, a duras penas pero sin otro camino (merecería la pena profundizar en el papel del último alto comisariado español García Valiño, al parecer enfrentado en la última etapa del protectorado a El Pardo). Y, especialmente, a encarar el más grave problema del sistema a lo largo de estos años: la desastrosa situación económica que estuvo a punto de derribar a Franco de la misma forma como la crisis económica tiró gobieros en la Argentina de principios de esta década. Con una economía en un proceso de inflación galopante, demagógicas y obligadas subidas de salarios del ministro Girón sin referencia alguna con la productividad, con una convertibilidad de la peseta desastrosa, Franco no tuvo más remedio que renunciar a los sueños de autarquía y forzar una apertura a Europa de la economía de la mano de los nuevos equipos de tecnócratas procedentes del Opus Dei. Todo ello en un ambiente en el que no pasaba inadvertido un clima de corrupción en las altas esferas. Disponemos de un testimonio publicado en 1976 en plena transición con los diarios del primo de Franco (3), en los que pone en boca del señor de El Pardo muchas afirmaciones que resultan cuanto menos reveladoras. Franco que es un personaje de ideas fijas, obsesionado por la masonería, (que identifica incluso en compañeros de la milicia), y el comunismo, con unos conceptos elementales sobre la política internacional del momento, se manifiesta con cierta incomodidad con una corrupción identificada en ciertos espacios de los aledaños del propio poder o en sus “familias”, a la vez que desconfía de ciertos personajes del catolicismo de la época, cuando aún no se ha producido la renovación del Concilio Vaticano II. Inicialmente tampoco parece demasiado confiado en el resultado de los nuevos planes económicos que se ve obligado a suscribir, y el cambio de rumbo en la economía. Pero sin demasiados conocimientos de economía, el Dictador tiene un cierto sentido de la realidad en torno a la situación: “Este plan debía haberse hecho antes, –pone su primo en boca de Franco–, pero los ministros de Hacienda no han visto claro el asunto, eran unos técnicos que no querían mirar hacia el exterior a excepción de Arburúa”, para más tarde creer que la estabilización daría resultado. Son los años en los que el No-Do repite imágenes de Franco en inauguraciones, y sus textos se cargan de contenidos claramente anticomunistas, con repetidas noticias sobre el Este, comentadas en un tono enfático y siempre apocalíptico. Sucesos como los de Budapest y el propio discurso de los gobiernos occidentales de la época vendrán a favorecer esos matices aquí más exagerados. Pero serán también épocas de grandes conmociones en una opinión que recibe una información incompleta y extremadamente tamizada. Por ejemplo, los contenidos sobre la guerra de Ifni, que nunca es denominada así, sino con eufemismos como “conflicto”, “incursión armada de bandas”, y de la que se ofrecen informaciones parciales donde las víctimas españolas casi se evaporan en el aire. O las de las catastróficas inundaciones de Valencia (de las que se cumple este otoño medio siglo, el que una revisión actual y sin los condicionantes de antaño permitirá hacer balance desde el punto de vista informativo sobre la actuación de instituciones como la Capitanía General, de la que hasta en El Pardo llegaba el eco de una tardía reacción frente a la catástrofe). El período 53-59 es también el de los grandes triunfos del fútbol, de estrellas como Di Stefano o Kubala, de las copas del Real Madrid, el impacto e Bahamontes en el Tour, como una imagen menos victimista del país. Y además de los grandes éxitos del cine español de la década: El último cuplé (1957) y ¿Dónde vas Alfonso XII? (1958), las películas españolas con más espectadores de los años 50. Pero todo tenía mucho de apariencia, hasta en este caso. El primer filme, el lanzamiento de Sara Montiel como estrella, se hace en unas condiciones económicas tan duras que no se pueden repetir escenas para evitar gastar en película virgen y su director Juan de Orduña tiene que malvender el negativo antes de que la película se estrene para hacer frente a los pagos. Mientras, la edulcorada historia sobre el primer matrimonio de Alfonso XII tendrá que sufrir el embargo por deudas impagadas a las que no se ha podido hacer frente. Casi un símil de la propia economía de la década abocada al crack de no ser por una decisión como la del Plan de Estabilización que vino a representar algo parecido a hacer astillas del anterior discurso económico del Régimen en las dos décadas precedentes. l (1) Casi diez años tardó en estrenarse en España Rebelde sin causa (1955) lanzamiento de James Dean tras Al este del edén. La censura no admitía la escena en la que el personaje del jóven zarandeaba a su padre. (2) La película Fiesta dirigida por Henry King se rodó en Francia, en México, y especialmente en Pamplona, con actores como Ava Gardner, Tyrone Power, Mel Ferrer o Errol Flynn, los tres primeros en un buen momento de sus carreras. Ahora acaba de ser remasterizada y editada en España (Suevia Films, 2007) (3) Franco Salgado-Araujo, alto militar, secretario y primo del Dictador escribió unas memorias que se editaron en 1976 gracias a su viuda (Mis conversaciones privadas con Franco. Editorial Planeta, Barcelona) donde se recogen interesantes apreciaciones sobre el Franco de los años 50, una realidad donde los testimonios directos internos son muy escasos. El libro causó polémica en la inmediata transición, tuvo muchos desmentidos en un clima de apasionamiento tras la muerte de Franco, pero hoy resulta ser una curiosa aportación sobre lo que se comentaba de puertas adentro de aquel espacio de poder. |
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