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Nº 758 - 15 de octubre de 2007

Stalin sube a las tablas

Por Mauro Armiño

Si hay algo que se echa de menos en el teatro que se hace en España es la falta de atrevimiento y audacia, de rigor, la falta en fin de las condiciones mínimas para que creamos que el teatro es un arte y no una máquina de ji-jí, ja-já, que parece ser lo único que atrae mayoritariamente a esa audiencia de programas televisivos de corazón y demás tontunas. Hay, por supuesto, algunos nombres en el teatro público que cuentan, pero en el teatro privado casi sobran, en una mano, cuatro dedos. Si no es sólo, sí es casi: Josep Maria Flotats acaba de acometer otro montaje de un novelista francés escasamente conocido aquí: después de adaptar el texto, él mismo se ha encargado de producir, dirigir e interpretar esta obra que saca a escena un personaje que se quería padre del pueblo ruso, Stalin. Han pasado más de cinco décadas desde su muerte y su figura sigue viva, como siguen vivos Hitler o Franco: por encima de sus entidades de carne y hueso, fueron personajes históricos que han modelado un futuro y perviven para nuestro daño y mal con otras siglas y otros nombres.

Empecemos por el autor, Marc Dugain, un novelista francés (1957) que con su primera novela, Pabellón de oficiales, consiguió 18 premios literarios y fue llevada al cine; apenas tiene media docena de títulos que le sitúan en un apartado especial de la narrativa: Dugain busca la realidad desconocida y levantar velos de la historia. Por ejemplo, su anteúltima novela, La maldición de Edgar (Tropismos, 2005), que será llevada al cine en Estados Unidos el año que viene, se centra en Edgar Hoover, el conocido jefe del FBI durante casi cincuenta años (de 1924 a 1972); Dugain compró los archivos y papeles personales de quien fuera ayudante y amante del poderoso personaje al que ningún presidente norteamericano se atrevió a quitar de ese cargo: tenía tanta información reservada sobre ellos que, aireada, habría sido fatal para todos, desde Roosevelt a John F. Kennedy. Por el libro pasan las anotaciones y argucias de momentos políticos importantes –las conexiones del FBI con la mafia para sumar esfuerzos en su lucha contra la infiltración comunista, la noche de la muerte de Marylin Monroe y la presencia de Bob Kennedy –amante como su hermano John de la actriz– con un médico en el piso de ese icono de buena parte del siglo XX, etc.

En España, a algún novelista le molesta que le llamen heredero de las novelas de capa y espada de Dumas; a Dugain no le preocupa ser tildado como nuevo Dumas ni como el goleen boy de la literatura francesa: Pabellón de oficiales, además de 300.000 ejemplares vendidos, en su versión cinematográfica superó con creces el medio millón de espectadores. Con su novela más reciente, publicada este mismo año, Une exécution ordinaire (hay una traducción catalan en Editorial Pagès), Dugain se ha ido al otro lado de la guerra fría: el accidente, ocurrido en el año 2000 del submarino nuclear ruso Kursk le sirve para contar los últimos 60 años de la historia de Rusia, con una primera parte que, leída cuando todavía estaba en borrador por Josep María Flotats, se convirtió en la obra de teatro Stalin, estrenada el pasado mes de septiembre en el Teatro Tívoli barcelonés. Es el propio Dugain quien está escribiendo de esa primera parte el guión de una película –por ahora tiene el título provisional de Sólo soy Stalin– que será su bautismo como director cinematográfico.

Un dictador en zapatillas, pero con la vara alzada. De las escasas cien primeras páginas centradas en Stalin, Josep Maria Flotats hizo una obra de teatro que sitúa al dictador en las últimas semanas de su vida, poco antes de que una hemorragia cerebral se lo llevara el 5 de marzo de 1952. Poco antes, Stalin y sus servicios secretos habían reprimido con la muerte, como solían, el complot de las batas blancas, es decir, de médicos judíos, etnia perseguida también en la Unión Soviética aunque con mayor discreción que en la Alemania nazi. Sobre el escenario, el dictador se refugia en sus habitaciones personales, aquejado de dolores que le han hecho secuestrar a una magnetizadora que, con la imposición de sus manos, alivia su sufrimiento físico. Dugain y Flotats hacen hincapié en un aspecto terrible: la coacción del poder sobre todos y cada uno de los detalles de una vida privada. La médico y magnetizadora Olga (Carme Conesa), es judía a medias, y ese origen fue aterrorizado en el clima de los últimos años del dictador; Stalin se beneficia de sus poderes magnéticos pero impide que trasciendan los rumores sobre sus enfermedades para evitar una lucha por la sucesión que de cualquier manera terminó produciéndose y elevando a Kruschev, jefe del KGB, al poder.

Para que nadie sepa de sus dolores, el dictador rodea a Olga de una alambrada de silencio obligado; basta sacar a la luz su condición de judía para que termine en una celda de la Lubianka o en cualquier cementerio. Es la propia magnetizadora la que ayuda a cerrar la red de silencio que Stalin le impone y dicta; ante su marido, tendrá que justificar sus visitas a Stalin mintiéndole y diciéndole que tiene un amante; también tendrá que divorciarse de él; y será expulsada del hospital por faltar a su trabajo ya que ha sido declarada “enemigo del pueblo”: la obligación del secreto impuesto por Stalin no implicaba en nada al viejo dictador: la responsabilidad de no acudir al hospital o divorciarse era de la magnetizadora.

Sobre el escenario el diálogo entre Stalin y Olga centra la tragedia; mejor sería decir el monólogo staliniano; pero también son tragedia las escenas de la vida privada de Olga; por ellas el espectador es llevado a la época, conoce la represión contra las batas blancas, el terror a que se sepa el origen semijudío de Olga, el miedo que impera en cualquier casa ante una llamada a la puerta. La médico es recogida por miembros de la guardia personal de Stalin en el momento en que éste decide tener su tiempo de masaje, y cuando es secuestrada por primera vez, Olga no sabe siquiera qué ha hecho ni adónde va: el terror del régimen siempre hace pensar a todos en las celdas de la Lubianka.

Flotats, con su presencia, anima un personaje que pueda parecer en primera instancia el “padre de todos los rusos”; Stalin, en lo privado, es como cualquiera, tose, se abrocha los pantalones, etc.: su primera aparición, con la servilleta colgada del cuello porque acaba de comer, puede sugerir que se trata de una ser normal; pronto se ve que no, que todas sus palabras salen de un dictador que no tolera que Olga hable, con gestos de una violencia de poderoso efecto dramático; en la misma dirección terrible van sus palabras cuando impone a Olga que se divorcie y cuando le ordena sufra todo el gasto de sus ausencias como médica.

Es el dictador en zapatillas lo que Flotats encarna magníficamente, con sus prodigiosas dotes de actor, su dicción, su poderosa voz; pero es un dictador de andar por casa que no deja de ser dictador ni a la hora de echarse en el sofá para que lo alivien de sus dolores. Stalin afirma que él es “sólo Stalin”, que no puede hacer nada –salvo meter a Olga en un callejón sin salida–; y como el dictador que nosotros tuvimos, aconseja que lo mejor es no meterse en política; Franco tampoco se metía en política. Esa doble faz del personaje es lo que Flotats modula a la perfección, bien ayudado por una Carme Conesa perfecta en su papel de humillada, ofendida y encerrada en un silencio que le cuesta parte de su vida. Y les acompañan perfectamente, en la misma altura de rigor, Pere Eugeni Font, Pepa Arenós, Pep Sais, etc.

En camino hacia los zares demócratas. Esa figura de dictador es la que ha marcado el siglo veinte con Hitler, con Stalin, con Mussolini, con Franco: millones de muertos entre los cuatro –por hablar sólo del entorno cercano y no salir de Europa–; en esa dirección apunta la crítica de la dictadura, de cualquier dictadura, que Stalin es; Flotats cierra así un ciclo dramático que ha tenido a dictadores por eje o por daños colaterales: su primer estreno, tras volver de Francia, fue Una jornada particular, de Ettore Scola, que abordaba la Italia mussoliniana; luego vino París 1940, centrada en la Francia ocupada por la expansión hitleriana. Y en el montaje recién estrenado, Stalin, hay una coletilla macabra: después de los zares, llegaron los zares soviéticos, y los herederos de éstos son los “zares demócratas”, que utilizan las urnas y los votos para lo mismo; no sé si è vero, pero el hijo de Olga, nacido después de los hechos que la obra de teatro recoge, ofrece un dato que dramáticamente está ben trovato: el cocinero de Stalin en su tierra natal de Georgia, donde pasó dos meses de vacaciones incorporando a la magnetizadora a su séquito, ese cocinero apellidado Putin que llevaba a Olga las comidas, sólo una vez le dirigió la palabra: para decirle que acababa de ser abuelo de un niño llamado Vladimir Putin. El mismo que, después de pasar por la jefatura de los servicios secretos, se ha convertido en Zar, pero demócrata.

Stalin es, como pieza dramática, como teatro un prodigio de rigor, de ese rigor que suele faltar en nuestros escenarios y que quien haya visto cualquier espectáculo de Flotats conoce: la magnífica escenografía de Jon Berrondo, que convierte el escenario en una especie de mazmorra donde todos los personajes están apresados, se ve ayudada en esas intenciones por el diseño de luces de Albert Faura. Son pocas las veces que, en nuestro teatro, hay que agradecer audacia y trabajo riguroso, inteligencia y capacidad artística: este Stalin escrito, dirigido e interpretado por Josep Maria Flotats es una de esas veces.

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