Hemeroteca Lista La trinchera de papel
Nº 758 - 15 de octubre de 2007

Parad ya el carro

por Joaquín Leguina

La apabullante presencia del argumentarlo nacionalista periférico en la agenda política española hace recomendable, pienso yo, un nuevo repaso a esa ideología, pero no partiendo de los grandes mitos y manipulaciones tradicionales, propias de estos nacionalismos, sino a su expresión inmediata, de hoy mismo, y se puede hacer a través de un análisis cualitativo realizado por Helena Béjar', profesora titular de Sociología de la Universidad Complutense.

Veamos resumidamente las características del discurso nacionalista periférico detectadas por el estudio y no creo necesario tener que explicar el contenido mítico (cuando no directamente mentiroso) de un discurso que resulta ser –antes que cualquier otra cosa– profundamente reaccionario:
Esencialismo. "Cataluña es una identidad con raíces y lengua. Ello justifica la conciencia pueblo". La lengua hace a quienes la usan miembros de una nación, no es un vehículo para la comunicación, es la expresión de la conciencia nacional. Aceptar el bilingüismo (en Cataluña, País Vasco o Galicia) sería aceptar la existencia de identidades complejas y el nacionalismo requiere de una comunidad homogénea, por eso detesta el bilingüismo.

Organicismo. La nación (Cataluña, País Vasco, Galicia) es un organismo vivo, personal, con un espíritu y un sentimiento propios e identificables.

Historicismo. La nación es el producto de una historia antigua cuya "cultura" maltratada se ha bruñido en largas guerras. "Los vascos somosel pueblo más antiguo de Europa", "El pueblo vasco tiene siete mil años de Historia", acaba de decir Ibarretxe sin que le temblara la garganta al emitir semejante rebuzno.
Autenticidad. La versión moderna de este valor romántico es el diferencialismo. La diferencia respecto a los otros, como valor supremo frente a lo común.

Victimismo. Existe una injusticia histórica que ningún acto de expiación por parte de España podrá borrar. Por lo tanto, las demandas de los nacionalistas están condenadas a transformarse, pero no a saciarse. La necesidad de un enemigo, España, es la mayor constante en el ideario nacionalista.

El No-reconocimiento de España es la consecuencia de todo lo anterior. "España no existe", "España no tiene nombre", por eso se la moteja como Estado español, cuando no se la reduce a "Madrid", el polo del poder transformado en enemigo, quienquiera que sea el que gobierne en ese lugar remoto y ajeno.

Una variante de esa falta de reconocimiento –muy significativo a propósito de lo que aquí estoy planteando– es lo siguiente: la visión que los nacionalistas periféricos tienen acerca del nacionalismo español al que ven, a la vez, como doliente (siempre quejándose de la pérdida de su antigua grandeza) y autoritario (franquista). De esta guisa, los periféricos consiguen colocar a los nacionalistas españoles entre la espada del franquismo y la pared de la negación o del silencio. En otras palabras: los nacionalistas periféricos plantean la paradoja de una nación, España, que si no se autoafirma demuestra su inexistencia y si se exhibe muestra su carácter franquista. Ésta es, a mi juicio, la trampa en la que se halla presa una buena parte de la izquierda española.Ésa es la jaula cuyos barrotes es preciso romper, porque como escribe Helena Béjar, "la izquierda identifica descentralización con progresismo, mientras los nacionalismos periféricos convierten a España en una noción retórica".

En el estudio ya citado, la investigado ra no encuentra referencia al españolismo tradicional en ningún grupo de estudio, ninguna nostalgia parece existir del franquismo ni de la España centralista entre los encuestados, pero tampoco abundan (excepto entre aquéllos con un discurso intelectualmente elaborado y próximos al PP) los proclives a la defensa de una España como nación política y cultural, con una lengua, una historia y ascendencia comunes. Ahí, en este déficit, radica, en mi opinión, una gran debilidad: la que favorece la idea de unos nacionalismos, los de las naciones sin Estado, como "progresistas" para la izquierda bien-pensante.

En estas condiciones, me atrevo a asegurar que cualquier apelación a la pertenencia ciudadana, a la racionalidad, a la Constitución... Todo lo que se haga en pro de un lenguaje de compromiso democrático, de la ciudadanía incluyente, de un patrimonio constitucional común serán piezas intelectualmente solventes y útiles... pero insuficientes. ¿Por qué?

Porque ese discurso tiene un gran déficit emocional. España no es sólo un Estado que ha de proteger a sus ciudadanos: "Cuando veo la bandera de España en un edificio público sé que allí se me está defendiendo y si no la veo no lo sé" (Fernando Savater). España es, además, una nación de la que nos sentimos miembros. La identidad ciudadana, post-nacional y europeísta, siendo elogiable y deseable, resulta, a todas luces, incompleta a la hora de construir unos anclajes sociales eficientes, capaces de parar la actual ola disgregadora.

Es preciso reconstruir (o construir) en España un nacionalismo democrático insertado en la tradición liberal –la de Ortega, la de Fernando de los Ríos, la de Giner, la de Prieto, la de Azaña–, en lugar de destruirlo o desmontarlo, y para ello la izquierda –ella sobre todo– tiene que echarle siete llaves al sepulcro del franquismo y, en consecuencia, también al del antifranquismo. Un franquismo que, predicando su particular patriotismo, lo que consiguió fuequebrar la conciencia nacional, al identificarse él con España, motejando a quienes se le oponían de Anti-España. Un franquismo que, a la postre, sirvió, además, para justificar un victimismo revanchista que no deja de hacerse oír, con ocasión o si ella.

Buena parte de la generación de 1968, a la que yo pertenezco, sigue presa de una inercia absurda que –como dice la profesora Béjar– "le impide abrazar la bandera española como propia, mientras se muestra tolerante con la continua y ubicua exhibición de las banderas catalana y vasca, encarnaciones de un patriotismo, ése sí, respetable".

Hablemos, al fin, claro: Prat de la Riba y otros "regionalistas" (así se hacían llamar los fundadores del catalanismo) no proponían la independencia de Cataluña, y no la proponían no porque no la desearan, sino porque sabían que eso era imposible. Percibían con claridad que frente a esa aspiración existía una apabullante mayoría... y hoy sigue existiendo esa mayoría contraria, pero sus representantes políticos son, a menudo, incapaces de plantarse y –emulando a Alan Ladd frente a Jack Palance en Raíces profundas– decir a los nacionalistas: "No sigan ustedes por ese camino". Aunque, a lo mejor, para que este "basta ya" se produzca haya que cambiar la Ley Electoral... pero ése es otro asunto, dentro, eso sí, de la misma triste historia. •
1 Los discursos del nacionalismo en España. Claves de razón práctica. N° 174. (Para el estudio se trabajó con 17 grupos de discusión en Madrid, Toledo, Barcelona y País Vasco).

Hemeroteca Lista La trinchera de papel