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Nº 758 -15 de octubre de 2007 |
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Educación para la economía por Carlos Berzosa A cabamos de comenzar el curso escolar y el universitario y millones de niños y jóvenes de nuestro país participan en las aulas de ese largo proceso de aprendizaje del que deben salir personas adultas formadas y capaces de vivir en las sociedades complejas que hemos construido. Más allá de las sucesivas reformas legislativas sobre la enseñanza, la situación de nuestras escuelas y centros de formación y el papel que juegan los docentes son objeto de continuo interés. No puede ser de otra forma ya que la educación es concebida como la pieza clave de la estructuración de nuestra sociedad, actúa como motor del cambio social y está en la base del progreso económico. Por eso, si nos preocupa nuestra economía tenemos que echar también una mirada a la educación. Ya sabemos que la educación es objeto de una preocupación general. Sólo que en el caso de nuestro país esa preocupación debería ser incluso mayor si cabe, ya que si nos fijamos, por ejemplo, en programas como el de Evaluación Internacional de Alumnos (Informe PISA), que analiza la preparación de los estudiantes de secundaria (15 años), no quedamos precisamente en buen lugar en el conjunto de la OCDE en lo que respecta a matemáticas, ciencia y lectura. Cuando se conocieron esos datos saltaron muchas alarmas y prácticamente todos comenzamos a preguntarnos qué estaba ocurriendo con la educación en nuestro país, en la que no alcanzamos el nivel que nos corresponde por nuestro grado de desarrollo económico. En aquel momento fueron muchas las preguntas que nos hicimos. Por ejemplo, qué nos diferencia de Finlandia, Hong Kong o Corea del Sur,que lograban los mejores resultados en el estudio, además de gastar más en educación. Las respuestas eran muchas y variadas, pero algunas Ilamaban la atención. Por ejemplo, en esos países los profesores son más valorados y gozan de mayor respaldo social, sobre los alumnos se ejerce una gran presión para que se esfuercen y obtengan buenos resultados y padres y profesores se ocupan de fomentar en los niños la lectura, primando, como en Corea, la interpretación de todo tipo de textos, aunque no sean literarios. ¿Es esa la situación que tenemos nosotros? Parece que no. Al profesorado no se le otorga el reconocimiento social que debiera y a veces puede incluso sentirse desautorizado por los padres de los alumnos o por los propios alumnos cuando éstos no observan un comportamiento adecuado en el aula. En cuanto a la lectura, seguimos cosechando unos índices muy bajos, cada vez más difíciles de mejorar ante la competencia de los medios audiovisuales, que proporcionan mayor entretenimiento y cuya contemplación requiere mucha menos atención y resulta más gratificante. José Antonio Marina suele utilizar un proverbio africano que dice que para educar a un niño hace falta la tribu entera. Y, efectivamente, así es. Tiene poco sentido que desde la escuela o la familia se transmitan unos valores y desde los medios de comunicación sujetos al mercado publicitario y a la conquista de audiencias numerosas se promuevan otros que entran en contradicción con lo enseñado. Desde la publicidad, desde la pequeña y la gran pantalla, se incentiva el consumismo y se promueven valores como la competitividad, entendida como agresividad frente al otro para ser el primero en todos los campos; el éxito, asociado al consumo de determinadas marcas y productos, o se vende una falsa idea de libertad, concepto que nunca antes ha sido tan ma noseado como ahora y se asocia por ejemplo a la posesión de tal o cual vehículo u otros productos de consumo. Es evidente que necesitamos transmitir valores a nuestros jóvenes, unos valores que, desde mi punto de vista, han de ser compartidos por todos, independientemente de las opciones religiosas, morales, filosóficas o políticas de cada uno. Unos valores que están en nuestra Constitución y que, partiendo de la separación entre Iglesia y Estado, sean capaces de articular la convivencia social y el interés general. Todo ello debe hacerse sabiendo que la misión de las instituciones docentes debe ser la de formar buenos profesionales, sí, pero también personas cultas y libres con capacidad de razonar, de cooperar y de contribuir al desarrollo sostenible del país.• |
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