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Nº 758 - 15 de octubre de 2007

50 años después de la riada de Valencia

Inundaciones:  lo que no se contó

Arroyos y aprendices de río que se convierten en salvajes serpientes que arrasan todos aquellos lugares por los que atraviesan, catástrofes repetidas en el tiempo y rememoradas con un tono casi apocalíptico e inevitable, aguaceros que derivan en tragedia...En 1957 las inundaciones de Valencia, de las que ahora se cumple el medio siglo, significaron todo un aldabonazo. Una jornada devastadora con imagenes parecidas a las que se han repetido en diferentes ocasiones, y cuyas causas trascienden de la mera crónica de sucesos; tal y como se pudieron contar antaño, en aquellos días de finales de los 50 en los que se apuntaba un cierto atisbo en la mejora de los niveles de consumo ciudadano. Las cosas, sin embargo, no siempre ocurrieron como se narraron entonces.

Por Manuel Espín

Todavía hoy en un local cercano a la plaza del Parterre en Valencia una placa recuerda con una línea los más de dos metros que alcanzaron las aguas del Turia en aquel maldito 14 de octubre de 1957, cuando todavía no se hablaba de “gota fría”, que se llevó a más de 80 personas a la tumba y las aguas arrasaron las tres cuartas partes de la ciudad. El día aciago tiene todavía hoy muchos testigos. Un hombre que hoy cuenta poco más de medio siglo recuerda cómo desde su vivienda en la calle de la Paz se asomó y vio una barca, corriendo al interior a dar la noticia sin que casi creyeran al entonces niño de parvulario. Otra mujer tiene grabada en su retina la instantánea de la plaza del Ayuntamiento –entonces denominada Plaza del Caudillo y coronada por la estatua ecuestre de Franco–, epicentro de las Fallas, anegada de agua por todos los lados. O la valla de hierro de la preciosa estación central de tren arrasada por la riada, que se llevó por delante el circo ambulante donde trabajaba la trapecista Pinito del Oro. Aún en una fotografía del centro de la ciudad un escaparate exhibe viejas imágenes de la inundación para quienes no la conocieron. Es un episodio clavado en la memoria colectiva de la capital valenciana.

Y, sin embargo, las riadas se han venido sucediendo desde la fundación de la ciudad por Roma, en el año 138 antes de Cristo. Desde el siglo XIV hay constancia escrita de inundaciones devastadoras, que se han venido repitiendo muchos otoños. Por ejemplo, la noticia que Carlos V tuvo de los cientos de muertos de la riada de septiembre de 1517 que cronistas de la época calificaron el 27 de septiembre como “el día más nefasto de todos los tiempos”. Pasaron muchos siglos hasta la España de la década de los 50, en medio de una crisis económica y de cambios que había desterrado definitivamente la autarquía al baúl de los sueños imposibles del falangismo, reemplazándola por un principio de apertura a los mercados impulsada por algunos sectores de la economía y recibida con más resignación que ilusión por Franco, como un camino sin otra alternativa, pero que, paradojicamente, salvaría al Régimen de un crack del sistema por la vía más frágil, la de la peseta y el sistema económico. Después de una noche de intensas lluvias los afluentes del Turia volcaron sus aguas torrenciales en el río, que se salió de su cauce a primera hora de la mañana del 14 de octubre, después de provocar muchos daños en pueblos como Manises o Ribarroja, entonces núcleos rurales y hoy también ciudades-dormitorio de la capital. Al salirse de su cauce las aguas alcanzaron barrios del centro como el del Carmen, y llegaron a Nazaret y al Cabañal. Pero lo peor habría de producirse por la tarde, cuando tras una intensa tormenta en la que se registraron hasta 100 litros por metro cuadrado en muy poco tiempo, una segunda avenida de agua provocó que la crecida alcanzara en algunos núcleos urbanos hasta los cinco metros. A medida que pasaban las horas la devastación era mayor, especialmente cuando se hizo de noche y la ciudad trató de sobrevivir entre el agua y el barro, sin los servicios mínimos. Las aguas alcanzaron insospechados lugares del centro –por ejemplo los dos metros en el Teatro Principal–, con casi 6.000 viviendas destruidas y unos 12.000 comercios arrasados.

La censura de entonces no permitía a una prensa sometida a los dictados de los artículos de obligada publicación la menor crítica a la actuación de las autoridades. Pero fue muy comentado, incluso en El Pardo, el papel del capitán general, que tardó mucho tiempo en sacar los soldados a la calle para auxiliar a las víctimas de la riada. Cuando las noticias sobre esa vacilación de la autoridad militar llegaron a Franco, se limitó a comentar, según la versión de su primo Francisco Franco Salgado-Araujo recogida en sus Conversaciones priavadas (Ed. Planeta. Barcelona, 1976) que “debía estar tan atrapado por las aguas como el resto de la población”. Muchas horas después se hicieron llamamientos a los militares disponibles para auxiliar a la población. El rumor sobre la tardía actuación militar debió correr por algunos círculos, tanto es así que uno de los varios No-Do especiales que se ofrecieron en las salas de cine las semanas siguienes a la catástrofe, insistían en “la pronta actuación de los militares para socorrer a la sacrificada población”, con imágenes, por otra parte de gran calidad, sobre los efectos de la riada en lugares de Valencia donde hoy nos parecería imposible que hubieran podido llegar las aguas.

En Valencia-57, como en otras inundaciones y catástrofes posteriores, se produciría un mecanismo de auxilio muy propio de la época, como es el del programa radiofónico y la caravana de solidaridad con los bienes más indispensables (en un momento en el que no existían apenas ONG, el tejido social apenas contaba ,y la resignada  reacción frente a las catástrofes se entendía con un sentido distinto al de nuestro tiempo). En Valencia el protagonismo lo tuvo un programa de Radio Murcia que, conducido por un profesional de la época llamado Adolfo Fernández, nucleó una campaña de auxilio a los damnificados de gran resonancia en su tiempo (como la que el entonces más popular personaje de la radio de los años 50 en España, Bobby Deglané, organizaría con motivo de las inundaciones de Sevilla de los primeros años 60, que se saldarían inesperadamente con una tragedia fuera de programa, cuando una avioneta que acompañaba a la caravana de recepción en la capital hispalense se precipitó contra la multitud en un inutil ejercicio de temeridad produciendo más de dos docenas de muertos).

Las inundaciones de Valencia sirvieron para que en pleno franquismo se redactara un plan denominado Sur que incluiría el desvío del río Turia con la creación de un nuevo cauce tres kilómetros al Sur, un proyecto ejecutado a lo largo de más de una década, al que ya en la democracia se daría lugar a la solución urbanística que ha transformado el perfil de la ciudad con la construcción de un eje cultural, de infraestructuras como el Palau de la Música o la Ciudad de las Artes y las Ciencias, y una sucesión de parques urbanos en el antiguo cauce del río. Las inundaciones, paradójicamente, contribuyeron a trasformar totalmente la ciudad, una urbe por otra parte que durante siglos se mantuvo de espaldas al mar, con una fachada en fase de recuperación que ha extendido un nuevo concepto de centro a zonas que antes eran periféricas o suburbiales.

Las otras catástrofes

F rente a una inundación o ante cualquier otra catástrofe producida por causas naturales cabe una doble perspectiva. Por un lado, la visión determinista, en la que se actúa una vez que la devastación se ha producido, sin un criterio de racionalidad, confiando en un providencialismo ante el daño, muy propio de antiguas sociedades o de las actuales carentes de recursos económicos, o incompletas desde el punto de vista del desarrollo social . Por el otro, la del ejercicio en las medidas de prevención y de protección, que en el caso de las inundaciones establecen un mapa de riesgos y unas estimaciones en las que figura como objetivo primordial la prohibición de construir en lugares por los que alguna vez han corrido las aguas, los cauces de los ríos o los lugares fácilmente inundables. A la vez, en una sociedad con una buena estructura social se definirán unos mecanismos de prevención frente a catásrofes, repetidas en el tiempo y sobre las que hay constancia, y un ejercicio de actividades de coordinación, además de unos recursos para reaccionar frente a lo imprevisto. Los ejemplos del tsunami son tan explícitos como los de los huracanes y tifones que cruzan repetidamente por Centroamérica. Entre el aviso de la ola gigante o los vientos desatados pueden transcurrir hasta horas que en una situación similar en un país bien estructurado permitirían afrontar una disminución de los riesgos, mientras que en aquellos en los que la población aparece abandonada a su suerte los avisos se van a producir tarde o no van a llegar a toda la población. Cada año los monzones producen miles de víctimas en países como Bangla Desh sin que se puedan adoptar medidas para paliar esas catástrofes cíclicas; frente al ejemplo de las devastadoras inundaciones del centro de Europa de hace cuatro años que, pese a sus daños humanos y materiales, tuvieron un menor alcance que las que hubieran tenido lugar en otras culturas. Es lo que tantas veces se ha comparado, el efecto de un terremoto en Irán o en otro país en vías de desarrollo, con construcciones deficientes y recursos escasos, y el de Japón donde aparecen unos mecanismos estables de prevención de seísmos. Ni siquiera la pertenencia al “primer mundo” asegura una eficaz reacción frente a la catástrofe si no existe una cultura preventiva, tal y como se puso en evidencia con las enormes carencias y la tardía reacción de la administración pública frente al huracán que devastó Nueva Orleans y la costa del Golfo en Estados Unidos. La responsabilidad sobre los efectos definitivos de la devastación no corresponde sólo a la naturaleza sino también a la ineptitud, a la frivolidad o a la ineficacia de quienes ejercen algun tipo de responsabilidad sobre sus coetáneos.

Esa ausencia de responsabilidad típica de una dictadura cerrada en sí misma se pone de relieve en una de las catástrofes más dolorosas de los tiempos del franquismo, y hoy practicamente desconocida: la rotura de la presa de Ribadelagos, el 9 de enero de 1959. En una aciaga noche la presa se vino abajo devastando este pueblo zamorano, situado cerca del lago de Sanabria, con el resultado de unos 150 muertos de los que sólo se recuperaron una treintena de cadáveres. Las informaciones que ofrecía el No-Do de la época, con mucha menor atención que la riada de Valencia, además de ofrecer imágenes de los barrizales por donde habían pasado las aguas de la presa, se detenían en las consecuencias de la catástrofe sin detallar el número de víctimas, ofreciendo como aparente consolación que “el Caudillo (había) decidido adoptar a los supervivientes”. En los años siguientes se creó un nuevo núcleo de población denominado Ribadelagos de Franco, un “pueblo modelo” según la arquitectura de la época, que hoy tiene un cierto viso de desolación con su enorme cine abandonado y en una aparente decadencia, dentro de una comarca de singulares valores ambientales y paisajísticos. Hablar de investigación sobre causas y de aparentes responsabilidades directas o indirectas en ese tiempo parecía imposible, como si ocurría en plena Transición con la rotura de la presa de Tous.

Como secuela de otra gota fría, las intensas lluvias caídas sobre las cabeceras de los ríos afluentes del Júcar, en octubre de 1982, provocaron que un aluvión de agua se precipitara sobre la presa de Tous, haciéndola finalmente reventar arrojando su caudal sobre la comarca de La Ribera en Valencia, una de las tierras con mayor productividad agrícola de la Península. En aquella época, sin embargo, no se dieron las circunstancias sociales del final de los 50 cuando se rompió la presa de Ribadelagos. Desde el primer momento los medios dieron cuenta de la suma de fallos e imprevisiones que habían contribuido a agravar la catástrofe con varias decenas de muertos e intensos daños. En la tarde del 20 de octubre del 82 se sucedieron las órdenes contradictorias del Gobierno Civil evacuándose varios pueblos de la Ribera, poniéndose en alerta a otros, mientras en algunas poblaciones no incluidas en la zona de evacuación el agua ya empezaba a inundar sus calles. La presa quedó sin electricidad, con fallos explícitos en los mecanismos técnicos y humanos; incluso con testigos que desde antes de la catástrofe advirtieron de que la presa estaba a punto de desbordarse y romperse. Duante más de dos décadas los múltiples afectados por la rotura de la presa reclamaron por vía judicial, depurándose unas responsabilidades que terminarían por ser dilucidadas en 2002 con la concesión de un crédito extraordinario al Gobierno para el pago de las indemnizaciones derivadas de fallos judiciales en las que el último responsable económico era el Estado. Nada que ver con el caso de Ribadelagos.

El peligro de los cauces. Una responsabilidad aún más importante incumbe a los poderes públicos en esta materia: la falta de medidas para paliar las construcciones en lugares susceptibles de inundación. En principio, cualquier lugar por donde hace años o siglos ha corrido antes el agua. El urbanismo de aluvión de los años 50 en nuestro país, o el del desarrollismo de las décadas posteriores ha dado lugar a que se construyera en lugares inverosímiles. Grave es la presencia de las llamadas infraviviendas en las riberas de los ríos, muchas de ellas ilegales, como pudo ocurrir en las inundaciones del Vallés de 1962 o en las de la ciudad de Badajoz de 1997, pero mucho más lo es la autorización tácita o expresa para levantar infraestructuras de nueva planta o explotaciones como algunos camping en lugares que son salida natural de evacuación de las aguas, tal y como pudo ocurrir en la catástrofe de Biescas de 1966.

Al urbanismo, o mejor a su falta, en el aluvión de los inmigrantes llegados al cinturón industrial de Barcelona en los años 50, con viviendas muchas veces construidas por sus propios moradores, alzadas en lugares cercanos a cauces secos de arroyos o de ramblas se imputa una parte de la magnitud de una catástrofe como la de las inundaciones el Vallés de 1962. En la noche del 29 de septiembre una lluvia breve pero intensa se precipitó sobre la provincia de Barcelona. Las aguas de un pequeño arroyo sin encauzar como el Ripoll arrasaron Terrassa y Rubí, especialmente en barrios de inmigración alzados en pleno éxodo del medio agrario hacia la Cataluña industrializada de la mitad del siglo pasado. Toda la comarca sufrió la batida de las aguas, con puentes hundidos (las crónicas de la época mencionan la peripecia del ferrocarril Barcelona-Terrasa,línea actualmente dependiente de la Generalitat, aislado entre las aguas con más de 100 pasajeros mientras el puente se hundía nada más atravesarlo). Los muertos en el Vallés alcanzaron la cifra de varios centenares, con un mecanismo de solidaridad que alcanzó incluso a los exiliados españoles en Francia, incluido Picasso. El pequeño Ripoll, casi una cloaca al aire libre, era un ejemplo de pequeño eje de agua transformado en una voraz turbina capaz de arrasar puentes taponados por basuras y escombros, y endebles viviendas construidas en su cauce natural de salida.

La historia casi se vendría a repetir en 1997 con la veintena de muertos de Badajoz, donde tras una intensa tormenta dos o tres arroyos como el Calamán y el Rivillas (donde ya en la década de los 40 y los 50 se habían producido inundaciones sin víctimas humanas) devastaban las viviendas de emergencia, construidas en muchos casos directamente por sus propios habitantes en un tiempo en el que cada cual podía instalar su vivienda en el suburbio allí donde le parecía. O la tremenda catástrofe del camping de Biescas en agosto de 1996 con 87 muertos tras una riada de 500 metros cúbicos por segundo en el barranco de Arás, arrastrando toneladas de sedimentos que en poco más de un minuto destruyeron las pequeñas presas de contención hasta derivar la avalancha al cauce artificial construido en los años 50, que al verse taponado forzó a que las aguas buscaran otra salida en la explanada del camping produciéndose la gran catástrofe.

La construcción en lugares inadecuados también contribuyó a agravar las catastróficas inundaciones del Sudeste de 1973, nueva secuela de una típica “gota fría” de otoño, en la que Murcia, Almería y Granada sufrirían las consecuencias con dos centenares de muertos y grandes pérdidas. En este caso se repitió la historia de las construcciones en riberas y en cursos secos de arroyos por los que hacía años que nunca habían corrido las aguas de un río. Y todo ello agravado por una orografía muy peculiar en la que los cursos cortos de las ramblas y ríos con mucha pendiente hacen que ante una tormenta con gran pluviosidad las aguas se precipiten sobre todo lo que encuentran a su paso. Cuanto más en el caso de riberas mal cuidadas, con escombros y desechos de vehículos abandonados depositados en las laderas por momentos secas de ríos y arroyos, que impiden la salida natural de las aguas en cuanto se produce un aluvión.

En buena parte  las inundaciones  se repiten en la historia de nuestro país, con especial incidencia en los otoños del Mediterráneo, donde se producen trombas de agua sobre puntos locales en zonas afectadas por climatologías extremadamente áridas. La prevención no afecta sólo a la inversión en obras públicas, para el mantenimiento y cauce de los ríos, o en su caso para las actuaciones que puedan corregir determinados cursos de ríos y de arroyos (como ha ocurrido en Valencia), sino también al desplazamiento de poblaciones a lugares más altos, y, desde luego, a la prohibición de construir en lugares que forman parte de la salida natural de las aguas. Pero por encima de todo plantean como muy necesaria la existencia de una “cultura de la prevención” que propicie una coordinación de los distintos recursos para hacer frente a una situación de emergencia. Lo terrible de situaciones como la de la catastrofe de Goma en el Congo, donde la lava de un volcán destruyó totalmente una población, es que más de un lustro después de la devastación los supervivientes hayan tenido que volver a construir sus viviendas sobre la misma lava con el riesgo de que en el futuro pueda repetirse la erupción. O el de los pobladores de las costas afectadas por el tsunami del Índico, que han vuelto a asentarse en las mismas franjas de costa donde se produjo el mayor número de víctimas. Ante un mecanismo de prevención de catástrofes cabe hoy una exigencia de responsabilidad social que pasa en primer lugar por las propias administraciones. Segun la Coordinadora de Organizaciones de Defensa Ambiental en nuestro país hay 25.000 viviendas construidas sobre zonas inundables con unas 2.000 alzadas sobre dominio público hidraúlico. Cada otoño el fenómeno de la gota fría se repite con mayor o menor intensidad en muchos territorios. Sus repercusiones pueden atenuarse en función de decisiones absolutamente imprescindibles en una sociedad democrática. L

DESPIECE 1

Valencia-57: ¿por qué no fue Franco?

El alcance de la doble riada de octubre de 1957 sorprendió no sólo a Valencia, sino a toda España por tratarse de una gran ciudad, la tercera de España por población, anegada no sólo en su perifera y alrededores, sino en el centro mismo de su casco urbano. Tan sólo en unas inundaciones como las de Bilbao de los primeros años 80, infinitamente menos dañinas en víctimas y daños materiales, el agua afectaría a zonas céntricas (en este caso a una crecida de los caudales fluviales que vierten en la ría, a lo que se uniría la subida de la marea para provocar el desastre). En Valencia la invasión de barro y de lodo duró muchos

días, en un tiempo en el que no se disponía de los recursos técnicos y económicos de nuestro tiempo. A través de uno de sus ministros Franco fue informado de que el capitán general, teniente general Ríos Capapé, había tenido una tardía reacción frente a la catástrofe, sin la suficiente decisión para acudir en socorro de las víctimas desde los primeros momentos. “Parece que no estuvo a la altura de las circunstancias –decía Franco a su primo Salgado-Araujo–,y que no tuvo la menor iniciativa en los primeros días”, tal y como lo recogía este último en su diario del 19 de octubre. Pero unos cuantos días más tarde, el 9 de noviembre, ponía en boca de Franco un comentario rectificador, tras una comparencia personal del alto militar en El Pardo: “El capitán general y su Estado Mayor se dedicaron a vencer sus propias dificultades –dijo Franco a su primo–; tenía un metro de agua a su alrededor.Teniendo que dejar sueltos a muchos caballos y mulos para que no pereciesen ahogados”(...) El capitán general envíó a El Grao un camión para recoger al gobernador civil que se encontraba aislado en la azotea de la Comandancia de Marina”. Franco añadía a continuación lo satisfecho que se encontraba por la actuación de la Comandancia, “que actuó rapidamente, dado que los marinos de los buques de guerra podían ir en botes y efectuar muchos salvamentos(...)”.

En los días siguientes a la inundación, Salgado se preocupaba por que Franco no hubiera acudido poco después de producirse la riada a la capital del Turia. “Él dice que se ocupó –escribía Salgado–,y yo le insisto en que sería bien vista su presencia”. “Considero más práctico y útil enviar a cuatro ministros para que me informen de todo. Me parece excesiva la lista de peticiones que hace el alcalde de Valencia”, le comentó el Caudillo según su versión.

Era una forma de entender el gobierno estableciéndose una gran distancia entre El Pardo y “las provincias”. En nuestros días sería escasamente entendible una situación de emergencia en la que las máximas autoridades no acudieran en el más breve plazo al centro de una gran emergencia. Se criticó mucho a Bush precisamente por la tardanza en acudir personalmente a Nueva Orleans en los días inmediatamente siguientes a la inundación.

DESPIECE 2

Valdepeñas: la catástrofe ‘oculta’ de la Transición

 No deja de parecer sorprendente la inundación, en 1979,  de Valdepeñas  (Ciudad Real), una ciudad situada en un eje de comunicaciones tan importante como la vía que une Madrid con Andalucía, donde una fuerte precipitación sobre un territorio tan llano como La Mancha provocó que los cauces de los arroyos secos se inundaran taponados en muchos casos por las mal conservadas o deterioradas orillas que impidieron la salida natural de las aguas, anegando la ciudad con el resultado de unos 25 muertos y graves daños en el patrimonio.

Pero mucho más sorprendente desde otro punto de vista es este suceso del que apenas hay constancia en la memoria de la Transición. Por no haber ni siquiera hay imágenes en movimiento de la riada. La cobertura de TVE se limitó a un flash con una fotografía de la ciudad interrumpiendo la programación, y algunas noticias en los telediarios acompañadas de fotos de agencia. En un momento en el que todavía no se había constituido la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y funcionaba un órgano provisional del que formaban parte los parlamentarios elegidos en las provincias de la región ni los Reyes, ni ningun otro miembro de la Familia Real acudió a Valdepeñas, limitándose la representación oficial a la del ministro Sancho Rof en nombre del Gobierno.

“Incidieron una serie de causas más allá de la cantidad de agua caída –reconoce Eduardo Merlo Carrero, joven periodista de Valdepeñas autor del libro que el Ayuntamiento ha editado en el aniversario de la catástrofe–, como la imprevisión respecto a los cauces, las construcciones desordenadas y un urbanismo muy mal estructurado. La catástrofe pertenece a la memoria viva de la ciudad que se ha transmitido, incluso, a los que no habíamos nacido cuando sucedió”. Podría entenderse también ese abandono por parte de los políticos de la Transición como un símbolo del papel secundario que en ese momento ocupaban muchas provincias y territorios, cuando aún no existía el Estado de las Autonomías. Hoy parecería inpensable esa desatención en  un suceso similar o de dimensiones mucho más reducidas en cualquier otro lugar de nuetra geografía. La noticia de la tragedia de Valdepeñas apareció durante un par de días en la prensa nacional,  sin ocupar los principales titulares, tuvo una presencia en los informativos de TVE, la única existente en esa fecha, sin que acudieran equipos de rodaje, sin apenas cobertura informativa: con lectura de teletipos sobre fotos en los programas de noticias. Entre otras cosas por el reducido nivel de la representación institucional.

DESPIECE 3

La ‘riada de Santa Teresa’: el “diluvio mortífero”

 Muchos de los tímidos y casi siempre secos ríos de la vertiente mediterránea encierran dos terribles caras, como en el Júcar y el Segura. La historia de este último es la de una permanente amenaza sobre las tierras de Murcia. En 1545 se tiene constancia de una inundación que casi destruyó la capital y su entorno. Pueblos próximos como Alcantarilla o Alguazas debieron alzarse de nuevo en zonas más altas. Cronistas de la época hablaron de “un pedazo de oceáno” en lugar de la ciudad de Murcia. Pero la más grave inundación pudo ser la de 1879 conocida como la riada del día de Santa Teresa (todavía hoy figuran algunas menciones a ese suceso en paredes de edificios de la capital del Segura). El 14 de octubre de ese año empezó a llover torrencialmente, alcanzandose probablemente los 1.900 metros cúbicos por segundo, lo que en la prensa de la época se denominó “el diluvio mortífero”. El número de muertos se acercó al millar con graves daños en la ciudad y la cuenca central del Segura. La noticia tuvo una dimensión internacional de relieve en la prensa europea de la época. Desde Isabel II en el exilio hasta el Papa León XIII pasando por el millonario Alfred Krupp participaron en donaciones benéficas a favor de los damnificados.

En un tiempo en el que la sanidad pública era casi inexistente después de la inundación se desató una epidemia de tifus y de enfermedades infecciosas que se extendieron a otras zonas del país alejadas del lugar de la inundación. La magnitud de la inundación hizo a Joaquín Costa poner como ejemplo de mala gestión del agua al Río Segura pidiendo que fuera encauzado, al tiempo que proponía la creación de canales y el desvío de ríos para evitar tragedias y para el mejor aprovechamiento de los riegos. Y todo ello tratando de controlar no sólo las inundaciones, sino la sangría de emigrantes desde una zona de gran población como el centro de Murcia hacia Argelia –olvidado punto de destino de la emigración española principalmente de Baleares o Murcia a finales del siglo XIX y principios del XX– o Cataluña. En la segunda mitad de los años 40 del pasado siglo se repitieron inundaciones esta vez sin víctimas humanas, mientras se creaban los embalses de regulación de la cuenca del Segura. Como el Júcar, otro traicionero capaz de transformarse de tímido reguero de agua casi seco en el estiaje en feroz látigo gigante de agua.

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