¿Qué falla para que aún haya
partido?
Le acusan a José Luís Rodríguez Zapatero –desde algunos sectores de su partido o de sus alrededores–, de haberse metido a lo largo de esta legislatura primeriza en demasiados jardines. O, como dicen los Pepito Grillo de turno, en muchos charcos a la vez.
Se lo reprochan cuando se atisba ya marzo y la alegría socialista de este verano se ha ido disipando a medida que llegaba el otoño.
Las encuestas más recientes han provocado un estado de temor más bien fundamentado. No hay manera de que, en los sondeos, el PSOE se despegue del PP con holgura. Lo curioso, sin embargo, es que Zapatero sí que ha logrado distanciarse en relación a Mariano Rajoy.
¿Es suficiente este indicador, tan significativo –según los expertos–, para que recupere el sosiego la tribu progresista? La mayoría de los ciudadanos, por otra parte, aseguran que prefieren que gobiernen los socialistas. Otro indicador relevante. Como lo es la respuesta a esta pregunta clave: ¿Quién cree usted que vencerá en las urnas? La contestación es clara: triunfará el PSOE.
No faltan quienes recuerdan estos días las elecciones de 2000. Nadie vaticinaba entonces mayoría absoluta del PP. Hubo optimistas que contemplaron la posibilidad de un Gobierno multicolor que ubicara a la derecha en la bancada opositora. Pero la izquierda se hizo el haraquiri con la abstención.
Al final, sin embargo, la sorpresa fue mayúscula, incluso para no pocos líderes conservadores. Como acabó siendo otro episodio imprevisible, cuatro años después, el resultado del 14-M. Claro que por medio hubo la masacre del 11-M.
Pero no hay que buscar en los terroristas, sino en la gestión desdichada que hizo Aznar de los más graves atentados, la causa del vuelco electoral.
Es verdad que Zapatero ha mantenido abiertos diversos frentes de gran calado emocional, susceptibles de ser examinados desde las vísceras y no desde la razón por parte de una derecha resentida, deseosa de revancha y particularmente arcaica.
También resulta cierto que no ha obtenido llamativos sobresalientes en las materias más decisivas. La asignatura del Estatuto catalán fue aprobada por los pelos. Y suspendida la correspondiente a la OPA de Endesa. El proceso de paz no acabó bien. E Ibarretxe ha retornado a sus delirios soberanistas, quebrando en parte las excelentes relaciones entre PNV y Moncloa.
Pero todo esto no invalida a Zapatero. Sus fracasos han sido pocos. Sus éxitos, abundantes. Los riesgos de un Gobierno reformista, como es el actual, son numerosos. Sólo se equivoca el que arriesga para transformar el statu quo. Que es lo que ha intentado con encomiable perseverancia el presidente.
Nunca la economía española había sido tan floreciente, aunque es posible que estemos entrando en zona de turbulencias a escala mundial. Nunca hubo tantas leyes de carácter social, inimaginables durante los ocho años del PP en el Gobierno. Nunca las libertades civiles habían constituido el eje de tantas actuaciones como ahora, impulsadas en este sentido desde Moncloa.
¿Qué ha fallado para que pueda afirmarse en la recta final que aún hay partido, que cabe un cambio de Gobierno? En primer lugar, demasiadas averías en el ámbito de la comunicación, capítulo éste que aún puede empeorar a la vista de la guerra mediática desatada en el seno de la izquierda. Y, en segundo término, la extraordinaria capacidad de la derecha para el cierre de filas y para movilizarse frente a cualquier atisbo de reformas que le desagraden. Que son casi todas las que ha llevado a cabo Zapatero.•
Enric Sopena |