Nº 758 - 15 de octubre de 2007
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Ni el peor enemigo

por Miguel Ángel Aguilar

Sucede con frecuencia entre nosotros que son los escritos autobiográficos o los textos laudatorios de los más íntimos los que suministran las piezas de acusación más graves de las figuras políticas. Así sucedió con las memorias de Laureano López Rodó, el ministro franquista, quien recupera las detalladas notas que tomaba de las audiencias, por ejemplo, con el príncipe Don Juan Carlos. En una de esas referencias cuenta cómo intentaba persuadirle de que aceptara por segunda vez asumir la suplencia del jefe del Estado que de nuevo se encontraba enfermo de gravedad.

El príncipe, escaldado de la anterior ocasión, se resistía. Entonces Laureano argumentó la necesidad de que lo hiciera subrayando que algunas atribuciones de la Jefatura del Estado eran indelegables. Por ejemplo, decía que dar el enterado a una condena de muerte era un trago muy fuerte incluso para una persona en plenitud de facultades físicas, cuánto más para quien se encontraba sumido en la enfermedad. El lector advierte que entre las necesidades del sistema estaban la pena de muerte y que para sancionarla se requería ese pulso sin temblores del que el Caudillo podía carecer en esos momentos. De ahí la necesidad de sustituirle transitoriamente.

Entre los peores enemigos de Laureano hubiera sido imposible encontrar alguien capaz de atribuirle semejante perversión. Pero aparece el propio Laureano, toma papel y lápiz de escribir y cuenta lo que ningún testigo hubiera podido aseverar porque aquella conversación con el Príncipe se había producido sin testigos. Lo mismo sucede con otro libro que no mencionaré al que aludía la semana pasada en esta misma columna de El Siglo. Ahora que se anuncia el acuerdo para llevar al Congreso de los Diputados la mal llamada Ley de la Memoria Histórica, es interesante la recuperación del ambientillo del régimen franquista que hace el todavía europarlamentario del Partido Popular.

Díganme, por ejemplo, si el peor enemigo de Fernando Herrero Tejedor hubiera podido dar cuenta de la reacción que su propio hijo le atribuye en el momento de ser informado del asesinato el 20 de diciembre de 1973 del almirante Luis Carrero Blanco, a la sazón presidente del Gobierno, a manos de la banda terrorista etarra. Cuenta en el libro innombrable que aquel 20 de diciembre de 1973 volvía a Madrid desde Pamplona donde el progenitor, a la sazón fiscal del Tribunal Supremo, había pronunciado una conferencia. El coche en que viajaban fue interceptado por la Guardia Civil para indicar al fiscal que debía llamar a su despacho con toda urgencia.

Cuenta enseguida que una vez localizada una cabina de teléfonos, su padre con voz muy tensa inquirió qué había pasado. Y a continuación dijo: "¡Qué bárbaros! ¿Pero está muerto?". En este punto incorpora la siguiente acotación, tomada del natural: "Lo más asombroso fue que al mismo tiempo que preguntaba aquello su gesto se distendió. No tenía sentido aparente. Lo que fuera que le estuvieran contando era algo grave –alguien había muertoo– y, sin embargo, mi padre parecía alegre. Deduje que el muerto no era de la familia..."

En otras escenas vemos a Fernando Herrero insistiendo en que su vicesecretario general del Movimiento debe tomar posesión con la camisa azul y ante la resistencia ofrecida zanja la cuestión diciendo entre risas "pues estoy bueno con mis colaboradores! Con razón dicen de ti, Adolfo, que eres masón. ¡A ver si están en lo cierto!". Recordemos aquí que la etiqueta de masón servía para declarar la muerte civil de cualquiera. Tampoco vemos en ningún momento al papá, después de asistir a su identificación reiterada como miembro del Opus Dei, exponer ninguna objeción de conciencia a las escuchas telefónicas practicadas por los servicios de información de la Secretaría General cuya cúspide ocupaba. Queda claro que se archivaban para lo que hiciera falta. Excelente. •

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