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Nº 757 - 8 de octubre de 2007

 

La existencia póstuma de Yósel Rákover

Por José María Ridao

El nombre de Zvi Kolitz tal vez no diga nada. Desde luego, dice mucho menos que el de su criatura, Yósel Rákover. No se trataría de un caso excepcional en la historia de la literatura si no fuese porque, a diferencia de otros autores sepultados por la fama de su propia imaginación, Rákover acabó cobrando vida hasta el punto de desmentir que fuera una invención de Kolitz, un judío lituano nacido en 1919. La historia de su relato, la historia del relato de Kolitz sobre Rákover, se remonta a 1946, y tiene que ver con los viajes que realizó para promover la causa de Jabotinski y del Irgún, el movimiento sionista en el que militaba y para el que recorrió el mundo en busca de adeptos, antes de la creación de Israel. Kolitz había llegado a la Argentina procedente de Basilea, donde asistió al Congreso Sionista Mundial. El viaje había sido largo, un interminable periplo a través de Jartúm y otros lugares a bordo de un avión militar británico.

En el hotel en el que Kolitz se hospedaba en Buenos Aires apareció Mordechai Stoliar, director de Die Jiddische Zeitung, una revista en yiddish publicada por miembros de la comunidad judía en Argentina. El propósito de la visita de Stoliar era invitarle a colaborar en un número especial previsto para la festividad de Yom Kippur. Según confesó Zvi Kolitz años más tarde, cuando su criatura Yósel Rákover se había vuelto definitivamente contra él, por aquellas mismas fechas le habían impresionado las noticias sobre el hallazgo de los apuntes de Emmanuel Ringelblum, un judío de Varsovia. Su crónica de la destrucción del gueto había logrado sobrevivir entre los escombros escondida en botellas y cántaros de leche. El manuscrito de Ringelblum se interrumpía en diciembre de 1942, a apenas unos meses antes de la sublevación, y acababa con una frase que remitía, quizá sin proponérselo, al juramento de Masada: “Nuestra sumisión a nada ha conducido –escribió Ringelblum-. Nunca más debe repetirse algo semejante”.

La epopeya de esta crónica auténtica hallada entre las ruinas del gueto evocaba un viejo mandato rabínico, que exige poner a salvo cualquier documento que contenga el nombre de Dios. Ahí estaría la explicación última de los manuscritos descubiertos en las cuevas de Qumran, a orillas del Mar Muerto, tan sólo un año más tarde de que Kolitz diera vida a Rákover en Buenos Aires. Y como el manuscrito de Ringelblum, otros de similares características irían apareciendo en los años y décadas siguientes, como un largo poema de Yitzhak Katzenelson conservado en tres botellas en el campo de concentración que los nazis instalaron en Vittel, sobre suelo de Francia, o las que contenían una minuciosa narración de la expulsión de los judíos de Plock, encontradas en 1978. Incluso el último trabajo del filósofo Benzion Rapaport se conservaría de manera semejante, escondido en el interior de una lata.

Presionado por la insistencia de Stoliar, Kolitz se encerró en su cuarto del hotel de Buenos Aires y, apenas en una noche, escribió un breve relato en el que un judío del gueto de Varsovia, Yósel Rákover, redacta su testamento en los momentos previos a la destrucción, con los nazis avanzando por las calles entre edificios en llamas. Según explicaría Kolitz, concibió en primer lugar las páginas finales, una dramatización, una puesta en escena de un problema teológico que ha atormentado a buena parte de los fieles del Dios único, sea judío o cristiano, cuando han sido objeto de persecución y de atroces torturas: ¿cómo creer en un ser supremo cuando el mal se cierne sobre sus criaturas, exterminándolas? Kolitz le hace decir a Rákover que los tiempos en los que vive, los tiempos en los que se produce la destrucción del gueto de Varsovia, no son el resultado de un castigo. Se trata, por el contrario de un periodo en el que “Dios oculta su rostro”, de uno de esos momentos que ya ha vivido el mundo y que los teólogos judíos designan como Hastores Ponim. El argumento de Rákover, el argumento que Kolitz pone en boca de Rákover, es que si Dios se ha propuesto que sus criaturas descrean de él, sometiéndolas a pruebas inhumanas, sus criaturas se mantendrán, sin embargo, firmes en su fe. Los padecimientos atroces, insoportables a los que son sometidos se convierten en el argumento más concluyente de la existencia de Dios, y no de lo contrario. Emmanuel Lévinas dedicaría décadas más tarde un ensayo a esta forma de mantener la confianza en la existencia de un ser supremo, tomando como base las reflexiones de Rákover.

Tras redactar las páginas finales, Kolitz regresa al principio de su relato para la revista de Stoliar y añade algunos detalles circunstanciales y un punto estereotipados que transmitan mayor emotividad al conjunto: “hace ya unas horas que estamos sometidos a un rabioso fuego de artillería, y a mi alrededor los muros se quiebran y revientan bajo la lluvia de granadas”. Además, Kolitz esboza una somera biografía de Rákover para dar más densidad a su personaje, describiéndolo como padre de cinco hijos, tres de los cuales murieron en los primeros tiempos del gueto mientras que los otros dos han debido de perecer durante la sublevación. Pero el recuerdo de la crónica de Ringelblum descubierta entre las ruinas del gueto, cuya noticia tanto había impresionado a Kolitz, le anima a dar una última vuelta de tuerca a la ficción que está preparando para la revista de Stoliar, y en el frontispicio del supuesto manuscrito de Rákover muda su condición de autor por la de simple copista o amanuense: “En las ruinas del gueto de Varsovia, bajo montones de piedras y huesos humanos calcinados, escondido y oculto en una pequeña botella, fue hallado el siguiente testamento, escrito en las últimas horas del gueto por un judío llamado Yósel Rákover”. Para mayor verosimilitud, el texto aparece fechado en Varsovia, el 28 de abril de 1943.

Como estaba previsto, el relato Discurso de Yósel Rákover de Tarnopol, más tarde reconvertido en Yósel Rákover apela a Dios, apareció en el número especial de Yom Kippur de Die Jiddische Zeitung, firmado por Zvi Kolitz en 1946. Si no desapercibida, la narración pasó sin pena ni gloria entre los lectores de la comunidad judía de Argentina. Es probable que algunos de sus miembros la apreciaran y que, otros, en cambio, considerasen reprobable fantasear sobre la tragedia de los sublevados del gueto, de la que sólo unos pocos pudieron escapar. Pero, en cualquier caso, la suerte de aquellas páginas redactadas por un activista del movimiento de Jabotinski y militante del Irgún en la habitación de un hotel en Buenos Aires empezó a cambiar gracias a las traducciones. Pero no por la causa que parecería acorde a la razón, es decir, por el hecho de que el número de sus lectores se ampliase. Los motivos del éxito de Yósel Rákover apela a Dios fueron de otra índole. En primer lugar, su traductora al alemán, Anna Maria Jokl, aligeró el original por parecerle “horriblemente barroco”, estableciendo sin saberlo el que a partir de entonces se consideraría como el texto definitivo del relato. En segundo lugar, la sucesión de versiones a diversas lenguas no sólo fue dejando en el camino el aditamento “horriblemente barroco” del que habla Anna Maria Jokl, sino algo más importante y definitivo: el nombre del autor, el firma de Zvi Kolitz. Este detalle en apariencia intrascendente había de tener, sin embargo, una consecuencia trascendental: como texto anónimo, Yósel Rákover apela a Dios dejaba de ser un relato, una ficción, para convertirse en un documento auténtico, y el frontispicio que Kolitz había escrito inspirándose en las noticias reales de la crónica de Emmanuel Ringelblum perdía se condición de recurso literario para transformarse en una información verídica.

Sin reconocimiento. Durante algunos años, Zvi Kolitz, cuya carrera como escritor nunca llegó a gozar de amplio reconocimiento, vivió ajeno a la admiración que iba despertando su relato, considerado como el testamento auténtico de un judío llamado Yósel Rákover, al que la fama otorgaría una existencia póstuma cuando, en realidad, nunca había existido. Las primeras noticias del destino del cuento que había escrito en Buenos Aires las recibe en Nueva York, donde se encuentra presentando una película. Es entonces cuando lee un artículo de Jacob Glastein informando sobre la polémica surgida en Israel acerca de la autenticidad del texto. Cuando se repone de la sorpresa, Kolitz toma la decisión de enviar una carta al periódico de Jerusalén que más atención ha prestado a la historia de Yósel Rákover, informando de que él es el autor y de las circunstancias en las que escribió su relato. Es probable que Kolitz imaginase que su carta resolvería las dudas, pero lo que sucede a continuación contradice sus expectativas: desde todos los bandos que participan en la polémica le llueven críticas y descalificaciones, acusándolo de querer apropiarse de un texto que despierta veneración. Se establece un encarnizado combate entre el autor y su personaje, en el que éste consigue una resonante victoria.

Zvi Kolitz moriría en Nueva York en 2002, lejos del país que había contribuido a construir y privado de la autoría de su cuento más famoso. Un académico aseguró haber encontrado el nombre de Yósel Rákover en un censo del gueto, un lugar en el que Kolitz no había puesto los pies.

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