Nº 757 - 8 de octubre de 2007
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Va por Adolfo Suárez

por Miguel Ángel Aguilar

Entre las costumbres de las tribus ibéricas se cuenta'que figuraba la del suicidio colectivo de los más adictos en el caso de que la muerte alcanzara a su jefe militar. La devotio iberica consistía en un juramento en virtud del cual el guerrero ofrecía su vida a la divinidad correspondiente en defensa del jefe en la batalla. De modo que para el devoto era un deshonor haberle sobrevivido y en consecuencia asumía el deber del suicidio ritual en ofrenda por el fracaso de su misión. La evolución social ha sido tan acusada que ahora lo que se lleva entre nosotros es la actitud carroñera de vender el cadáver del jefe para hacer caja. De ahí la tendencia en nuestro país a que los homenajes se consideren poco comerciales y tengan tendencia a derivar en agravios que tanta audiencia levantan.

Veamos por ejemplo, un libro cuyo título y autor me abstendré de mencionar. Se presenta como "una humilde contribución a ese ejercicio conmemorativo que tendrá lugar a propósito del 75 cumpleaños de Adolfo Suárez" pero en realidad dibuja la imagen de un acosador sexual, de un inductor del sibilino complot tramado para que muriera su jefe y posible competidor, de un chantajista que utilizaba las escuchas telefónicas para despejar su carrera hacia la presidencia del Gobierno, de un prevaricador que aceptaba dádivas a cambio de impulsar recalificaciones urbanísticas urdidas por alcaldes del CDS y además de un campeón de la deslealtad al rey Don Juan Carlos que le hizo primero presidente y luego duque.

El libro hilvana toda suerte de vilezas, casi siempre con la acotación añadida de que el autor se desmarca de considerarlas como ciertas. Son narradas unas veces con regodeo y otras con laconismo, según convenga para inducir mejor los malospensamientos en el lector. Son por lo general "pequeñeces" sobredimensionadas, que se han obtenido en el trayecto de una confianza familiar que abiertamente traiciona mediante una mixtura de desparpajo y pretendida inocencia en aras siempre de ampliar las ventas.

El hilo conductor del volumen son las peripecias por completo irrelevantes del autor. Nacido en Castellón en 1955, que estudia Periodismo en la Universidad de Navarra, que en 1976 empieza como un recomendado a trabajar de auxiliar de Redacción en el diario Arriba, órgano oficial de FET y de las JONS, que en 1980 es alzado con otra recomendación a dirigir el periódico del Movimiento Mediterráneo de Castellón, que regresa un año después tras ser destituido por llamar en primera página "cabrón" a su benefactor, el ministro Jaime Lamo de Espinosa, sin que al parecer el recipiendario advirtiera que dicho apelativo tiene en el diccionario un significado tan inocuo como "abejorro". Otra vez recomendado llega después a Antena 3 Radio y por ahí adelante hasta acabar en los tribunales demandado por la viuda de su íntimo Antonio Herrero del que era albacea testamentario.

Incapaz de desaparecer para que Adolfo Suárez quede a la vista, el autor se dedica a sobar con obscenidad al personaje y a poner en su boca lo que dice haberle escuchado sin testigos. Lo hace en un momento en que el degradado se encuentra fuera de combate para desmentirle. Es lo contrario del atrevimiento. Es el ventajismo, el brindis al sol, después de asegurarse de que "es cierto que Adolfo, gracias a Dios, aún no ha muerto, pero también lo es que, en sentido estricto, ya no está entre nosotros. Ha elegido un modo extraño de despedirse". Más extraño aún resulta el modo que tiene el autor de homenajearle con la suma aritmética de todas las insidias. Que aproveche. •

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