Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 757
8/10/2007

De no mentar al Rey a no hablar de otra cosa

En sólo unos días hemos pasado de no referirnos al Rey ni cuando era necesario a no hablar de otra cosa. La Monarquía, que no estaba en la agenda de la política, se ha colocado inesperadamente en las primeras páginas de los periódicos. La burbuja de la autocensura que ha protegido supuestamente al monarca se ha pinchado por donde menos podría esperarse. No desde las trincheras de quienes denuncian el déficit democrático de un sistema en el que el jefe del Estado no lo decide el pueblo; en definitiva, no es un asalto perpetrado por los republicanos de estricta observancia, sino por los nacionalismos más extremos, el del muy minoritario catalán-independentismo-pirómano y el del hipernacionalismo españolista herciano no menos incendiario que encabeza Federico Jiménez Lo-santos. Los extremos se tocan con las banderas como vértice.
El debate sobre la Corona, que debería haber sido una calmada controversia, se ha convertido en un alboroto marginal en clave visceral. Ello no quiere decir que el fenómeno sea irrelevante. El incendio de un bosque, aunque se inicie en una colilla, puede tener efectos devastadores. La quema de imágenes del monarca perpetrada por unos poquitos, unida a una prédica loquinaria, puede abrir la espita para un proceso que no se sabe cómo terminará. Creo que la autocensura ha magnificado el impacto de unos hechos que hubieran sido meramente anecdóticos si hubiera podido hablarse del Rey con la normalidad con que se habla en otrosreinos. Aquí se ha optado por una autocensura motivada por la sensación de que la Monarquía debía ser protegida de la intemperie y del temor de que, a pesar de los mas de treinta años transcurridos en estabilidad –como ha recordado el monarca–, no aguantaba la luz y los taquígrafos. Una de las conclusiones de estos acontecimientos es que la autocensura que ha hecho del Rey un personaje intocable funciona sólo durante algún tiempo pero finalmente puede ser contraproducente. La combustión de 200 o 300 fotos de Isabel II de Inglaterra o de Alberto II de los belgas no hubiera merecido más que un rinconcillo en las páginas interiores de los periódicos. Por el contrario, en la excepcionalidad que vivimos, el Rey se ha visto obligado por primera vez a entonar su propia laudatio como un presidente ante un voto de censura.

La Monarquía ha saltado inesperadamente del Olimpo a la picota a pesar de los esfuerzos de los grandes partidos para evitarlo. Con este propósito Zapatero aplazó su proyecto de revisar el orden sucesorio que relega a la mujer. No quería que el delicado expediente de tocar el Título II de la Constitución, el referente a la Corona, con referéndum incluido, derivara hacia el plebiscito sobre la institución. Y hete aquí que de pronto salta a la palestra de la forma menos deseable.

La monarquía parlamentaria ha funcionado razonablemente proporcionando estabilidad pero los ataques injustos y desproporcionados no justifican las adhesiones inquebrantables. El Rey debiera procedera algunas rectificaciones en transparencia económica y fiscal, evitando sus amistades peligrosas, cortando la recepción de regalos inconcebibles en cualquier cargo público, revisando la dolce vita veraniega donde se desempeña como hombre anuncio impropio de la dignidad del cargo y de la neutralidad mercantil. Muchas imprudencias serían imposibles si los periodistas hiciéramos nuestro trabajo informando sobre el Rey.

Don Juan Carlos ha avanzado un paso tímido al nombrar a un interventor para la Casa, a lo que podrían seguir otras iniciativas en pro de la transparencia presupuestaria. Me da la impresión de que la tarea de este interventor es poner orden en las cuentas antes de proporcionarlas a la ciudadanía. Estaría bien que escudriñara también el patrimonio real, pues podría ocurrir que debido a la gestión aventurera de Manuel Prado como administrador privado del monarca desde su coronación hasta poco antes de que aquél fuera procesado haya dejado una maraña indescifrable. Bien pudiera ocurrir, dicho sea de paso, que las riquezas fabulosas que algunos le atribuyen sean en realidad formidables agujeros.

Hay, pues, materia para la información y la crítica, que han sido servidas por esta revista a sus lectores cuando ha sido menester convencidos como estamos de que ocultar al jefe del Estado en el tabú es incompatible con una democracia madura. Sin embargo, lamento que el monarca haya sido sometido a los ataques que recibe por donde menos lo merece.•

  José García Abad

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