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| Nº 756 - 1 de octubre de 2007 |
La supuesta copia del Prado es obra del maestro holandés Sender: una víctima del mal Por Mauro Armiño E n el país sin recuerdos que somos, suelen emplear mucho los gacetilleros de la crítica literaria el adjetivo “olvidado” tras el nombre de un autor. Adjetivo que es no sólo inexacto, sino embustero. ¿Cómo se va a olvidar lo que no se ha leído? El caso de Ramón J. Sender, cuya novela Las criaturas saturnianas acaba de ver de nuevo la luz (Visor/Comunidad de Madrid) es un ejemplo sintomático. Muerto hace veinticinco años ya, Sender ha pagado con el silencio de la crítica el éxito que en los años finales de la dictadura consiguió con su ciclo de Nancy, con Réquiem por un campesino español, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, Crónica del alba y poco más, en un total de sesenta títulos escritos en su mayoría en un exilio del que volvió para su mal fugazmente en 194 y 1976, y al que volvió de manera definitiva una vez visto cómo se cocían las cosas en un país que salía de una dictadura pero seguía castigando –castigó de hecho– a los que se habían quedado “fuera” de la órbita que la política necesitaba en aquel momento. Fue repudiado, cuando no ofendido, por la derecha y por la izquierda que no perdonó su anticomunismo. Le habían dado además, en la operación que la editorial Planeta hacía de abrirse a la izquierda, el premio Planeta con En la vida de Ignacio Morel (l1969), como más tarde se lo darían a Jorge Semprún. Memorial de agravios. Aunque Rafael Alberti, por ejemplo, hubo de sufrir a su retorno algún agravio, –entre ellos, perdida ya la cabeza, y manipulado por su última esposa, el de ser utilizado políticamente por perseguidores de sus ideas como Aznar, que vestido de presidente se fotografió con él y lo visitó–, no es comparable con el caso Sender. Y no sólo por los tópicos que contra él se emplearon por su anarquismo, como calificar sus ideas de “un tanto extravagantes”, sino también por el desprecio de algunos. Francisco Umbral, por ejemplo, le tildó de galdosiano, –adjetivo que en la pluma del recién fallecido autor de Mortal y rosa era el peor de los insultos literarios–, de “anarquista”, también en el peor de los sentidos, de adinerado “agente de los yanquis”, etc. En la vida de Sender hay una tragedia siniestra sobre la que sujetos de mala catadura ética como Cela –excelente escritor que hace realidad la máxima acuñada por Oscar Wilde casi un siglo antes: la moral no pinta nada en la literatura, y menos pintan todavía las opciones éticas de cada autor– se ensañaron para eliminar entre otras cosas cualquier competencia. Nada más comenzar la sublevación franquista contra la República, Sender sintió la desgarradura en carne propia: su esposa Amparo Barayón fue detenida por haber protestado por el asesinato de su hermano, y en la cárcel le fue arrancada de los brazos una hijita con máximas jurídicas que imperaron en esos momentos: “los rojos no tienen derecho a criar hijos”, arguyó el secretario del administrador de la cárcel. A partir de ese momento, Barayón siguió el guión trazado para tantas otras víctimas: sacada de la cárcel por los falangistas, fue llevada y asesinada en el cementerio; un cura, en nombre de la santa “madre” Iglesia, añadió un nuevo tipo de crimen al derecho canónico negándole la absolución “por no estar casada por la Iglesia y vivir en pecado”. Santos Juliá recogió en Víctimas de la guerra civil (1999) la carta de despedida a su esposo de esa mujer: “No perdones a mis asesinos, que me han robado a Andreína, ni a Miguel Sevilla, que es el culpable de haberme denunciado. No lo siento por mí, porque muero por ti”... Y esto es verdad en sentido amoroso y también al pie de la letra, porque al que buscaban por anarquista y rojo para llevarle al paredón era a él, a Ramón Sender. Al no encontrar al escritor, aplicaron el código bíblico que la Inquisición había practicado en los viejos tiempos: mata hasta la séptima generación. Los falangistas que asesinaron a Barayón se limitaron a la esposa. Un hermano y dos cuñados murieron también durante las represiones. Cela y su ambición. La operación fraguista de los años setenta de “reconciliación” y repesca de exiliados para decorar la “apertura” del régimen, tuvo en Cela a su agente de mayor prestigio. Abrió su revista Papeles de son Armadans a escritores que, fieles a la II República o contrarios a la dictadura, vivían fuera de España desde la guerra: desde Juan Ramón Jiménez hasta Luis Cernuda, Max Aub, etc. También les invitaba a volver en numerosas ocasiones, y a pasar por su casa de Palma donde hacía exhibición de su poder y su dinero. Cela olfateó pronto que, con la muerte de Franco, los vientos soplarían de otra parte, y en su currículo había episodios imperdonables –le fueron perdonados–: su condición de censor y de delator franquista. Andaba por medio, además, la cuestión del premio Nobel, que Cela perseguía desaforadamente y veía en Sender –el novelista español más traducido en ese momento– un serio competidor: su candidatura al Nobel la avalaba el Gobierno republicano también en el exilio y la prestigiosa e influyente Hispanic Society. Para distorsionar su figura, para convertirlo en vestigio de un pasado belicista y republicano, Cela pidió “de rodillas” a Sender, cuando le visitó en San Diego (California) su vuelta del exilio, invitándole a su casa de Palma. No atendió Sender durante su viaje a las voces amigas que le advirtieron de la trampa del antiguo delator y de la operación de limpieza de su conducta que Cela hacía para salvarse en el inmediato futuro. La trampa consistió en una cena con la presencia de varios periodistas que se encargarían de propalar la conducta atrabiliaria y violenta de Sender. Durante ella, Cela “prorrumpió en una de sus habituales salidas de tono que en realidad encerraba una provocación”, según el crítico Miguel García Posada (El caso Sender), y se armó una gresca que el hijo de Cela, Camilo José Cela Conde, atribuye al alcoholismo del autor de Réquiem por un campesino español. Falsedad evidente, porque Sender apenas podía beber dado su asma y los problemas respiratorios que padecía. Fue el propio Sender quien narró a la poeta Julia Uceda –que ahora prologa Las criaturas saturnianas– tres años más tarde el incidente en una carta que la destinataria hizo pública en Diario 16 en 1991. “Lo de Cela fue un incidente idiota. Estábamos en la mesa unas quince personas, discutíamos de política, y él dijo: ‘Ojalá entren cuanto antes en Madrid los tanques rusos’. Yo le dije: —Entraron ya en 1936 y los recibí yo, ¿y sabes lo que nos trajeron? Nos trajeron a Franco, a quien tú pediste humildemente que te nombrara delator de la policía. De la policía que mató a mi mujer. Luego tiré el mantel hacia arriba y volaron platos, floreros, cirios, hubo duchas de caldo gallego para casi todos los invitados y la pobre y anciana mujer de Cela se desmayó. Es lo único que sentí. Cela vino hacia mí y le dije: —Cuidado porque voy a romperte la cabeza y no tienes otra. Era ya de noche y me fui a dormir. El día siguiente me fui al hotel Valparaíso que, por cierto, es estupendo. Yo había ido a su casa porque me lo había pedido de rodillas aquí, en San Diego. En definitiva, no fue nada. Yo, pasado el incidente, no le tengo inquina y supongo que él tampoco. En todo caso, me da lo mismo” Las criaturas saturnianas. Ante un recibimiento de tan buena voluntad como ése, Sender echó a correr y no paró hasta su casa californiana, sin querer saber nada de España, salvo de unos cuantos amigos y de la lengua que utilizaba para escribir aquellas “ideas extravagantes” que le tachaban. Lo eran para el franquismo, pero también para una clase intelectual que en aquel momento, empeñada en el antifranquismo, echaba en falta en esa obra la explicación del mal en términos históricos. El novelista estaba más interesado en esa presencia del Mal que sólo deja víctimas inocentes a su paso –Sender se sentía en cierto modo responsable de la muerte de su esposa–, y articuló su narrativa en torno al sufrimiento humano para hacer de las víctimas un arquetipo. En Las criaturas saturnianas se publicó por primera vez en 1967, y en ella apenas se ha fijado la crítica quizá por no haberla leído; Eugenio de Nora, que tantas páginas dedica a la narrativa de Sender, no la cita, y como lo que no estaba referenciado en su importante obra La novela española contemporánea no existía para los demás críticos, apenas sí se cita o comenta. En esta excelente novela, sobre todo en su primera parte, que tiene por protagonista al Mal en estado vengativo y puro, vemos erguirse a una víctima que tuvo realidad histórica, una princesa rusa hija de la emperatriz Isabel, en la que Catalina la Grande, que había usurpado el trono asesinando a su marido Pedro I, ve una posible competidora; para eliminarla, la arroja en una mazmorra de la fortaleza de Pedro y Pablo donde Ana Tarakanov murió al inundar, en un desbordamiento del río Neva, los subterráneos de la fortaleza. Sender no hace sin embargo historia, la aloja en la mazmorra en la primera parte, pero luego la libera y le presta una segunda vida de ficción haciéndola viajar a Italia después de haberla convertido en icono victimario del Mal; en ella, el novelista parece haber cargado todo el sufrimiento personal ante una situación aterradora y acaso simbólica: Ana Tarakova da a luz en su prisión a un niño que, dadas las privaciones que sufre la condenada en su mazmorra, muere y su cuerpo es devorado por las ratas. Es fácil deducir quienes eran las ratas. |
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