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Nº
756 - 1 de octubre de 2007 |
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| Hemeroteca | Esta semana |
Del riesgo del incendio amigo El PSOE estuvo al borde del precipicio tras la “amarga victoria” de Aznar y la “dulce derrota” de González. Durante la etapa de las primarias, convocadas por Almunia, tratando éste de legitimarse como secretario general del partido al haber sido nombrado gracias a la designación directa o al dedazo de Felipe, la situación fue empeorando hasta llegar a niveles de extraordinaria gravedad. Borrell puso en evidencia que la mayoría de los militantes socialistas apostaban por un recambio en la cúpula de la organización. Pero tampoco pudo salirse con la suya por causas conocidas, entre las cuales sobresalió la severísima ofensiva de sus contrincantes, con González a la cabeza. La imagen del PSOE fue entonces de división y desconcierto. El fuego amigo contra Borrell acabó a la postre con las expectativas de regeneración que su candidatura intentó exhibir, primero con un notorio éxito y más tarde con el fracaso que le llevó a lanzar la toalla. Aseguran observadores solventes que Borrell cayó porque El País, cuyas relaciones con González eran en ese tiempo espléndidas, aunque no lo habían sido con anterioridad a lo largo de años, decidió liquidarlo publicando el turbio asunto de sus amigos felones de la Delegación de Hacienda de Barcelona, un affaire funesto del que, sin embargo, el ex ministro de Obras Públicas salió felizmente indemne. No se enriqueció él ni la justicia pudo encausarle. Era totalmente inocente. Salvó el PSOE la crisis de las primarias. Incluso salvó con fecunda entereza el batacazo del año 2000, cuando el PP de Aznar venció por mayoría absoluta y dejó a sus adversarios condenados a la durísima travesía del desierto. Dimitió Almunia y desapareció del escenario. Hubo que recurrir a una comisión gestora. Fue convocado el Congreso preceptivo. Concurrieron varios candidatos. El delfín con más posibilidades, al que todos daban por triunfador, era el presidente de Castilla-La Mancha, José Bono. Pero, contra todo pronóstico y por los pelos, emergió en aquella época un casi anónimo diputado por León llamado José Luis Rodríguez Zapatero. El PSOE resistió todas esas tormentas sin que el barco se fuera a pique. Hubiera podido pasar, pero no pasó. Zapatero fue acogido sin entusiasmo. Aquellos teóricamente más avezados en estos recovecos extraños de la política auguraron que su mandato al frente del PSOE sería breve, de transición. Abundaban los profetas que creían que Aznar, vía Rajoy, lo tumbaría en dos guantazos y que ya no se recuperaría. Perdería por KO contundente y definitivo. Las voces críticas eran mayoría. No obstante, no se produjo ninguna fisura importante ni menos una escisión o un enfrentamiento a cara de perro de unos contra otros. Y ganó las elecciones del 14-M. Sus tres años largos de presidente del Gobierno han estado sembrados de aciertos y también de patinazos altamente arriesgados. La vieja guardia nunca le perdonó su bisoñería, aparente o real. González marcó distancias públicamente, entre líneas, con frases de doble y triple sentido, a veces apoyándole, otras no tanto. En todo caso, uno de los hombres de la máxima confianza de González, el actual ministro del Interior, Pérez Rubalcaba, logró transformarse en uno de los colaboradores más estrechos y eficaces de Zapatero. Algo parecido cabría decir también de Pedro Solbes. Pues bien, en medio de la bonanza que significa para un partido y, más aún, para un Gobierno el hecho de que se mantenga básicamente la unidad entre sus militantes y simpatizantes, lo que el PSOE ha conseguido en estos tres años largos de legislatura, más allá de casos puntuales como el de Rosa Díez o el de Navarra, por ejemplo, o las fricciones internas en Madrid, que parecen a primera vista al menos encarriladas, de pronto ha estallado con estruendo la división mediática. Podrá precisarse que no es lo mismo un cisma que afecta orgánicamente al partido que una batalla como la que se viene desarrollando entre Mediapro-La Sexta, por un lado, y el Grupo Prisa por el otro. No es lo mismo, ciertamente, aunque según como transcurran las cosas incluso puede ser este hecho más nocivo pues conviene tener en cuenta que estamos, al fin y al cabo, en una democracia mediática, como son todas las democracias desde hace muchísimo tiempo. Esta es una guerra de enorme trascendencia. Me referí a sus evidentes riegos hace unas semanas, a la vuelta de las vacaciones veraniegas. Se veía venir que el choque entre Prisa y el holding emergente que capitanea Jaume Roures no sería anecdótico, máxime cuando se inició el contencioso sobre las retransmisiones televisadas de los partidos de fútbol. En este punto, los factores que están en juego son las audiencias de Cuatro-Canal Plus y de La Sexta y, por supuesto, se juega asimismo un montón de dólares que alcanza cifras multimillonarias, estremecedoras, con el agravante de la crisis latente de Sogecable como telón de fondo. En estos prolegómenos de la nueva gran guerra mediática, que es la segunda después de la teledirigida desde la Moncloa por José María Aznar, Miguel Ángel Rodríguez y Francisco Álvarez Cascos, entre otros personajes del mundo judicial y periodístico, hace ahora unos diez años, se ha advertido un empuje formidable, acompañado de una osadía altiva y sorprendente, por parte de Roures y sus amigos, que son por cierto y a la par amigos cercanos también del presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero. ¿Amigos blindados desde la Moncloa? En el otro bando, el bando de Prisa, la dureza de los inequívocos mensajes lanzados a los navegantes implicados en el conflicto ha sido no menos asombrosa. El País, que sigue siendo el buque insignia de Prisa, se trasmutó durante unos días y pareció que se mundializaba al estilo, usos y costumbres del diario que dirige Pedro J. Ramírez. ¿Continuará recurriendo de cuando en cuando a semejante praxis? Algunas de las cosas publicadas recientemente en El País se acabarán estudiando en las facultades de Comunicación o de Periodismo. El duelo entre Cebrián y Roures se presume apasionante. ¿Es un duelo que encubre un claro desencuentro generacional? Es posible. ¿Triunfará Roures en su empeño de llegar a ser la alternativa a Prisa? ¿Tropezará y caerá de bruces en una carrera que se intuye llena de obstáculos? Habrá que dar tiempo al tiempo. Pero, a los efectos políticos y aun electorales, es cierto que el PSOE va a tener, ya tiene, un problema no menor, de alcance escasamente previsible. Las relaciones de fondo entre la Moncloa de Zapatero y Prisa no han sido nunca especialmente buenas. Más bien han sido deficientes y cargadas de truenos y relámpagos contenidos. Ha habido desconfianza entre ambos. La deriva política de este asunto puede deparar episodios de todo género. Faltan cinco meses y algunos días para conocer el veredicto de las urnas. Entre tanto, o actúan con rapidez y acierto bomberos beneméritos o el fuego amigo cabe que desemboque en un incendio amigo. Demasiados despropósitos juntos y ojalá que me equivoque en mi percepción. Cuidado que vienen curvas y marzo está ya a la vista. Luis G. del Cañuelo |
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