No es creíble
Sostienen los periodistas Carlos
Ribagorda y Nacho Cordero, autores de Los PPijos -libro publicado en 2004- que "a Mariano Rajoy no le gustan los políticos que hacen demasiado ruido y que tienen varios escándalos sobre su cabeza, en eterna amenaza". Pero durante toda esta legislatura ha tenido que soportar a Eduardo Zaplana y a Ángel Acebes, de los que no se sabe bien si eran sus colaboradores o, por el contrario, sus vigilantes, a las órdenes del verdadero jefe en la sombra, que es José María Aznar.
Ambos, Zaplana y Acebes, son ruidosos. O sea, de los que hacen "demasiado ruido". Además, Zaplana es de esos que "tienen varios escándalos sobre su cabeza". Rajoy no ha podido o no ha querido –o ambas cosas a la vez- desprenderse de ellos. Ahora, sin embargo, y cuando entramos en la fase final antes de las elecciones, Rajoy da la impresión de que ha cambiado de compañeros de viaje.
El líder de la derecha ha organizado su infraestructura electoral con políticos menos quemados o nada quemados, según se explica en EL SIGLO de esta semana. Son caras nuevas, jóvenes y de segundo o tercer nivel dentro del Partido Popular. Ellos y ellas han desplazado, al menos en apariencia, a la vieja guardia.
El ex ministro Juan Costa, apenas conocido, tenido por ratista, aterrizó de pronto, ya antes del verano, en la función de máximo responsable del programa electoral, lo que fue interpretado, quizás erróneamente, como un guiño de Rajoy a Rodrigo Rato. Todo indica a estas horas, no obstante, que Rato ni siquiera ha mantenido aquellas conversaciones de tanteo con Rajoy, divulgadas por el presidente del PP.
Rato, según no pocos síntomas, procurará marcar distancias. Algunos creen, por cierto, que el vicepresidente de Economía del Gobierno Aznar se reserva como el único posible hombre de consenso, a efectos internos, capaz de concitar unanimidades o casi a la hora de suceder a Rajoy, si éste es derrotado.
Parece improbable, desde luego, que el giro de Rajoy aupando de hecho a personas de su confianza -como Soraya Sáenz de Santamaría, Ana Pastor y otros- le facilite la sorpresa de un sprint repentino que modifique la tendencia favorable a José Luis Rodríguez Zapatero que, hoy con mayor o menor intensidad, se percibe en la mayoría de las encuestas.
Llega tarde Rajoy a los cambios. Le falta coraje y le sobra una cierta indolencia que le lleva a querer quedar bien con todo el mundo. El sucinto retrato de Rajoy que se publica en el libro mencionado resulta significativamente revelador. "Fumador de puros y amante de la buena vida, es socio del Celta de Vigo, del Pontevedra, abonado del Real Madrid e hincha del Deportivo de La Coruña". Y aún se podría añadir a su abundante colección de simpatías futbolísticas el hecho de que su hijo fuera hecho socio del Barça -nada más nacer, precisamente en Barcelona-, gracias a una iniciativa de su amigo personal Ramón Fuster, entonces directivo del club catalán.
Rajoy no se atrevió a cortar por lo sano en el momento oportuno. No se deshizo de Zaplana y de Acebes, dando así un espectacular golpe de timón. Ni uno ni otro le gustaban –por las razones expuestas y otras presumibles-, pero tragó. No los moderó. Lo radicalizaron. Dijo el día que lo invistieron candidato a la soviética que él podría formar con las gentes de que disponía 50 Gobiernos mejores que el de Zapatero. Ni siquiera sirve para fanfarrón. No es creíble. •
Enric Sopena |