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| Nº 752 - 3 de septiembre de 2007 |
Proust, piedra de toque Por Mauro Armiño No es que yo crea, por haberlo traducido, que Marcel Proust es la medida de todas las cosas. Pero en los últimos años viene produciéndose un hecho no por curioso menos revelador de los cimientos sobre los que como un flan temblequea lo que llamamos cultura española: el éxito de ventas de Cómo cambiar de vida con Proust, en el que Alain de Botton escribe un ensayo de autoayuda, es inversamente proporcional al fracaso de ventas de los libros mismos de Proust. Algo más curioso todavía: ¿ha oído alguien decir a intelectuales, poetas, narradores o ensayistas, que Goethe es un idiota, Virgilio un aburrido, y Mann, Beckett, Joyce y demás grandes autores, unos imbéciles, pelmazos, latosos, etc.? No importa que Proust figure siempre en primer o segundo puesto en los cánones a que tan aficionados son los periódicos; frente a los grandes ensayos –extranjeros por supuesto– de análisis y estudio, frente al trabajo de la crítica literaria y periodística –extranjera, por supuesto– Proust ha conseguido en la España reciente la sarta más larga de insultos y denuestos de cierta parte de escritores. Si Azorín fue uno de sus admiradores, Baroja, partidario de la expresión directa y simple frente a los recovecos de la conciencia sensitiva que Proust saca a flote, no entendió cómo se podía escribir así; Ortega, que dictó en el Instituto Francés una conferencia medio año antes de la muerte de Proust, volvería luego sobre el novelista con “clarividencia y ceguera”, según Julio Baquero Cruz (éste, sí indígena, pero jurista de formación y empleo), entendiendo unas cosas y malentendiendo otras, pero siempre poniéndole en su sitio. No leer para opinar. Volvamos a estos tiempos: hace apenas mes y medio, el 27 de julio, en el programa de Sánchez Dragó titulado Las noches blancas (Telemadrid), el hasta hace tres años secretario de Estado para Cultura, Luis Alberto de Cuenca, se arrancaba por estupideces contra Proust; a palabra seguida se sumaban al coro tanto el director del programa como un pintoresco marqués de Tamarón, a medias personaje y a medias pozo de sabiduría con fondo. Cuenca viene proclamando esos desprecios hace tiempo; en un mal poema de 1991, “Los dos Marcelos”, se puede leer: “No soporto la idea de que cualquier enciclopedia / dedique siete páginas a Marcel Proust y siete líneas a Marcel Schwob”. No entro en si es justa esa relación de páginas y líneas dedicadas a ambos, pero, ¿a qué viene la comparación si en ese mismo programa Cuenca declaraba no haber conseguido leer más de quince líneas de Proust? Por fin la confesión que bendice lo que adivinábamos: Cuenca es lector de brocha corta y contraportada larga, y su conocimiento proustiano no pasa de la referencia y del diccionario, nunca proviene de lectura directa: las 3.000 páginas de A la busca del tiempo perdido son montaña insuperable para el aficionado a Schwob, autor de textos cortos, y escritor excelente e ingenioso; pero ahí para la cosa... El problema no es que De Cuenca tenga un gusto estragado y lea poco, si es que lee los libros de amigos que reseña en ABC, elogio y más elogio ante nonadas; y en esto, aunque le pese, se parece a Proust, que dedicaba extravagantes reseñas llenas de pompa y jabón a los libros de amigos; el problema es que mantenía ese error de gusto y de juicio siendo secretario de Estado de Cultura, cargo que algo de autoridad parece dar a su opinión entre los no lectores. Seguro que el gallego y nuevo ministro de Cultura, César Antonio de Molina, no caerá en esa temeridad, aunque comparta el desprecio: hace años, cuando yo empezaba a traducir a Proust y él iniciaba en el Círculo de Bellas Artes su cucaña política, me espetó en su despacho cierto día: “Proust es un imbécil”. Me sorprendió tanto que, para paliar su denuesto, quise pensar que la frase era merecida respuesta a mi saludo de unos minutos antes; en las edades que teníamos entonces no se dice impunemente a nadie: “Qué viejo estás”, en referencia a la apariencia física. Sea respuesta a mi familiaridad, sea desprecio de Proust en este admirador de Álvaro Cunqueiro –prefiero a Schwob–, quizás en él aprenda De Cuenca reserva y contención, y a procurar no decir nada –hablando hasta del tiempo– que pueda comprometerle a algo. No son los únicos denostadores del autor de la Busca del tiempo perdido, pero otros lo hacen con más peso y significado: Baroja, por ejemplo; o García Márquez, que hace muchos años, cuando todavía pasaba por España, en una cena expresó su “respeto” por Proust, aunque a él no le interesara: son mundos distintos si no contrapuestos. También Caballero Bonald en un poema de nueve versos, “Relectura”, el mundo de Guermantes le sirve de comparación y se lleva el adjetivo de “anodino”. ¿Anodino? Según y cómo: a través de ese “mundo anodino” Proust hace el retrato más feroz de la aristocracia francesa de la Belle Époque. Prohibido tras la Guerra Civil hasta 1966 (la reedición de la traducción de Pedro Salinas en Alianza Editorial), Proust se ha convertido desde entonces en moneda corriente del lenguaje, y no digamos su famosa magdalena, lugar común de todo lo que tenga que ver con el recuerdo; nadie cita, sin embargo, las almidonadas servilletas, o el cliquetis de la cubertería que despiertan igual que ese bollo la memoria involuntaria; a su favor la magdalena tiene que figura en la página 49 (a la que algunos, como De Cuenca, ni siquiera llegan), mientras que para llegar a esos otros enganches con el pasado hay que haber pasado ya de la página mil quinientas. Que es moneda corriente lo prueban dos hechos, ambos curiosos: este verano, durante la cala que vengo haciendo sobre la influencia de las programaciones televisivas –he elegido agosto y octubre; en noviembre resumiré en un artículo el estado de la cuestión–, topé con uno de esos múltiples programas de policías y ladrones; uno de ellos retorna en un flash-back a su infancia: se ve metiéndose en la cama de su madre, a la que pide que le lea algo; sobre la colcha, varios libros; señala uno cualquiera el niño; es A la busca del tiempo perdido, y la madre empieza a leer: “Mucho tiempo me he acostado temprano”. Hasta los guionistas estadounideses de series del montón lo tienen ahí, a la cabecera si no de cabecera. Fruta averiada. Segundo hecho: el 13 de agosto, El País publicaba un artículo del novelista cubano Antonio José Ponte, “Un esbozo de Swann”. Su primera línea es resultado de ese terrorismo cultural que está asolando el mundo de lengua española donde vale todo y todo vale, no entre lo que los clásicos llamaban el vulgo, sino entre escritores, y rectores de políticas culturales, etc. ““¿Swann? ¿Qué es eso de Swann?”. Al inicio de Unos amores de Swann, Mme. Verdurin avisa…” Primero, ¿quién ha titulado en plural Un amor de Swann, cuando es uno sólo, el amor por Odette de Crécy lo que se narra?; segundo, “Qui ça” en ese contexto es un pronombre interrogativo, y ça se limita a reforzar el valor interrogativo, es decir: “¿Quién es Swann?”, como suelen decir todos salvo el infausto traductor de esos Amores que han caído en las manos de Ponte: la diferencia de sentido es notable. Como Ponte pergeña sus líneas sobre ese sentido errado, su artículo es disparate, además de opinión, nunca mejor dicho, infundada. No sé si hay que culpar al embargo estadounidense, o a la carencia que Cuba tiene de todo –incluido cierto sentido crítico en sus escritores–, pero Ponte ha leído un producto averiado; como a veces se edita suelto, la perspectiva se pierde y equivoca; para Ponte, esos amores son “una pequeña novela incluida en la obra mayor”: es, si se quiere, una capilla dentro de la estructura catedralicia de A la busca del tiempo perdido; pero, a través del artículo, nos damos cuenta de que Ponte no ha pasado de esa capilla, porque Swann sigue vivo dentro de la catedral hasta dos mil páginas después de ese amor –hasta “La prisionera”–. Rellena también otro párrafo asegurando que el rico y elegante judío Charles Haas fue el modelo que Proust tuvo para Swann: y en realidad sólo fue uno de los varios que utilizó el autor de Los placeres y los días: aunque a Ponte, tras esa lectura sobre material errado, –a un escritor debería exigírsele que supiera leer, qué y en qué traducción, si no en el original, ha de leer, y leer hasta el final para emitir opinión–, aunque a Ponte, digo, le parezca de poca envergadura y falto de trazado, Swann es sin embargo una figura capital: divide las dos partes del mundo del Narrador –la parte de Guermantes y la parte de Méséglise, es decir, toda la novela y su sentido–, a quien inicia en el mundo del arte y la sensibilidad, hasta el punto de que el Narrador lo toma por modelo. A través de Proust y de lo que he visto en prensa y televisión el mes de agosto tal vez no pueda resumirse la situación de la cultura de estos días y su difusión, pero sí destacar en chafarrinón lo que es moneda corriente, para Proust y para el fondo del pozo: parecen ser los botarates los que tienen el monopolio de la expresión y de la opinión; y así vale todo, emitir juicios peregrinos sin haberlo leído hasta dejar que pasen, en el periódico de referencia, opiniones inanes de un novelista que, a bote pronto, dictamina sobre Swann o sobre quien sea con el solo bagaje de haber ojeado ciento sesenta páginas de una obra de más de tres mil, y encima en una edición averiada. Y así se hace camino al andar. |
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