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| Nº 752 - 3 de septiembre de 2007 |
Inmigrantes Según el Padrón Continuo del INE, el día 1 de enero de 2007 vivían en España casi 4,5 millones de extranjeros, lo que representa un 9,9% de la población residente en España; de ellos el 46,7% eran mujeres. La primera cuestión que se suele plantear ante estos datos es tan simple como ésta: "Son muchos o son pocos lo extranjeros que viven en España?". Sin embargo, la respuesta a tan sencilla pregunta no es nada fácil de expresar si se desea ser riguroso. Mas, sea como sea, en comparación con los demás países de la UE, las entradas netas de inmigrantes en España han sido durante los últimos años muy superiores a las observadas en países económica y demográficamente más potentes, como son Alemania, Italia o el Reino Unido. De hecho, la inmigración hacia España ha representado en el periodo 2000-2006 entre el 30 y el 40 por cien de toda la inmigración a la UE compuesta ya por 25 países. Resulta evidente que la inmigración ha supuesto para España un brusco cambio en la tasa de crecimiento poblacional, pues desde un crecimiento vegetativo autóctono próxima a cero se ha pasado a un crecimiento notable, estimándose en más de 80% el efecto atribuido a la inmigración sobre ese crecimiento demográfico. Estamos, seguramente, ante el fenómeno social más relevante de los últimos años que va a marcar a la sociedad española, al menos, durante la primera mitad de este siglo XXI que acaba de comenzar. En el año 2005 nacieron en España 68.900 niños de madres extranjeras, lo que representó el 14,8% de todos los nacimientos que fueron 466.400. Diez años atrás los niños nacidos de madres extranjeras representaban tan solo el 3% del total. El número medio de hijos por mujer –conocido también como índice sintético de fecundidad (ISF)- de las extranjeras era en 1998 más del doble del ISF de las españolas (2,32 frente a 1,13). Siete años después sigue existiendo una diferencia, pero se ha reducido notablemente. Los desequilibrios entre sexos, los matrimonios mixtos y, sobre todo, la decisión de no cargarse de hijos hace pensar que, como se ha com probado en otras latitudes, las extranjeras residentes en España acabarán teniendo, en conjunto, unos comportamientos fecundos no muy diferentes de los que se vaya a observar en el futuro entre las mujeres autóctonas. En una población sin migraciones, la evolución a largo plazo de la estructura por edades depende, fundamentalmente, de los niveles de fecundidad que esa población vaya alcanzando. Sin embargo, cuando la población está sujeta a flujos migratorios tan fuertes como lo ha estado la española en los últimos tiempos, algún impacto han de tener las migraciones sobre la estructura por edades resultante. En primer lugar, sobre el número de nacimientos y no tanto porque la fecundidad de las extranjeras –tal y como acabamos de ver– sea mucho mayor que la de las españolas, que no lo es, sino porque laestructura por edades de las mu jeres extranjeras es mucho más favorable a la natalidad (en 2003 e 69 por ciento de las mujeres ex tranjeras tenía entre 15 y 49 año y entre las extranjeras no comuni tarias ese porcentaje subía al 7! por ciento). Otro rejuvenecimiento de la pirá mide de edades se deriva de que edad media de los extranjeros resi dentes en España (algo más de 33 años), es mucho menor que la de los autóctonos. La preocupación, más que justificada, que se venía observando er España en torno al envejecimiento y su correlato económico sobre la sostenibilidad de las pensiones ha desaparecido de la opinión pública causa de las fuertes inmigraciones creándose la sensación –bastante ficticia– de que el problema ya lo han resuelto los inmigrantes. Pero el problema del envejecimiento no es al go que se resuelva a corto plazo, si no a largo... y a esa distancia temporal las cosas no están tan claras Veamos. La ratio de capacidad (número de personas potencialmente activas dividido por las que tienen 65 años y más) estaba ligeramente po encima de cuatro al finalizar el siglo XX. Mantener dicho índice en ese nivel en el año 2050 exigiría una población española de 160 millones de habitantes, de los cuales la inmensa mayoría habría de ser de origen inmigrante. Aun en el supuesto de una subida paralela rápida y sostenida de la fecundidad, alcanzar los 160 millones de habi tantes en 2050 es una hipótesis de imposible cumplimiento. |
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