El futuro de la corona
EI mérito extraordinario del Rey fue rectificar drásticamente, de arriba a abajo, el proyecto que el general Franco había forjado para él. En las chácharas que el Caudillo mantuvo con el teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo —durante años jefe de la Casa Militar y secretario privado del dictador—, las referencias a Juan Carlos de Borbón fueron abundantes. Todas esas confidencias fueron publicadas por Planeta bajo el nombre Mis conversaciones privadas con Franco, editadas en 1976, poco tiempo después de que ambos primos hubieran fallecido.
El 11 de octubre de 1969 —menos de tres meses más tarde de la designación de Juan Carlos como sucesor de Franco—, el Generalísimo le criticó a su pariente un
I artículo de Salvador de Maradariaga en Estrella de Panamá del 7 de septiembre: "Todo lo que este político comenta está hecho de un modo apasionado, negando que el pueblo por su libre voluntad, y lo mismo las Cortes, me hayan dado poderes para nombrar mi sucesor al príncipe Don Juan Carlos, que es el que más garantías me ofrece para defender el régimen que salió victorioso de la Cruzada. (...) Estoy seguro (...) de que él hará honor al juramento pronunciado ante las Cortes y al que en su día volverá a hacer de cumplir las leyes fundamentales, siendo ya rey de España."
Se equivocó aquel tirano. Se creía sus mentiras y hablaba de la "libre voluntad" del pueblo español y de las Cortes. Pero pretendía que, en efecto, Juan Carlos de Borbón perpetuara su ominoso régimen, cuya legitimidad estribaba en haber salido "victorioso de la Cruzada". No sólo no hizo el heredero honor a su "juramento ante las Cortes", sino que intuyó que o rompía con el franquismo o acabaría siendo un rey efímero. Tuvo reflejos, supo liderar en parte el tránsito de un sistema totalitario a una democracia homologable a las democracias europeas —con Monarquía o con República— y se ha consolidado en el trono. El honor de Juan Carlos fue el de traicionar los designios de su padrino y convertirse en un rey constitucional.
En otros capítulos, Juan Carlos no ha tenido, sin embargo, iguales o parecidos reflejos. En treinta años de monarquía las cuentas de la Casa Real han sido casi todo menos trasparentes. No han sido fiscalizadas por el Parlamento ni se ha permitido investigación alguna por parte de los partidos, que han denunciado esta situación anómala. Los dineros del Rey y de su familia proceden naturalmente de los impuestos que pagan los españoles. Tienen derecho éstos a conocer al detalle qué se hace en La Zarzuela con su obligada aportación económica.
La presión en este sentido ha ido creciendo. Más de cien preguntas sobre los gastos del Rey han sido cursadas este año por ERC y otras fuerzas políticas. Finalmente, Juan Carlos ha movido pieza nombrando un interventor, Oscar Moreno Gil, que será el responsable de las cuentas de la Casa Real. Es un primer paso. Insuficiente, sin duda. ¿Llega con retraso? ¿Modificará el nombramiento el descontento que, poco a poco, se ha ido generando por este tipo de cuestiones? Algunos medios, como ABC, han saludado esta medida, han minimizado las críticas y han dibujado un panorama de color de rosa. En la Transición el Rey optó por no quedarse corto en las reformas. Ahora, salvadas todas las distancias, debería hacer lo mismo. Entonces se jugaba la sucesión. En la actualidad, el futuro de su hijo. O, dicho de otro modo, el futuro de la Corona.
Enric Sopena |