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De aquí a marzo Cuando Zapatero aseguró que en Navarra se haría lo que decidieran los socialistas navarros quería decir exactamente que los socialistas navarros deberían hacer lo que decidiera Zapatero. Cuando ZP prometió que el Estatuto catalán sería aprobado tal como saliera del Parlamento catalán, o sea, como decidiera Pascual Maragall, quería decir exactamente lo contrario. El lenguaje político no está sujeto a las leyes de la lógica, según las cuales dos proposiciones contradictorias no pueden ser ambas verídicas a la vez. Sobre todo cuando se acercan las elecciones. Ya lo decía Maquiavelo: los pactos deben cumplirse – “pacta sunt servanda”– salvo que hayan cambiado las circunstancias, “rebus sic stantibus”. En estos momentos, en los próximos seis meses, no hay circunstancia más relevante que las elecciones anunciadas por Zapatero para marzo de 2008. Si éstas no estuvieran tan cerca, la solución navarra hubiera sido diferente. El Partido Socialista Navarro (PSN) hubiera pactado con Nafarroa Bai, una coalición abertzale que ha tenido el valor de romper con ETA rechazando la violencia y optando por la política; el pacto respondería a las mismas razones que le permitirán gobernar en Baleares. Navarra es una comunidad pequeña que aporta pocos votos en las elecciones generales pero que tiene connotaciones simbólicas que podían producir muchas papeletas en el resto de España. Zapatero se ha dado cuenta finalmente de que no valoró debidamente en su día los efectos sobre el conjunto de España de su posición inicial ante la reforma del Estatuto catalán ni las consecuencias que podrían sobrevenir de la forma en que transcurrieron las negociaciones con ETA. En estos dos puntos ha golpeado el Partido Popular sin piedad. No es mala virtud en un político desenredar los errores que comete y el dirigente socialista ha sabido rectificar a tiempo. España es plural pero es España. Desde Moncloa se han dado instrucciones precisas a los ministros de que cualquier campaña publicitaria que salga de sus departamentos, organismos autónomos o empresas adheridas se coloque el sello: “Gobierno de España”. La ex ministra de la Vivienda, María Antonia Trujillo intercalaba en cada frase lo de “Gobierno de España”. La ministra cesó pero el lema se hizo ley. Ahora La Moncloa ha abierto un concurso de logotipos para el gobierno de España. Sólo falta ponerle letra al himno nacional. El peor traspiés agosteño ha sido el apagón de Barcelona y el caos ferroviario en los que el Gobierno de España se ha dejado algunas plumas. En estos seis meses tan sensibles no es aconsejable cambiar ministros por lo que el presidente ha optado por apoyarlos con firmeza. No hay mal que por bien no venga y tanto Navarra como Cataluña han mostrado claramente que el Partido Socialista permanece en piña con su gobierno. Hasta Felipe González se ha permitido decir que no iba a decir nada que alegrara al adversario, una actitud digna de agradecimiento pero quizás Zapatero hubiera preferido que ni siquiera dijera lo que no iba a decir. Es evidente que González, con todo su atractivo carismático, nunca disfrutó con tanta unanimidad en su partido. No ocurre lo mismo en el PP donde el episodio Gallardón ha puesto de manifiesto que el partido da por descontado el fracaso de Mariano Rajoy en las elecciones, que ya nadie duda que serán en marzo. Hasta Don Manuel ha dicho que hay que ir “preparando las sucesiones”, echando más leña al fuego desatado contra su paisano. Ha empezado, pues, la guerra de sucesión en el primer partido de la oposición. Magdalena Álvarez y las manifestaciones del alcalde de Madrid reiterando su deseo de apoyar a su presidente acompañándole en las listas por la provincia de Madrid han dado vidilla periodística al verano. No tanto por la propuesta en sí de Don Alberto como por la virulenta reacción de los compañeros, que afilan las navajas para el posmarianismo, si es que Mariano Rajoy ha sido capaz de acuñar un ismo. Lo que si hay en este partido es aznarismo. Sin la ausencia omnipresente del presidente de FAES sería difícil explicar la actitud del inquilino de la calle Génova, la dimisión de Piqué y la chulería de Ángel Acebes y Eduardo Zaplana. Este partido sufre una contradicción próxima a la esquizofrenia: la línea aznarista que predomina en la militancia contradice los anhelos de esa masa no muy identificada de indecisos e incluso de conservadores más o menos confesos que son quienes deciden las elecciones. Y este grupo integrado por los que antes de la guerra eran designados como “masa neutra”, sigue siendo el partido más nutrido de España, la mayoría silenciosa que sólo se pronuncia en las urnas. Estoy convencido de que Alberto Ruiz-Gallardón es el personaje que obtendría más apoyos populares pero para ello debe romper el búnker que hoy marca la línea estratégica. Tras el fracaso anunciado de Rajoy ya se verá. José García Abad |
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