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Nº 751 - 23 de julio de 2007

Una arrolladora simpatía’: los años oscuros de la Guerra Civil y sus secuelas

LA BIOGRAFÍA INVENTADA DE EDGAR NEVILLE

Los extraños vericuetos por los que un rico y cosmopolita escritor, amigo de Chaplin y con una relación fluida con personajes de la cultura de los años de la República, que había militado en el partido de Azaña, se convirtió en ferviente falangista en los días de la Guerra Civil. Las insólitas conversiones políticas de quienes trataban de hacerse perdonar sus pasados liberales para salvar su carrera… o su vida. Juan Antonio Ríos Carratalá, catedrático de la Universidad de Alicante, ha investigado sobre ese “cambio de piel” de uno de los personajes más singulares de la cultura española en el libro ‘Una arrolladora simpatía’que acaba de editar Ariel.

Por Manuel Espín

Rico de familia, aristócrata con el título de conde de Berlanga de Duero, Edgar Neville (1899-1967) tuvo una biografía abierta al mundo en un tiempo en el que los españoles no se caracterizaban precisamente por viajar. Tras colaborar en revistas de humor, viajó a Estados Unidos en 1929 como diplomático, aunque lo que él deseaba era trabajar en Hollywood, después de sentirse fascinado por el cine. Llevaba algún episodio en su bagaje personal como el de haber escrito un vodevil para La Chelito, o participar en una extravagante aventura en la guerra de Marruecos sin pisar un campo de batalla y como soldado de cuota (aquellos que pagaban para librarse del servicio de armas). En la ciudad del cine trabajó en las primeras versiones sonoras de películas americanas, haciendo amistad con figuras como Chaplin o Mary Pickford. A su vuelta a España, y como muchos de los artistas e intelectuales con los que mantenía una estrecha relación recibió con todo afecto el nacimiento de la II República, adhiriéndose a la agrupación que presidía Ortega y Gasset. En esos años llegaría a militar en Izquierda Republicana, el partido de Manuel Azaña. A su vez estrenó teatro y rodó sus primeros trabajos en cine.

Al mismo tiempo que se separaba amistosamente de una esposa que también haría intentos por triunfar en la escritura, iniciando una larguísima relación con una joven estudiante de Derecho a la que convertiría en actriz, su musa, Conchita Montes. Pasó de una manera discontinua por el cuerpo diplomático, siendo ascendido al puesto de secretario de la embajada de la República en Londres en 1936. De donde, en un salto increíble, se convirtió en conspirador al servicio de los que se habían levantado contra la República, y desde Paris trató de hacerse perdonar por las nuevas autoridades afiliándose en 1937 a Falange. Lo que se describe en la investigación de Ríos Carratalá es todo un itinerario por el que Edgar Neville como prácticamente todo aquel que hubiera colaborado con la República, tendría que pasar frente a las Comisiones de Depuración, encargadas de verificar pasados, certificar ortodoxias e investigar en vidas y trayectorias personales hasta extremos de singular crueldad. Frente a la sospecha de pasados inadmisibles con la Nueva España rápidos cambios de piel con la “fe de conversos” decididos a crearse nuevas biografías con las que difuminar los “pecados” de los años de libertad. Neville, de la mano de su amigo Dionisio Ridruejo, rodó distintos documentales y reportajes de propaganda del bando nacional, escribiendo textos de exaltación de las nuevas autoridades y participando en 1939 en la toma de Barcelona.

Pero a pesar de su conversión no debió gozar de la confianza de esa jerarquía que debía sospechar de ese anterior cosmopolitismo de un aristócrata rico y culto con muchos amigos en el mundo de la cultura. Neville se apartó por un tiempo de España rodando en la Italia fascista Frente de Madrid, una película de clara exaltación franquista. Pero el escritor/cineasta añadió un plano final entre un miliciano y un soldado nacional del que podía deducirse un perdón por asimilación de aquél. La película no sentó nada bien, y se convirtió en otro episodio parecido al de Rojo y negro de Carlos Arévalo, (una película claramente falangista en la que se contaba la relación entre un chico de Falange y una joven comunista en el Madrid republicano: aunque esta última terminaba arrepintiéndose y pagando por “sus pecados”, las autoridades no podían admitir una relación de esas características, prohibiéndose la película, por otra parte formalmente bien resuelta, hasta su casi desaparición). Algo parecido debió pasar con la película de Neville de la que sólo casualmente ha aparecido alguna copia de su versión italiana.

Lo que Ríos Carratalá construye no es una biografía al uso de Edgar Neville, sino un detallado acercamiento al periodo de la guerra y de la inmediata posguerra, en el que no sólo este autor sino otros muchos intelectuales tuvieron que hacerse perdonar de las nuevas autoridades sus sospechosos pasados, construyéndose una biografía a la medida.

Es la descripción de todo un ejercicio de transformación a través del cual un aristócrata de estilo de vida liberal y agnóstico, bien relacionado y con un formas de vida que chocaban con la extrema rigidez de la corte franquista se llega a incorporar a una “intelectualidad azul”, ofreciéndose sin suerte como voluntario para ir al frente acabando en un grupo de propaganda. Insólito el real o inventado intento de recabar el apoyo de Pablo Picasso para la nueva causa, como el malestar oficial contra Chaplin, (calificado por Agustín de Foxá en 1950 de “político, disolvente y pedante” en El gran dictador frente al “buen Charlot”, actor que no se caracterizó precisamente por sus simpatías al franquismo y del que su anterior película no llegó a ser estrenada en España hasta después de la muerte de Franco). Neville, según el libro, nunca rechazó el concepto de dictadura por comodidad, aunque con toda seguridad se hubiera sentido mucho mejor dentro de otro régimen mucho más abierto.

Pero Neville no fue un falangista más que de circunstancias, y en la posguerra retomó aspectos de su personalidad anterior, el aristócrata con mejor o peor suerte económica, según las épocas, cuyo cosmopolitismo y forma de vida contrastó con las asperezas del día a día de los años más duros (1). Y aquí comienza uno de los “misterios Neville” que quedan fuera del núcleo central de Una arrolladora simpatía. ¿Cómo es posible que en los 40 de una manera continuada, y con intervalos más largos hasta 1960, Edgar Neville rodara película tras película, –entre ellas algunos de los mejores y más personales títulos del cine español de la época, como La vida en un hilo, Domingo de carnaval, o El último caballo (película que adelanta un cierto neorrealismo a la española en 1950)–, que permiten hoy considerar a Neville el creador más personal del cine de la posguerra? Y que prácticamente ninguna de ellas tuviera apenas repercusión en las taquillas, con escasos días en cartel, y apenas mereciera los parabienes de las autoridades, ni siquiera de la crítica de la época que las recibía con una cierta indiferencia? Contar las peripecias económicas para sacar adelante y con tanto entusiasmo esas películas sería materia para otro libro. Pero, a la vez, en los 50 Neville triunfaba y ganaba dinero en el teatro, y había convertido a Conchita Montes, primero en actriz pese a su difícil dicción y en la imagen de la finura y de la elegancia de la alta comedia, casi como un personaje de Noel Coward. Ella que en los 60 se definía repetidamente como “liberal” y de la que había sospechas de que fue republicana durante toda su vida. Que había sido detenida al volver de Francia al San Sebastián de 1937 recién conquistado por los nacionales, y ante el cual Neville había tenido que mover todas sus influencias, incluso personales en Burgos, para lograr su liberación. “La elegante Conchita, –escribe el autor de este libro–, tuvo que cultivar la discreción y el silencio: ocultó para siempre episodios que le resultaron desagradables e incluso peligrosos”.

Dentro de una situación en la que era obligatorio difuminar cualquier sombra de sospecha ante las comisiones de depuración en las que se podía jugar no sólo el trabajo, la fortuna o el porvenir, sino también la propia vida, aparece todo un rosario de actuaciones, que pueden ir desde la más evidente de las indignidades a la supervivencia en forzadas condiciones. Hasta un escritor del talento y la finura de estilo de Edgar Neville tuvo que escribir en 1937 un texto de muy bajo nivel sobre la diputada Margarita Nelken aludiendo a su “fealdad, mala figura, carne cruda, con varices y una ropa interior violeta”, de “triste vida sentimental(…) con individuos como ella (…) sin el estilo de los hombres de raza”. Es sólo un ejemplo más de ese discurrir por los senderos del perdón, que José Antonio Ríos describe con detalle en su estupendo libro. En el que constituye un acierto la distancia con la que se posiciona frente a su biografiado en las difíciles circunstancias que narra. Reconoce el valor intelectual de un Neville al que le toca crearse un arriesgado personaje para hacerse su propio hueco en el franquismo, a través de negaciones, de abrazos fervientes a doctrinas en las que no se cree que pero que facilitan salvoconductos, y contribuyen a crear sus propios nichos de supervivencia. El libro que tiene las dimensiones justas, centrado en un periodo de la vida de Neville es una interesante aportación que induce a reflexión sobre las caras poliédricas del sinuoso camino entre la creación y el situacionismo.

 (1) En los aledaños del Pardo, entre las activas esposas de algunos ministros, corrió un descalificativo permanente de Neville del que se llegaría a sospechar que podía ser bígamo. Convivir durante décadas con una mujer con la que no estaba casado le obligaba a guardar apariencias como la de residir en el mismo edificio pero en diferente piso. Se cuenta que cuando Neville quiso ser admitido como socio en el elegante Club de Campo de Madrid varios de los miembros se escandalizaron porque conviviera con una mujer sin estar casado. “Si se prohibiera entrar a quien tenga una querida, –comentó un influyente y realista socio–, nos quedaríamos en cuadro”. Tiempo de apariencias de vidas oficiales y pasiones ocultas.

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