Hemeroteca Esta semana
Lista Pensamiento
Buscador
Nº 750 - 16 de julio de 2007

Cultura: sin esperanza, con convencimiento

Por Mauro Armiño

Sirva Ángel González para titular el estado de ánimo de buena parte de los que hacen la cultura en España. No es la esperanza lo último que se pierde, pero aún así están más convencidos cada vez de algo en lo que sólo ellos parecen creer: el poder renovador, reformador, ideológico de su trabajo.

El paso de Carmen Calvo por Cultura no ha resultado nada brillante: se encargó, por ejemplo, de hacer cumplir órdenes del Parlamento como el traspaso de la documentación guardada en Salamanca a la Generalidad catalana –hecho por el que la derecha puso el grito en el cielo–, sin que personalmente ella tuviera, digamos, culpa–, pero en lo que es “cultura” la ha tenido: desde aquel traspiés sobre los cervantinos “baños de Argel, que interpretó casi como una alianza de civilizaciones avant la lettre, por donde debían revolotear huríes con fragantes desnudeces y jabones –mientras tanto, el pobre Cervantes encerrado en aquellos corralones donde los moros tenían a los cautivos, y que es lo que el castellano denomina baño–, hasta el fracaso de la gestión en el borrador de la ley del Cine o la aventura del Odyssey, cuyo testigo, más bien un muerto, le queda al sucesor.

El reciente retoque ministerial la manda a otros pagos; vaya con bien y a ser posible lejos de la cultura. Pero ¿no carga Calvo con un muerto que no es suyo, sino de la sociedad española en general y de la clase política en concreto? Dígaseme si alguien recuerda las veces que se habló de cultura en la última campaña electoral de mayo-junio, dejando a un lado las generalizaciones. Y eso que eran de orden autonómico y local, en teoría más “cercanas a las necesidades de los ciudadanos”. Una de tres, o no las tienen en ese campo, o no importaron a candidatos ni a partidos, o, si les importó, algunos no nos dimos cuenta.

Capítulo cerrado y nueva página con el nombre de César Antonio de Molina en la silla ministerial. (A propósito, la información oficial le quita el “de” que figura en sus libros, como figura en los “de” De Cuenca; unos se lo ponen, y yo que lo tengo me lo quito). El presidente de Gobierno Rodríguez Zapatero, en su presentación de los nuevos ministros, ponderó a nuestro hombre como “magnífico director del Cervantes, nuestra principal empresa colectiva en el mundo para difundir nuestro patrimonio más rico (…), ha hecho una magnífica gestión y deseo que la cultura española sea una cultura para que el mundo la aprecie y la valore, por nuestra gran riqueza en todos los campos culturales”. Y la vicepresidenta Fernández de la Vega insistió en lo mismo. Y quizá esté bien decir eso, pero ¿sólo eso es un Ministerio de Cultura? Quiero pensar que a ambos, presidente y vicepresidenta, les pasa lo mismo que a mí, que no puedo pasarme de un número preciso de matrices, y tal vez no les dio tiempo a enunciar posibilidades distintas de las que tiene encomendadas el Instituto Cervantes. Y menos a explicar que se necesitan sus servicios como apagafuegos de los agujeros creados por los distintos ministros de Cultura habidos: las equivocaciones en las ayudas a la creación –para que el PP hable de los titiriteros que viven del pesebre–, la disgregación del patrimonio, el ahogo de la democratización cultural, el olvido de la educación artística, el atraso en la incorporación a las nuevas tecnologías, la ceguera ante las prácticas artísticas y culturales emergentes, etc. etc. ¿No se dijo en su momento que el modelo a seguir era el creado por Malraux? ¿En qué se han convertido esa piedras fundacionales treinta años después? La prometida presencia ante el Parlamento del nuevo ministro para explicar las líneas de su actuación permitirá subsanar lo que, sin duda, habrá sido falta de espacio.

No hay que insistir mucho en la trayectoria de César Antonio de Molina: nos conocemos desde hace décadas, con esa amistad difusa que procura a los que viajamos a vida completa en el barco de los libros, la cultura y demás bagatelas. Lo bueno y lo malo que tiene el nombramiento de un conocido es eso, que se le conoce; ya ocurrió con su antecesor –aunque sólo Secretario de Estado–, Luis Alberto de Cuenca. Eso es lo malo, que conocemos al hombre sin camisa ni empingorotamientos. Y la trayectoria –Círculo de Bellas Artes, Instituto Cervantes, poeta, crítico, y demás capítulos de su currículo (ah, y también él es chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres por el Gobierno francés)– demuestra una voluntad de poder en cultura que hace años lo flechaba hacia el sillón ministerial, por su “capacidad de gestión”, que se ha subrayado.

Una de las características de esa capacidad de gestión es el modo neoliberal de ver esos cargos como algo que debe rendir dinero a la empresa; le recuerdo en el Círculo de Bellas Artes enumerándome la cantidad de dinero que se ganaba, porque alquilaba las salas para conferencias, presentaciones de libros y demás actos; si el dinero es la medida de todas las cosas, la perversión de la democracia es un hecho: sólo tendrían acceso al altavoz que era el Círculo los “grandes” y las instituciones, olos que puedan pagar presentaciones y ciclos de conferencias; y en el florilegio de frases que Juan Cruz, con su bonachona y risueña malicia, le sacaba tras su nombramiento, había una en la misma dirección: “Hablar español es un buen negocio”.

El hiperactivo director del Cervantes, que consiguió cuadriplicar la asignación del Estado, ha viajado 17 veces a lejanos rincones en los siete últimos meses, para abrir 24 centros, o academias de español para extranjeros; ya sé que es algo más, y ahí está el problema, el contenido de ese algo más no puede compararse con el que tiene la Alianza Francesa, por ejemplo. Su boletín, prontuario de conferencias y actos, con profusión de fotografías de su director, no acierto a comprender para qué sirve, cuando se podían haber copiado otros modelos e implementarlos con el Vient de paraître de “Culturesdo France”, excelente presentación del sector editorial para francófilos de todo el mundo.

Esa obsesión por ganar dinero, si es que ha sido esa la motivación, no veo otra, nos ha mostrado al Cervantes, institución del Estado, apoyando a una editorial privada como RBA en el lanzamiento publicitario cuando menos de una colección de libros para quioscos. Esas mezclas de Estado y privado…, y, sobre todo, cuando el privado publica libros preconstitucionales, sin haberse enterado que Franco y la censura han muerto; un solo ejemplo de entre varios disparates que tengo recogidos: en su recuperación de la colección Aguilar, RBA reeditó recientemente las Obras completas de Oscar; nadie se ha preocupado de mirar el contenido: a una de las obras de teatro le faltan más de doscientas líneas; respetuosos con el pasado, se han respetado cortes de censura peregrinos hoy, pero reales en los años cuarenta, cuando el apellido Borbón concitaba silencios y ataques; y al pobre Wilde, que escribió una frase despectiva sobre Napoleón Bonaparte, se la “tradujeron” sustituyendo Bonaparte por Borbones; sigue estando así, y frases del cariz de que los abogados pueden ser estupendos delincuentes porque conocen bien las leyes y pueden cometer delitos, también han desaparecido. (Hay editores preconstitucionales: recuperan traducciones no sólo viejas, sino con la censura de los años 40; como nadie dice nada, estoy recopilando casos de semejante disparate para un próximo artículo).

Volvamos a nuestro nuevo ministro, capaz de decir: “Tengo la mala costumbre de hacer las cosas bien”, en lo cual no demuestra ese tópico atribuido a los gallegos, que ni suben ni bajan, no se sabe; tópico que Molina cumple, por lo demás, bastante bien. Sería de lamentar, de todas formas, que siguiese los pasos del anterior “ministro” poeta, De Cuenca, que aprovechó para darse un pisto lírico que no se compadecía con su valor poético y publicar como un desaforado sus cositas. Verdad es que César Antonio de Molina no figura en el inventario que el crítico José Luis García Martín hace en el tomo IX creo de la Historia y crítica de la literatura española, inventario que ofrece 300 nombres de poetas contemporáneos. ¿300? ¡Cuánto ha caído la poesía en nuestra tierra!, decía uno, éste sí, gran poeta, Luis Cernuda. Y eso que se refería a Dámaso Alonso. El nombre de Molina bien podría figurar, ahora que es ministro, en ese inventario cuando se reedite. Pero vamos a lo positivo dejándonos cosas en el tintero por lo mismo que al presidente de Gobierno no le ha dado tiempo a hablar largo y tendido de los nuevos ministros: con la esperanza tan difícil de tener sobre el avance de la cultura, seguiremos con convencimiento la comparecencia de De Molina en la presentación de sus planes, cuyo desarrollo también comentaremos. Sólo espero que mis artículos sobre su gestión le diviertan tanto como le divertían los que escribí en estas mismas páginas sobre la malhadada actuación de su antecesor De Cuenca.

Hemeroteca Esta semana
Buscador

© El Punto Prensa, S.A. c/ Ferrocarril, 37 duplicado - 28045 Madrid.
Tfno: 34 91 516 08 14/15/08        E-mail: siglo@elsiglo-eu.com