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| Nº 750 - 16 de julio de 2007 |
Utopías y predicadores por Joaquín Leguina Tras la caída del Muro de Berlín (1989)-10 que significó el final de la Guerra Fría, que no de la Historia–, han aparecido algunas plagas ideológicas, demostrando que si, es verdad que "no hay mal que por bien no venga", la afirmación inversa también es válida. Señalaré dos de esos males: 1) la aparición de utopías unidireccionales o parciales, y 2) los relatos gratuitos sobre los males de este mundo. Las utopías generales, totalizadoras y totalitarias, que han constituido la mayor tragedia del siglo XX (básicamente el comunismo y el fascismo), pretendían imponer e impusieron concepciones generales, completas, totales, acerca del funcionamiento de la sociedad. Bajo estos regímenes, hasta los mínimos detalles eran programados por el Estado en el trabajo, en la cultura, en la vida. Estas utopías producían un relato global acerca de la sociedad, un relato políticamente totalitario. Hanna Arendt se ha encargado de señalar los muchos puntos en común de estas dos utopías totalizadoras, de sus métodos movilizadores... en suma, el origen y las consecuencias de su totalitarismo liberticida y criminal. Empero, pensar que la Segunda Guerra Mundial y, luego, la caída del Muro de Berlín han librado a la humanidad de esas plagas es un pensamiento optimista, pero, sobre todo, es un pensamiento insensato. Cuando, en 1989, cayó el Muro, ¿quién conocía a Bin Laden? Alguno de los objetivos de aquellas utopías totalitarias eran nobles, pero la administración de aquellos enunciados programáticos resultó undesastre y si alguna conclusión práctica cabe sacar de esas experiencias, la primera debiera ser la de mirar con más atención a los métodos que se practican, antes incluso que a los objetivos sociales que se predican. La desaparición de esas grandes utopías se ha producido, a mi juicio, en forma de big-bang. Han desaparecido como un todo, pero cada una de sus piezas vaga por el espacio social captando adictos a objetivos parciales. El racismo no es hoy el que predicaba Hitler, pero ahí está. Al racismo de hoy le falta el relato global, que sí tenía Hitler, para quien el racismo era una pieza más dentro de su cosmovisión de hegemonía aria,pero esa particular pieza sobrevive. Del otro lado, ¿no acecha el veneno totalitario tras utopías unidimensionales de objetivos tan nobles como el ecologismo o el feminismo? Aclaro, poniéndome la venda antes del coscorrón, que la frase veneno totalitario, referida al ecologismo y al feminismo, no es mía, sino de Agnes Heller. El novelista Juan Benet –que era, sobre todo, ingeniero de Caminos y firme partidario de los trasvases hidráulicos–, reunido con unos amigos en los días posteriores a la caída del muro berlinés, les informó de algo políticamente incorrecto. "Ahora que ha desaparecido el comunismo sólo quedan vivos dos enemigos de la Humanidad: el feminismo y el ecologismo", eso dijo. Como se ve, tampoco Juan Benet conocía a Bin Laden. El ecologismo, por su parte, ha visto acrecentada su presencia social -siempre apocalíptica-con la cuestión de moda: el cambio climático que, en manos de periodistas y políticos, nos invadirá hasta el hartazgo. De igual modo se constituyen en utopías unidireccionales la transparencia, incluso la desaparición del secreto en aras del derecho a la información, o la consigna, "justicia para todos", que entroniza a la Judicatura por encima de todos los poderes del Estado e incluso por encima del Derecho. Una vez proclamada la utopía, en torno a ella se concitan los administradores de la misma, autotitulados ecologistas, feministas u otros -istas. En el caso de la transparencia, los periodistas, y en el de la justicia, los fiscales y jueces. Transparencia y justicia para todos suelen ir de la mano, de suerte que el impulso conjunto resulta demoledor. El Watergate (1972-1974), de un lado, y su mala imitación, el caso Lewinsky, del otro, dan buena cuenta de la capacidad destructora de esta nueva Santa Alianza. En todo caso, las explícitas relaciones entre la prensa del escándalo y la Judicatura no son en absoluto tranquiliza-doras para el sufragio universal, es decir, para la política. Clausewitz escribió que la guerra no es otra cosa que la política por otros medios. Estoy en absoluto desacuerdo con esa afirmación, pero es posible que algunos piensen hoy declarar la guerra mediática-judicial con el objeto de destruir a la política. Antoine Garapon, secretario general del Instituto Francés de Altos Estudios de la Justicia, publicó hace algún tiempo un trabajo con un título bien significativo: Justicia y medios. Una alquimia dudosa. Según Garapon, los medios de comunicación desean reeditar el mito de la democracia directa, de forma que,. exentos de toda posible sanción, salvo la del mercado, nos pueden llevar a un estadio predemocrático. Los jueces y fiscales, por su parte, están tentados de asumir una misión redentora frente al Estado de Derecho. Según el citado autor: "El interés superior de la Justicia les libera del respeto a las leyes". "Democracia Directa" y 'justicia redentora" son dos impulsos que se alimentan mutuamente. La primera convoca a todos, la segunda elude toda posibilidad de control. Pero estas utopías en manos de administradores coligados no son las únicas ocupadas en denigrar a la política. En los últimos años, otra plaga ha hecho aparición, la de los nuevos predicadores. Los savonarolas que, instalados en la buena conciencia, están dispuestos a señalarnos con el dedo todos los males de este mundo sin producir ninguna solución, pero arrogándose el derecho moral de descalificar al prójimo en tanto que consentidor de esas desgracias. La guerra, la hambruna subsahariana..., todos los males e injusticias que asolan el planeta son materiales útiles para sus tronantes prédicas, consistentes en indicar con la mano derecha los desastres, bien reales por cierto, mientras que con la izquierda señalan a los culpables que son, naturalmente, los políticos. Colocados en ese tan cómodo espacio, estos demagogos de ideología confusa sacan provecho de los males ajenos despotricando sin matices contra la única práctica capaz de dar solución a tanto estrago como se denuncia, es decir, otra vez, la política. Lo diré finalmente: si la doliente Humanidad ha avanzado, se ha humanizado algo (valga tan benévolo término) desde el Paleolítico hasta hoy, ello se ha debido tan sólo a dos factores: a la ciencia, aunque ésta también haya sido usada y se use para la destrucción, y al Derecho, es decir, a la política, entendida ésta en su acepción moderna, vale decir, democrática. Nadie vio a Kant denunciar con la voz en un grito por las calles de Könisberg los males que aquejaban a la Humanidad en el tiempo que le tocó vivir. Humilde y tozudamente se dedicó tan sólo a pensar en cómo podían solucionarse aquellos males. Habrá que agradecérselo.
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